Plagas y enfermedades del cultivo de cacao

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de cacao

La compleja ecología que rodea al cacao revela un escenario donde la productividad no depende solo del manejo agronómico, sino de las tensiones invisibles que imponen plagas y enfermedades sobre su fisiología. Cada órgano del árbol, desde las hojas jóvenes hasta las mazorcas maduras, registra la presión de patógenos que alteran sus rutas metabólicas, comprometen su eficiencia fotosintética y reconfiguran la forma en que el cultivo distribuye energía, nutrientes y defensas. El cacao responde con la elegancia y la vulnerabilidad de un organismo diseñado para prosperar bajo sombra húmeda, pero obligado a resistir enemigos que evolucionan con velocidad inquietante. Esa tensión se manifiesta en los tejidos colonizados, en los compuestos volátiles que el árbol emite cuando es atacado y en la arquitectura misma de un dosel que intenta sostener su equilibrio interno.

Cuando la moniliasis, causada por Moniliophthora roreri, invade las mazorcas, lo primero que colapsa es la integridad del parénquima. La actividad enzimática del hongo deshace las barreras celulares y desencadena un proceso acelerado de necrosis que, fisiológicamente, equivale a un drenaje energético incontrolable. El cacao desvía recursos hacia mecanismos de contención que nunca alcanzan a frenar la explosión micelial. Se reduce la síntesis de carbohidratos estructurales, se altera el gradiente hídrico interno y se perturba la respiración celular. La fruta afectada deja de ser un sumidero eficiente y se convierte en un nodo muerto dentro del sistema vascular, lo cual influye, de forma implacable, en la asignación de fotoasimilados hacia brotes nuevos y flores en desarrollo.

La escoba de bruja, provocada por Moniliophthora perniciosa, actúa con una estrategia distinta pero igual de devastadora. Ataca tejidos meristemáticos y los obliga a proliferar de manera desordenada. Lo que el productor observa como brotes hipertrofiados es, fisiológicamente, la manifestación de un sabotaje hormonal. El patógeno interfiere en las concentraciones de auxinas, citoquininas y giberelinas, generando una distorsión del crecimiento que impide el mantenimiento de relaciones fuente-sumidero estables. La planta queda atrapada en una inversión de prioridades: crece donde no debe, desperdicia reservas en estructuras improductivas y disminuye la inducción floral. Esa desregulación hormonal también compromete la síntesis de metabolitos defensivos, dejando al cacao expuesto a otros patógenos oportunistas.

A estas enfermedades fúngicas se suman plagas que ejercen presiones menos visibles pero igual de disruptivas. El carmenta (Carmenta foraseminis), perforador de mazorcas, introduce galerías que modifican la dinámica hidráulica del fruto. La ruptura de haces vasculares reduce el flujo de azúcares hacia la semilla, y esa interrupción altera la maduración, la acumulación de lípidos y la uniformidad del grano. A nivel fisiológico, la herida desencadena una cascada de señales de estrés que activa la producción de especies reactivas de oxígeno. Estas moléculas, aunque forman parte de la defensa, generan daño oxidativo adicional cuando se acumulan por encima del umbral tolerado.

Otros insectos, como el chinche mirídido (Helopeltis spp.), atacan brotes tiernos y frutos pequeños mediante succión directa. El efecto inmediato es la pérdida de turgencia, pero el impacto profundo se ubica en la reducción de la capacidad fotosintética. Cada lesión impide la correcta apertura estomática y desorganiza el transporte de clorofilas, afectando la eficiencia en el uso de la luz. La fisiología del cacao, normalmente robusta bajo sombra moderada, se torna frágil ante una limitación crónica de la fotosíntesis que reduce el crecimiento vegetativo y la floración.

Las enfermedades virales, como el virus del hinchamiento del brote del cacao (CSSV), añaden una presión evolutiva extrema sobre el cultivo. El virus manipula el metabolismo para replicarse, lo que produce un desbalance severo en la síntesis de proteínas y en la partición de energía. Las células infectadas pierden control sobre la tasa de división y sobre la regulación de compuestos fenólicos, esenciales como defensa de primera línea. El cacao enfermo registra una caída abrupta en la producción de fitohormonas reguladoras, lo cual precipita la muerte regresiva de ramas y un colapso general del vigor fisiológico. En términos prácticos, cada árbol infectado es una pérdida irreversible.

