Plagas y enfermedades del cultivo de betabel

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La fisiología del betabel, Beta vulgaris, se sostiene en un equilibrio frágil donde la energía fotosintética, el flujo de carbohidratos y la integridad tisular convergen para construir una raíz de almacenamiento rica en azúcares. Cuando ese equilibrio es perturbado por patógenos, insectos herbívoros o vectores de enfermedades, la arquitectura interna del cultivo se distorsiona de formas que trascienden lo visible. Lo que desde fuera parece una simple mancha foliar o una perforación en el limbo es, en realidad, la señal de un redireccionamiento profundo del metabolismo vegetal. Allí donde debería dominar la acumulación de sacarosa emergen rutas defensivas, síntesis acelerada de compuestos fenólicos y una respiración incrementada que consume los recursos destinados al crecimiento. Entender esta dinámica es esencial porque el betabel prospera solo cuando la planta logra priorizar la expansión foliar y el depósito de reservas sobre la contención biológica de sus agresores.

Cualquier agresión comienza por el follaje, principal interfase metabólica. La cercosporiosis, causada por Cercospora beticola, altera la homeostasis del mesófilo al reducir la superficie fotosintética funcional. Sus lesiones circulares, aparentemente discretas, desencadenan un proceso de desorganización de cloroplastos y disminución de clorofila que reprime la capacidad de fijar carbono. Cada punto necrótico opera como una válvula de fuga energética: las células vecinas redirigen nitrógeno y azúcares hacia la síntesis de fitoalexinas, mientras la planta abre estomas de manera dispareja y modifica los gradientes hídricos. A medida que la enfermedad avanza, el tejido pierde conductividad y la hoja envejece prematuramente. No sorprende que la raíz responda reduciendo drásticamente su capacidad de almacenar sacarosa, pues esta ya no fluye con la constancia que exige un cultivo industrial de alto rendimiento.

Esa alteración en los flujos internos conecta con un problema más silencioso: la rizomanía, provocada por Beet necrotic yellow vein virus y transmitida por Polymyxa betae. Lo que en apariencia es un engrosamiento irregular y un amarillamiento de nervaduras termina siendo un colapso de los sistemas más finos de transporte. La infección viral manipula las proteínas motoras que movilizan azúcares, interrumpe señales hormonales y provoca la proliferación de raicillas delgadas que consumen parte de la energía destinada al órgano principal. En este cuadro, la planta intenta compensar la pérdida funcional incrementando la absorción de agua, pero la raíz enferma no logra sostener el balance osmótico y deriva en una reducción severa del contenido de sacarosa. La fisiología del betabel depende de la sincronicidad entre hojas y raíz; al romperse, el metabolismo oscila entre defensas infructuosas y respiración excesiva que agota sus reservas.

Otros patógenos optan por estrategias que erosionan la integridad del tejido desde el suelo. Rhizoctonia solani y Aphanomyces cochlioides son ejemplos de cómo la pudrición radical modifica la respiración y la relación carbono-nitrógeno de manera abrupta. El primero induce necrosis cortical y quiebra la capacidad de las raíces para sostener el intercambio gaseoso. El segundo genera una desestructuración progresiva del tejido parenquimatoso que impide la acumulación de sacarosa en las vacuolas. En ambos casos, la planta responde incrementando la síntesis de enzimas antioxidantes, una estrategia loable pero costosa que obliga a redirigir ATP hacia la contención de radicales libres y no hacia la expansión de la raíz. La consecuencia agronómica es un cultivo que parece crecer, pero cuyo potencial industrial se desvanece gradualmente.

Las plagas, aunque menos espectaculares en apariencia, generan impactos fisiológicos equiparables. La mosca de la remolacha (Pegomya hyoscyami) perfora el parénquima foliar y excava minas que reducen la eficiencia luminosa de cada hoja. La pérdida de parénquima se traduce en una disminución directa en la tasa de asimilación de CO₂, pero lo relevante ocurre después: la planta, percibiendo la pérdida de integridad, sobreexpresa genes relacionados con jasmonatos, hormonas que regulan las defensas pero inhiben el crecimiento. Este antagonismo hormonal entre rutas de defensa y desarrollo convierte una lesión aparentemente menor en un proceso fisiológico de alto costo.

