Plagas y enfermedades del cultivo de aceituna

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La historia de la olivicultura es, en buena medida, la historia de una alianza frágil entre el ser humano y un árbol que aprendió a prosperar en condiciones de sequía, suelos pobres y veranos ardientes. El olivo (Olea europaea), símbolo de longevidad y resiliencia, parece casi invulnerable cuando se observa un tronco centenario retorcido sobre una ladera pedregosa. Sin embargo, bajo esa apariencia de fortaleza se esconde una compleja red de interacciones biológicas que lo hacen vulnerable a un conjunto diverso de plagas y enfermedades capaces de comprometer su productividad, su fisiología y, en última instancia, la viabilidad económica de las zonas productoras.

Esa vulnerabilidad no es un defecto del olivo, sino la consecuencia inevitable de cualquier sistema agrícola intensivo. Cuando se concentran millones de árboles genéticamente similares en superficies continuas, se crea un paisaje homogéneo que favorece la proliferación de organismos especializados. La mosca del olivo (Bactrocera oleae), por ejemplo, ha evolucionado para explotar casi exclusivamente este recurso. Sus hembras perforan el fruto para depositar los huevos; las larvas se alimentan de la pulpa, abren galerías y desencadenan procesos de oxidación y podredumbre. El daño no se limita a la pérdida de peso del fruto: aumenta la acidez del aceite, favorece la formación de peróxidos y altera el perfil de compuestos fenólicos, degradando la calidad sensorial y nutricional del producto final.

La expansión de la mosca del olivo se ve potenciada por inviernos suaves y otoños prolongados, condiciones cada vez más frecuentes bajo un clima en calentamiento. El aumento de temperaturas medias reduce la mortalidad invernal de pupas y acorta los ciclos de desarrollo, permitiendo más generaciones por campaña. Así, una plaga que en climas más fríos tenía un impacto moderado, se convierte en un factor crítico en regiones tradicionalmente olivareras del Mediterráneo. La respuesta convencional ha sido el uso sistemático de insecticidas de amplio espectro y cebos tóxicos, pero esta estrategia, sostenida durante décadas, ha generado problemas de resistencia, afectación de enemigos naturales y contaminación de suelos y aguas.

En contraste con la mosca, el prays del olivo (Prays oleae) ejerce su daño en tres fases bien diferenciadas: brotes, flores y frutos. Esta mariposa minúscula encarna la precisión de la coevolución: sincroniza su ciclo biológico con la fenología del olivo. La generación filófaga perfora las hojas jóvenes; la antófaga destruye inflorescencias y reduce el potencial de cuajado; la carpófaga ataca frutos recién formados, provocando su caída prematura. El impacto económico se expresa menos en la calidad del aceite y más en la reducción del rendimiento por hectárea. Sin embargo, su control químico intensivo resulta contraproducente, porque rompe el equilibrio con parasitoides y depredadores que, en condiciones de manejo integrado, mantienen las poblaciones en umbrales tolerables.

Este concepto de manejo integrado de plagas (MIP) emerge como un eje central en la protección del olivar moderno. No se trata de eliminar completamente los organismos dañinos, sino de modular sus poblaciones mediante una combinación de tácticas: monitoreo con trampas, umbrales de intervención, conservación de biodiversidad funcional, variedades más tolerantes y aplicaciones fitosanitarias dirigidas y oportunas. En el caso de B. oleae, la instalación de trampas con feromonas y atrayentes alimenticios permite anticipar picos de vuelo y ajustar el momento del tratamiento. Para P. oleae, la preservación de setos y cobertura vegetal favorece a himenópteros parasitoides que atacan huevos y larvas, reduciendo la necesidad de intervenciones químicas. Así, el olivar deja de ser un monocultivo desnudo y se convierte en un agroecosistema con gradientes de complejidad biológica.