La interacción entre estos patógenos se vuelve aún más compleja bajo condiciones climáticas cambiantes. Incrementos en temperatura y humedad relativa favorecen la germinación de esporas, mientras que lluvias irregulares modifican la disponibilidad nutricional y el estrés hídrico. La fisiología del cacao es particularmente sensible a la variación del microclima porque depende de un equilibrio preciso entre transpiración, absorción radicular y regulación estomática. Cualquier desviación repetida activa mecanismos de defensa que consumen recursos y reducen la plasticidad adaptativa. La planta responde produciendo compuestos fenólicos, alcaloides y proteínas PR, pero este arsenal tiene un costo energético innegociable que disminuye la productividad.

A su vez, la densidad del sistema agroforestal puede intensificar o mitigar estas dinámicas. Un sotobosque diverso atenúa los picos térmicos, modula la humedad y dificulta el avance de esporas transportadas por viento. Sin embargo, también puede mantener ambientes excesivamente húmedos que prolongan la supervivencia de inóculos fúngicos. La fisiología del cacao agradece la sombra moderada porque estabiliza la fotosíntesis y reduce el estrés lumínico, pero castiga el exceso de oscuridad reduciendo la tasa de intercambio gaseoso. Encontrar ese punto medio es estratégico para disminuir la susceptibilidad fisiológica a enfermedades.

La nutrición mineral se vuelve un eje crítico para sostener defensas eficientes. El potasio participa en la regulación estomática y fortalece tejidos frente al ataque de masticadores y perforadores. El calcio es esencial para la integridad de las paredes celulares y actúa como mensajero en la activación de respuestas inmunes. La deficiencia de estos elementos aumenta la vulnerabilidad fisiológica, ya que la planta opera con estructuras débiles, incapaces de contener la invasión de hongos o de soportar la descompensación hídrica derivada del daño. Incluso los oligoelementos como zinc y boro modulan la síntesis de antioxidantes y la división celular, mostrando que la nutrición no solo alimenta: también protege.

Las prácticas de manejo integrado reducen el impacto fisiológico al interrumpir los ciclos de vida de patógenos y plagas antes de que estos colapsen la estructura funcional del árbol. La poda sanitaria disminuye fuentes de inóculo y mejora la aireación, lo que altera el microambiente donde los hongos prosperan. El control biológico, con microorganismos antagónicos como Trichoderma, no solo reduce la presencia de patógenos, sino que induce respuestas sistémicas de defensa, preparando a la planta para futuros ataques mediante una forma de memoria fisiológica. El uso selectivo de feromonas, trampas y extractos botánicos disminuye la presión de insectos sin perturbar la red ecológica que sostiene al cultivo.

En las fases más tempranas del desarrollo, las plantas de cacao pueden mostrar resistencia diferencial gracias a características fisiológicas heredadas. Algunas variedades presentan cutículas más gruesas, tasas fotosintéticas estables bajo estrés o una capacidad mayor para sintetizar flavonoides, todos ellos rasgos que dificultan el establecimiento de patógenos. La elección genética, cuando se alinea con prácticas de manejo inteligentes, reduce la probabilidad de que la fisiología del cultivo sea llevada al límite por la combinación de agresores biológicos.

El impacto acumulado de plagas y enfermedades en el cacao no solo se refleja en la pérdida de rendimiento, sino en la erosión de la compleja maquinaria interna que permite al árbol sostenerse en ecosistemas húmedos y dinámicos. Cada infección, cada perforación y cada alteración hormonal dejan huellas bioquímicas que modifican la trayectoria vital del cultivo. Comprender estas interacciones desde la fisiología permite diseñar estrategias que no aspiren únicamente a controlar organismos dañinos, sino a preservar la estabilidad funcional del cacao como organismo vivo, resiliente y profundamente interconectado con su entorno.

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