Plagas y enfermedades del cultivo de cilantro

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de cilantro

La fragilidad del cultivo de cilantro comienza mucho antes de que el agricultor note una hoja amarillenta o una mancha oscura. Coriandrum sativum, de ciclo corto y raíces poco profundas, es un cultivo que apuesta por la rapidez más que por la resistencia. Esa estrategia biológica, tan eficaz para colonizar suelos frescos tras las primeras lluvias, lo vuelve especialmente vulnerable a un conjunto de plagas y enfermedades que se aprovechan de cualquier desajuste en el microclima del follaje, en la fertilidad del suelo o en la densidad de siembra. Entender esa vulnerabilidad no como una condena, sino como una consecuencia lógica de su fisiología y de la intensificación agrícola, es el primer paso para diseñar sistemas de manejo realmente preventivos.

El follaje tierno y aromático del cilantro actúa como un imán para insectos de aparato bucal chupador, entre los que destacan los pulgones (Aphis spp., Myzus persicae) y las moscas blancas (Bemisia tabaci, Trialeurodes vaporariorum). Estos pequeños herbívoros no solo extraen savia y deforman hojas; funcionan como vectores de virosis que pueden diezmar un lote en cuestión de días. El daño directo suele ser subestimado: un leve rizado de hojas, una clorosis difusa. Sin embargo, detrás de esas señales discretas se esconde una alteración profunda del equilibrio hormonal de la planta y una redistribución del carbono hacia los tejidos dañados, que reduce la capacidad fotosintética justo cuando el cultivo debería acumular biomasa comercial.

El problema se agrava porque las virosis asociadas al cilantro, como los potyvirus y cucumovirus, rara vez se presentan de forma aislada. Las infecciones múltiples generan mosaicos cloróticos irregulares, enanismo y reducción drástica del área foliar utilizable. El agricultor suele atribuir estos síntomas a deficiencias nutricionales o estrés hídrico, lo que retrasa la respuesta y permite que los vectores completen varios ciclos reproductivos. En sistemas intensivos, donde el cilantro se siembra de manera escalonada, los focos infectados actúan como reservorios permanentes que alimentan una dinámica epidemiológica casi continua, difícil de romper solo con insecticidas.

La tentación de recurrir a aplicaciones frecuentes de insecticidas sistémicos es comprensible, pero profundamente contraproducente. La presión química sostenida selecciona rápidamente poblaciones de pulgones y moscas blancas resistentes, mientras elimina enemigos naturales clave como crisópidos, sírfidos y avispas parasitoides. El resultado es un sistema biológico empobrecido, donde las plagas encuentran menos barreras ecológicas y se vuelven más explosivas. Además, los residuos en hojas, que en el cilantro se consumen frescas, plantean un conflicto directo entre productividad y seguridad alimentaria, especialmente en mercados que exigen límites máximos de residuos cada vez más estrictos.

En paralelo a las plagas chupadoras, el cilantro enfrenta un conjunto de enfermedades fúngicas y oomicéticas que explotan su preferencia por ambientes relativamente frescos y húmedos. Entre ellas, el mildiu causado por Peronospora coriandri es particularmente devastador. Este patógeno se instala silenciosamente en el envés de las hojas, donde produce un micelio gris violáceo, mientras en el haz aparecen manchas amarillentas que el productor puede confundir con quemaduras de fertilizantes o estrés por frío. Cuando el mildiu se manifiesta de forma evidente, la infección ya ha colonizado buena parte del tejido y la capacidad de respuesta se reduce a meras medidas paliativas.

La biología del mildiu en cilantro ilustra bien la importancia de comprender los ciclos de vida patogénicos. Las oosporas de Peronospora pueden sobrevivir en restos de cultivo y suelos contaminados, esperando condiciones de alta humedad relativa y temperaturas moderadas para germinar y liberar esporangios. Estos, a su vez, se dispersan por el viento y por salpicaduras de agua de riego, lo que convierte a los sistemas de riego por aspersión en aliados involuntarios del patógeno. Modificar la arquitectura del cultivo, aumentandola aireación mediante marcos de plantación más amplios y evitando el riego nocturno, puede reducir drásticamente la incidencia, a menudo con mayor eficacia que un calendario rígido de fungicidas.

