La calabaza, Cucurbita spp., es uno de los cultivos más antiguos del continente americano y, paradójicamente, uno de los más vulnerables a un amplio repertorio de plagas y enfermedades. Su sistema radical relativamente superficial, sus tejidos tiernos y su fisiología altamente dependiente de la integridad foliar convierten cualquier alteración sanitaria en un problema de rendimiento inmediato. Pero la verdadera complejidad no reside solo en la lista de organismos dañinos, sino en la forma en que interactúan con el clima, el manejo del suelo y las decisiones diarias del agricultor. Entender estas interacciones es, en esencia, aprender a leer un lenguaje ecológico que el cultivo emite constantemente a través de sus síntomas.
Entre las plagas, pocas son tan emblemáticas en calabaza como la mosca blanca (Bemisia tabaci y Trialeurodes vaporariorum). Estos diminutos hemípteros no solo extraen savia, debilitando la planta; actúan también como eficientes vectores de virus que distorsionan hojas, reducen el área fotosintética y anulan el potencial productivo. El amarillamiento irregular, el mosaico y el enanismo no son simples curiosidades visuales: representan la huella de una infección viral que se propagó con precisión casi quirúrgica. La mosca blanca prospera donde hay exceso de nitrógeno, monocultivo prolongado y ausencia de enemigos naturales, de modo que su presencia es un indicador de desequilibrio agroecológico más que un problema aislado.
Algo similar ocurre con los áfidos, en particular Aphis gossypii y Myzus persicae, que colonizan brotes tiernos y envés de las hojas, produciendo melaza y favoreciendo el crecimiento de fumagina. Esa capa negra de hongos saprófitos que cubre la superficie foliar no invade los tejidos internos, pero bloquea la luz y reduce la fotosíntesis de manera silenciosa. Al igual que la mosca blanca, los áfidos son maestros en la transmisión de virus del mosaico (como el CMV y ZYMV), y su dinámica poblacional responde con rapidez a pequeños cambios de temperatura, humedad y disponibilidad de hospedantes alternativos. Controlarlos exclusivamente con insecticidas suele generar resistencia y eliminar depredadores naturales como coccinélidos y crisópidos, reforzando un círculo vicioso de dependencia química.
En el suelo, la calabaza enfrenta enemigos menos visibles pero igualmente decisivos. Las larvas de gusanos de suelo, como Agrotis spp. o Diabrotica spp., se alimentan de raíces y cuello de la planta, ocasionando marchitez súbita en plántulas que parecían sanas horas antes. Esta sintomatología suele confundirse con estrés hídrico o problemas de trasplante, retrasando la respuesta del agricultor. A ello se suman los nematodos agalladores (Meloidogyne spp.), que inducen la formación de nódulos en las raíces y alteran la absorción de agua y nutrientes. Una planta de calabaza con sistema radical dañado es mucho más susceptible a patógenos vasculares y a cualquier episodio de sequía breve, de modo que la sanidad del suelo se convierte en una barrera primaria frente a toda la cascada de problemas posteriores.
En la parte aérea, las enfermedades fúngicas marcan el pulso sanitario del cultivo. El oídio, causado principalmente por Podosphaera xanthii y Erysiphe cichoracearum, recubre las hojas con un micelio blanquecino que, a primera vista, parece inofensivo. Sin embargo, reduce de manera drástica la capacidad fotosintética y acelera la senescencia foliar. Esto se traduce en frutos más pequeños, menor acumulación de azúcares y reducción notable de la calidad comercial. El oídio se ve favorecido por ambientes secos con alta humedad relativa nocturna, una combinación frecuente en sistemas de riego por aspersión y densidades de siembra elevadas. El manejo de la ventilación del cultivo y la elección de variedades tolerantes suelen ser más determinantes que cualquier fungicida aplicado tardíamente.
En el extremo opuesto de las condiciones ambientales se sitúa el mildiu velloso, provocado por Pseudoperonospora cubensis, que prospera con humedad foliar persistente y temperaturas moderadas. Las manchas cloróticas angulares, delimitadas por las nervaduras, evolucionan hacia necrosis y caída prematura de hojas. La rapidez con la que puede avanzar una epidemia de mildiu en calabaza ha obligado a muchos productores a replantear horarios de riego, sistemas de conducción y manejo de coberturas. La enfermedad no solo depende del patógeno y la planta, sino de un microclima que se construye día a día con decisiones aparentemente menores, como la orientación de los surcos o la altura de las cortinas rompevientos.
Cuando el ataque se desplaza hacia los frutos, la preocupación cambia de escala. Hongos como Phytophthora capsici y Fusarium spp. provocan podredumbres que comprometen la conservación poscosecha y multiplican las pérdidas económicas. Una calabaza que se ve sana al momento de la cosecha puede desarrollar lesiones acuosas y colapsar en cuestión de días si ha sido infectada en campo y las condiciones de almacenamiento son favorables al patógeno. La frontera entre enfermedades de campo y de bodega se difumina, y la sanidad poscosecha deja de ser un mero problema logístico para convertirse en parte integral de la estrategia fitosanitaria.
