En apariencia humilde, el cultivo de chícharo (Pisum sativum L.) condensa muchos de los dilemas centrales de la agricultura moderna: cómo proteger un organismo frágil, rico en proteínas y clave en la fijación de nitrógeno, sin romper el equilibrio ecológico que lo sostiene. Cada brote tierno de chícharo es un punto de encuentro entre la planta, los patógenos, los insectos y el microbioma del suelo, y de ese encuentro emergen las plagas y enfermedades que determinan el éxito o el fracaso de la campaña agrícola. Comprenderlas no es solo un ejercicio de diagnóstico, sino una forma de leer las tensiones entre intensificación productiva, cambio climático y resiliencia de los sistemas agrícolas.
El chícharo es particularmente vulnerable porque combina tejidos tiernos, alto contenido de azúcares y un dosel foliar denso que crea microclimas húmedos. Estas condiciones son ideales para el desarrollo de hongos fitopatógenos y para insectos chupadores que encuentran en los brotes jóvenes un alimento fácil de digerir. A ello se suma que muchas variedades comerciales han sido seleccionadas principalmente por rendimiento y calidad de grano, relegando en ocasiones la resistencia genética a segundo plano. El resultado es un cultivo que, sin un manejo cuidadoso, puede ver reducciones de rendimiento superiores al 50 % por la acción conjunta de plagas y enfermedades, incluso en sistemas tecnificados.
Entre las enfermedades más características del chícharo sobresalen las causadas por hongos de suelo. La rabia del garbanzo de los guisantes, conocida genéricamente como complejo de damping-off, está asociada a patógenos como Pythium spp., Rhizoctonia solani y Fusarium spp.. Estos organismos atacan la semilla en germinación y las plántulas, destruyendo los tejidos vasculares y provocando marchitez súbita. El agricultor observa fallas de emergencia y rodales despoblados, pero lo que ocurre realmente es una carrera microscópica por el oxígeno y los azúcares en la rizosfera. Cuando el suelo se mantiene frío y encharcado, los patógenos ganan esa carrera con ventaja abrumadora.
Fusarium oxysporum f. sp. pisi, agente causal de la fusariosis vascular, ilustra bien la sofisticación de los patógenos del chícharo. Este hongo penetra por las raíces, coloniza el xilema y bloquea el transporte de agua, generando amarillamiento y marchitez crónica. La planta, en un intento de defensa, lignifica y ocluye vasos, pero esa misma respuesta agrava el estrés hídrico. La enfermedad persiste en el suelo durante años gracias a clamidosporas de larga vida, lo que convierte a la rotación de cultivos y al uso de variedades resistentes en herramientas más efectivas que cualquier fungicida. Aquí se evidencia una constante: en los patosistemas del chícharo, la sanidad del suelo pesa tanto como el arsenal químico.
En la parte aérea, los hongos necrotrofos como Ascochyta pisi y especies afines causan la llamada ascoquitosis, una de las enfermedades foliares más destructivas. Las lesiones circulares con picnidios negros son solo la manifestación visible de una interacción compleja, donde el patógeno secreta enzimas y toxinas para matar el tejido, y luego se alimenta de él. Las lluvias frecuentes, el rocío prolongado y la alta densidad de siembra favorecen la dispersión de esporas y la coalescencia de manchas, que terminan defoliando la planta y afectando el llenado de granos. La reducción de la humedad foliar mediante marcos de plantación más amplios y una ventilación adecuada suele tener más impacto que aumentar dosis de fungicidas de contacto.
Otra enfermedad emblemática del chícharo es el mildiu polvoso, causado principalmente por Erysiphe pisi. A diferencia de otros hongos que requieren humedad libre, este patógeno prospera en condiciones relativamente secas con marcada amplitud térmica entre el día y la noche. El micelio blanco sobre hojas y vainas no solo disminuye la fotosíntesis, sino que altera el balance hormonal de la planta, acortando el ciclo y reduciendo el número de vainas. El mildiu polvoso muestra con claridad cómo el cambio climático, al modificar patrones de temperatura nocturna y humedad relativa, reconfigura el mapa de riesgos fitosanitarios del chícharo, extendiendo la ventana de infección en zonas antes marginales.
Los virus añaden otra capa de complejidad, porque rara vez se observan de forma aislada. El virus del mosaico del chícharo (PMV) y el virus del mosaico amarillo del chícharo (PSbMV) son transmitidos por pulgones de manera no persistente: bastan segundos de alimentación para que el insecto adquiera y transmita el virus. El mosaico, el enanismo y la deformación de vainas son síntomas de un secuestro molecular donde el virus redirige la maquinaria de la célula vegetal hacia su propia replicación. El control directo es prácticamente imposible; la estrategia se desplaza hacia el manejo de vectores, la eliminación de reservorios y el uso de semillas certificadas libres de virus. En los virus del chícharo, la epidemiología y la genética de la resistencia pesan más que cualquier intervención puntual.
Si las enfermedades marcan el trasfondo patológico del cultivo, las plagas insectiles son la presión constante que modela la arquitectura de la planta y la calidad del grano. Entre ellas, los pulgones como Acyrthosiphon pisum ocupan un lugar central. Estos insectos succionan savia del floema, inyectan saliva con efecto fitotóxico y excretan mielada que favorece el desarrollo de fumagina. Pero su importancia trasciende el daño directo: son vectores eficientes de virus y responden con rapidez a cambios ambientales y al uso indiscriminado de insecticidas. Las poblaciones pueden multiplicarse exponencialmente en pocos días, impulsadas por la reproducción partenogenética y por la abundancia de brotes tiernos en fases críticas del cultivo.