No menos importante es la alternaria foliar del cilantro, causada por Alternaria alternata y especies afines. A diferencia del mildiu, que requiere humedad libre prolongada, Alternaria prospera en condiciones de oscilación térmica y periodos cortos de mojado foliar. Sus características manchas necróticas con anillos concéntricos no solo disminuyen el valor comercial del follaje; abren puertas de entrada a otros patógenos oportunistas y aceleran la senescencia. Curiosamente, el estrés nutricional, especialmente deficiencias de potasio y calcio, incrementa la susceptibilidad, lo que revela el papel silencioso de la nutrición equilibrada como herramienta de control sanitario.

Las enfermedades de cuello y raíz completan el cuadro patológico. Complejos de damping-off causados por Pythium spp., Rhizoctonia solani y, en menor medida, Fusarium spp., atacan al cilantro desde la germinación. La muerte súbita de plántulas en semilleros o en siembras directas densas suele atribuirse a problemas de semilla, cuando en realidad se trata de un colapso de la interfase raíz-suelo por exceso de humedad y pobre estructura del sustrato. El cilantro, con su sistema radicular fino, es extremadamente sensible a la asfixia radicular. Suelos compactados, mal drenados o con riegos frecuentes y ligeros crean las condiciones ideales para que estos patógenos necrotróficos proliferen y destruyan los tejidos jóvenes.

Frente a este panorama, la respuesta no reside en una molécula milagrosa, sino en la construcción paciente de sistemas de manejo integrado que consideren al cultivo como parte de una red ecológica más amplia. La rotación con especies no hospedantes, especialmente gramíneas de ciclo más largo, reduce la carga de inóculo en suelo y rompe los ciclos de patógenos especializados. El uso de semilla certificada, tratada con fungicidas de baja toxicidad o con agentes biológicos como Trichoderma spp., disminuye la probabilidad de introducir patógenos en cada nueva siembra. Al mismo tiempo, la incorporación de materia orgánica bien compostada mejora la estructura del suelo, favorece la microbiota benéfica y amortigua los extremos de humedad que tanto favorecen al damping-off.

El control biológico, a menudo relegado a un papel secundario, puede ser decisivo en cilantro si se diseña con precisión. La liberación conservativa de enemigos naturales de pulgones y moscas blancas, apoyada por bandas florales que provean néctar y polen, permite mantener poblaciones de vectores por debajo de umbrales críticos sin interrumpir los flujos ecológicos. En paralelo, la aplicación de biofungicidas a base de Bacillus subtilis o Bacillus amyloliquefaciens sobre el follaje crea una película microbiana competitiva que reduce el establecimiento de mildiu y alternaria, especialmente cuando se combina con un manejo cuidadoso de la humedad.

Todo esto exige una vigilancia constante y una capacidad de diagnóstico fino en campo. La distinción temprana entre síntomas de origen biótico y abiótico es crucial para evitar intervenciones erróneas. Herramientas como el monitoreo sistemático de plagas con trampas adhesivas, el registro de condiciones microclimáticas y, cuando es posible, la confirmación de patógenos mediante pruebas inmunológicas o moleculares, permiten afinar las decisiones y escapar del ciclo reactivo de “ver daño, aplicar producto”. El cilantro, por su ciclo breve, ofrece además una ventaja: la posibilidad de ajustar estrategias casi en tiempo real, lote tras lote, aprendiendo de cada campaña.

En última instancia, las plagas y enfermedades del cilantro no son simplemente una lista de enemigos que hay que eliminar, sino indicadores sensibles del estado ecológico del agroecosistema. Cuando el sistema se simplifica en exceso, cuando la diversidad biológica disminuye y el manejo se basa en respuestas uniformes, estos organismos encuentran un terreno fértil para multiplicarse. Al contrario, cuando se integran prácticas de agroecología, se diversifican los cultivos, se cuida el suelo y se respetan los ritmos biológicos, la presión de plagas y patógenos tiende a estabilizarse en niveles manejables. El desafío no es erradicar la enfermedad, sino construir sistemas agrícolas en los que la salud del cultivo de cilantro sea una consecuencia emergente de un equilibrio más amplio, y no una batalla constante contra un enemigo invisible.

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