De forma análoga, el pulgón verde del duraznero (Myzus persicae) opera como un modulador indeseado del sistema vascular. Al alimentarse del floema, no solo extrae fotasimilados sino que altera la presión interna de los tubos cribosos. Cada picadura desencadena una cascada de señales basadas en calcio, que cierran temporalmente los elementos cribosos e interrumpen la continuidad del flujo. La planta reacciona con la deposición de calosa, una respuesta defensiva que, al repetirse, termina por entorpecer la propia capacidad de transportar azúcares hacia la raíz. Cuando la infestación es elevada, el cultivo cae en un estado de disfunción vascular que reduce drásticamente la biomasa radical y la concentración final de sacarosa.

El impacto fisiológico no se limita a la competencia directa por nutrientes. Muchas plagas actúan como vectores de complejos virales que manipulan la fisiología de manera indirecta. Algunos virus inducen modificaciones en la actividad de auxinas y giberelinas, provocando acortamientos internodales y deformaciones foliares. Otros alteran la expresión de transportadores de membrana, haciendo que los azúcares se acumulen en hojas infectadas sin llegar a la raíz. El resultado es un cultivo que aparenta vigor en su parte aérea, pero cuya raíz permanece subdesarrollada y químicamente pobre.

Estas perturbaciones plantean un desafío adicional: la activación constante del sistema defensivo de la planta. La síntesis de compuestos fenólicos, terpenos y proteínas relacionadas con la patogénesis exige una inversión considerable de carbono y energía. Cuando la presión biótica se mantiene durante varias semanas, la planta entra en un conflicto interno entre invertir en mecanismos de defensa o resguardar su función primaria de almacenamiento. Los cultivares modernos de betabel han sido seleccionados por su alta capacidad de acumulación de sacarosa; sin embargo, esa selección implica cierta vulnerabilidad fisiológica, ya que priorizar el rendimiento reduce la elasticidad metabólica para responder a múltiples estreses simultáneos.

La fisiología del estrés revela otro elemento clave: la respiración incrementada. Cada ataque activa rutas que elevan la demanda de oxígeno y aceleran la utilización de carbohidratos. Este aumento en la respiración oscura puede ser varias veces superior al observado en condiciones sanas, reduciendo el balance energético neto. La planta, al gastar más de lo que produce, compromete su capacidad para sostener raíces voluminosas y concentraciones elevadas de sacarosa en sus vacuolas. En situaciones extremas, el cultivo adopta una estrategia de supervivencia donde la raíz deja de ser un depósito energético y se convierte en un órgano apenas funcional.

El estrés hídrico secundario también juega un rol determinante. Muchas enfermedades provocan alteraciones en la apertura estomática y en la producción de ácido abscísico, lo que modifica la transpiración y la absorción de agua. Cuando la planta no regula adecuadamente estos flujos, se generan desequilibrios osmóticos que comprometen el turgor celular. Una raíz que pierde turgencia pierde también su capacidad de expandirse y acumular azúcares, creando un círculo vicioso en el que la fisiología se erosiona progresivamente.

Este conjunto de procesos fisiológicos impacta de manera decisiva en el rendimiento agroindustrial. Los ingenieros agrónomos pueden estimar el daño visible, pero el verdadero costo se esconde en cambios bioquímicos que reducen la eficiencia del cultivo semanas antes de que el deterioro sea evidente. Por eso, cualquier estrategia de manejo debe enfocarse no solo en disminuir poblaciones de plagas o suprimir patógenos, sino en proteger la integridad metabólica del cultivo. Mantener estable la fotosíntesis, la respiración y el transporte de azúcares permite que el betabel cumpla su función esencial: transformar la radiación solar en una raíz dulce y densa.

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