El gorgojo del chícharo, Bruchus pisorum, representa una amenaza diferente, más silenciosa pero devastadora para la calidad comercial. El adulto oviposita sobre las vainas y la larva penetra el grano en desarrollo, alimentándose de su interior hasta dejar un orificio característico. Aunque el peso total de la cosecha pueda parecer aceptable, la presencia de granos perforados reduce drásticamente el valor en los mercados de exportación y compromete la viabilidad de la semilla. Esta plaga enlaza campo y almacenamiento, porque las larvas pueden completar su desarrollo en los silos, convirtiendo cualquier retraso en el secado y la limpieza en un factor de riesgo.
En el suelo, las larvas de gusanos blancos (Melolonthidae) y gusanos de alambre (Elateridae) atacan raíces y nódulos de Rhizobium, interrumpiendo la fijación biológica de nitrógeno. Este daño es doblemente crítico: afecta el anclaje de la planta y su nutrición, pero también deteriora el ecosistema microbiano que sostiene la fertilidad del sistema. Cada raíz se convierte en un campo de batalla entre herbívoros del suelo, microorganismos benéficos y patógenos oportunistas. La labranza intensiva, al fragmentar la estructura del suelo y alterar su biota, suele inclinar la balanza a favor de las plagas, mostrando que el manejo físico del suelo es una variable clave en la sanidad del chícharo.
La respuesta a este conjunto de amenazas no puede reducirse a la aplicación reactiva de plaguicidas. La lógica del manejo integrado de plagas y enfermedades (MIPE) se adapta particularmente bien al chícharo porque combina tácticas agronómicas, biológicas, genéticas y químicas en un marco de prevención. La elección de fechas de siembra que eviten picos de población de pulgones, el uso de rotaciones amplias que interrumpan ciclos de patógenos de suelo, la incorporación de residuos para mejorar la estructura y la vida microbiana, y la siembra de cultivares con resistencia parcial a ascoquitosis o fusariosis son decisiones que reducen la presión inicial de inóculo y plagas.
Sobre esa base preventiva, los agentes de control biológico —como hongos entomopatógenos (Beauveria bassiana, Metarhizium anisopliae), parasitoides de pulgones y antagonistas de patógenos de suelo (Trichoderma spp.)— ofrecen herramientas para modular las poblaciones dañinas sin colapsar la biodiversidad asociada al cultivo. Su eficacia depende de un entorno compatible: suelos con buena materia orgánica, menor uso de productos de amplio espectro y refugios florales que sostengan enemigos naturales. El chícharo, al ser una leguminosa que mejora la fertilidad del suelo, tiene un potencial singular para integrarse en esquemas de producción que prioricen la salud ecológica del agroecosistema.
Incluso cuando el uso de productos químicos resulta necesario, el enfoque cambia de la eliminación al umbral de daño económico. El monitoreo sistemático con trampas, muestreos de campo y diagnósticos tempranos permite intervenir solo cuando la densidad de plaga o la incidencia de enfermedad amenaza realmente la rentabilidad. La rotación de modos de acción, el ajuste de dosis y momentos de aplicación, y la combinación con prácticas culturales reducen la probabilidad de resistencia y preservan, en la medida de lo posible, la funcionalidad ecológica del sistema. El desafío consiste en armonizar la protección fitosanitaria del chícharo con la comprensión de que cada plaga y cada enfermedad son, a la vez, síntoma y consecuencia de cómo se maneja el agroecosistema en su conjunto.
- Akem, C. (1999). Biological and integrated control of Ascochyta blight of food legumes. Integrated Pest Management Reviews, 4(4), 259–267.
- Bailey, K. L., Gossen, B. D., Lafond, G. P., Watson, P. R., & Derksen, D. A. (2000). Effect of tillage and crop rotation on root and foliar diseases of wheat and pea in Saskatchewan. Canadian Journal of Plant Science, 80(4), 917–927.
- Biddle, A. J., & Cattlin, N. D. (2007). Pests, Diseases and Disorders of Peas and Beans. Manson Publishing.
- Jones, R. A. C. (2004). Using epidemiological information to develop effective integrated virus disease management strategies. Virus Research, 100(1), 5–30.
- McDonald, B. A., & Linde, C. (2002). Pathogen population genetics, evolutionary potential, and durable resistance. Annual Review of Phytopathology, 40, 349–379.
- Nene, Y. L., Hall, S. D., & Sheila, V. K. (1996). The Pigeonpea. CAB International.
- Rubio, J., Fondevilla, S., Chen, W., & Rubiales, D. (2012). Diseases of pea. In D. Rubiales (Ed.), Advances in Plant Pathology (pp. 1–42). CABI.
- van Emden, H. F., & Harrington, R. (Eds.). (2017). Aphids as Crop Pests (2nd ed.). CABI.
- Yadav, S. S., McNeil, D., & Redden, R. (Eds.). (2010). Climate Change and Management of Cool Season Grain Legume Crops. Springer.