Los virus merecen una atención especial por su capacidad de transformar por completo la fisiología de la planta. El virus del mosaico del pepino (CMV), el virus del mosaico amarillo del zucchini (ZYMV) y el virus del mosaico de la sandía (WMV) son algunos de los más relevantes en calabaza. No se multiplican solos en el ambiente; dependen de vectores como mosca blanca y áfidos, y de la presencia de malezas hospedantes que actúan como reservorios silenciosos. Una parcela aparentemente limpia puede estar rodeada de bordes infestados de plantas espontáneas que mantienen activos los ciclos virales. Así, el manejo de malezas deja de ser únicamente una competencia por recursos y se convierte también en una gestión de epidemiología a escala de paisaje.
Frente a esta complejidad biológica, el enfoque de manejo integrado de plagas y enfermedades (MIPE) surge no como una moda conceptual, sino como una necesidad agronómica. El MIPE en calabaza combina monitoreo sistemático, umbrales de acción, control biológico, prácticas culturales y uso racional de insumos químicos. La observación temprana de focos de oídio, la detección de las primeras colonias de áfidos o la identificación de plantas con síntomas virales permiten intervenciones localizadas que reducen costos y minimizan el impacto ambiental. El objetivo no es erradicar cada organismo dañino, sino mantener sus poblaciones por debajo del nivel en que comprometen la rentabilidad y la estabilidad del sistema productivo.
Las prácticas culturales juegan un papel decisivo en este equilibrio. La rotación de cultivos con especies no hospedantes de cucurbitáceas interrumpe ciclos de nematodos y patógenos de suelo; la incorporación de materia orgánica estabiliza la estructura del suelo y favorece comunidades microbianas antagonistas; el uso de acolchados plásticos o vegetales modifica el microclima y reduce salpicaduras de suelo contaminado hacia el follaje. Incluso la elección del marco de plantación incide en la incidencia de enfermedades: densidades excesivas facilitan la propagación de mildiu y oídio, mientras que marcos demasiado amplios pueden incrementar la presión de malezas y la erosión.
El control biológico, por su parte, se beneficia de una visión menos simplista de los insectos y microorganismos. Parasitoides de mosca blanca, depredadores de áfidos, hongos entomopatógenos y bacterias antagonistas de patógenos de suelo forman una red de interacciones que, bien gestionada, reduce la dependencia de insecticidas y fungicidas de amplio espectro. La conservación de enemigos naturales exige evitar aplicaciones innecesarias y optar por productos selectivos cuando el tratamiento químico es inevitable. Cada pulverización tiene un costo ecológico que se traduce, a mediano plazo, en mayor vulnerabilidad del cultivo.
En este contexto, la mejora genética emerge como una herramienta de fondo. El desarrollo de variedades resistentes o tolerantes a oídio, mildiu y ciertos virus ha permitido reducir el número de aplicaciones fungicidas y estabilizar rendimientos en ambientes con alta presión de patógenos. Sin embargo, la resistencia no es un escudo absoluto; puede quebrarse si los patógenos evolucionan bajo presión de selección intensa o si se descuidan las prácticas de manejo complementarias. La diversidad genética en el paisaje agrícola, tanto a nivel de variedades como de especies acompañantes, actúa como amortiguador frente a epidemias fulminantes.
En última instancia, las plagas y enfermedades del cultivo de calabaza revelan algo más profundo que un listado de amenazas: muestran hasta qué punto el sistema agrícola está alineado o en conflicto con los procesos ecológicos que lo sostienen. Cada brote de oídio, cada foco de mildiu, cada epidemia viral son mensajes sobre el balance de nutrientes, la estructura del hábitat, la continuidad de hospedantes y la presión de selección ejercida por las decisiones humanas. Escuchar esos mensajes, interpretarlos y responder con inteligencia agronómica es el verdadero núcleo de una agricultura capaz de producir calabazas sanas sin hipotecar la resiliencia de los agroecosistemas que las hacen posibles.
- Zitter, T. A., Hopkins, D. L., & Thomas, C. E. (1996). Compendium of cucurbit diseases. APS Press.
- McGrath, M. T. (2001). Fungicide resistance in cucurbit powdery mildew: experiences and challenges. Plant Disease, 85(3), 236–245.
- Keinath, A. P. (2015). Integrated management of cucurbit downy mildew in the southeastern United States. Plant Health Progress, 16(4), 222–230.
- Palumbo, J. C., Horowitz, A. R., & Prabhaker, N. (2001). Insecticidal control and resistance management for Bemisia tabaci. Crop Protection, 20(9), 739–765.
- Navas-Castillo, J., Fiallo-Olivé, E., & Sánchez-Campos, S. (2011). Emerging virus diseases transmitted by whiteflies. Annual Review of Phytopathology, 49, 219–248.
- Sikora, R. A., Coyne, D., Hallmann, J., & Timper, P. (Eds.). (2018). Plant parasitic nematodes in subtropical and tropical agriculture (3rd ed.). CAB International.
- López-García, F., & Salas, J. (2014). Manejo integrado de plagas y enfermedades en cucurbitáceas. Revista de Protección Vegetal, 29(2), 87–102.
- FAO. (2020). Integrated pest management of major pests and diseases in vegetable crops. Food and Agriculture Organization of the United Nations.