Las plagas no se limitan al fruto o al follaje. En el subsuelo, donde rara vez se mira, operan enemigos silenciosos como los nematodos fitoparásitos del género Meloidogyne y Pratylenchus, capaces de dañar raíces finas, alterar la absorción de agua y nutrientes y debilitar al árbol de forma crónica. Su acción, aunque menos visible que la de una mosca o una polilla, predispone al olivo a otras enfermedades de madera y reduce su capacidad de soportar episodios de estrés hídrico. El manejo de estos nematodos exige una visión más preventiva: rotaciones en plantaciones jóvenes, uso de portainjertos con cierto grado de resistencia, mejora de la estructura del suelo y aplicación de enmendantes orgánicos que fomenten una microbiota antagonista.

En la interfase entre raíces y suelo aparecen también los hongos de decaimiento radicular, entre los que destacan especies de Phytophthora y Armillaria. En olivares mal drenados o sometidos a riegos excesivos, la asfixia radicular abre la puerta a estos patógenos, que colonizan tejidos vasculares y provocan marchitez, clorosis y muerte regresiva de ramas. La tentación de recurrir a fungicidas sistémicos es grande, pero su efecto suele ser paliativo y de corta duración. La solución más duradera pasa por rediseñar el manejo del agua, mejorar la aireación del suelo y seleccionar marcos de plantación que eviten encharcamientos, recordando que el olivo es, por naturaleza, una especie adaptada a la escasez hídrica, no al exceso.

Si las enfermedades de raíz actúan desde abajo, la verticilosis del olivo, causada por Verticillium dahliae, avanza desde el xilema hacia la copa con una lógica implacable. Este hongo de suelo, capaz de sobrevivir años en forma de microesclerocios, penetra por raíces jóvenes y coloniza los vasos conductores, obstruyendo el flujo de savia. El resultado es un mosaico de ramas marchitas, hojas secas que permanecen adheridas y, en formas más agresivas, la muerte rápida del árbol. La expansión de la verticilosis está íntimamente relacionada con la intensificación: riego localizado, altas densidades de plantación y antecedente de cultivos hospedantes, como algodón o solanáceas. Ante un patógeno con tanta persistencia, el enfoque más racional combina análisis previos de suelo, plantación en parcelas no infestadas, uso de material vegetal certificado y prácticas que reduzcan la dispersión de restos infectados.

Un capítulo aparte lo ocupa la Xylella fastidiosa, bacteria xilemática que ha demostrado su capacidad devastadora en olivos del sur de Italia y que ha encendido las alarmas en todas las regiones olivareras. Transmitida por cicadélidos como Philaenus spumarius, coloniza los vasos de conducción y desencadena un síndrome de decaimiento rápido, con secado de ramas y muerte progresiva. Su peligrosidad no radica solo en la severidad de los síntomas, sino en su extraordinaria amplitud de hospedantes, que incluye numerosas especies silvestres. El control curativo, a día de hoy, es inexistente: no hay antibióticos autorizados ni terapias eficaces a campo abierto. Por ello, las estrategias se orientan a la contención epidemiológica: erradicación de focos, control de vectores, gestión de la vegetación espontánea y, sobre todo, investigación acelerada en variedades y genotipos con cierto grado de tolerancia.

Frente a estos desafíos, el papel de las variedades de olivo adquiere un relieve estratégico. No todas responden igual ante las mismas plagas y enfermedades. Algunas, como Arbequina o Arbosana, muy utilizadas en sistemas superintensivos, muestran una mayor susceptibilidad a ciertos patógenos de madera, mientras que variedades tradicionales como Picual o Cornicabra pueden expresar tolerancias parciales a verticilosis o mosca. Esta diversidad genética, lejos de ser un vestigio del pasado, se convierte en un recurso fundamental para diseñar olivares más resilientes. La selección asistida por marcadores, el estudio de genes de resistencia y la caracterización de metabolitos defensivos abren la puerta a programas de mejora que integran productividad con sanidad vegetal.

Sin embargo, la genética por sí sola no basta si se ignora el entorno en que el árbol crece. El equilibrio nutricional, la poda, la gestión de la cubierta vegetal y el régimen de riego modulan la susceptibilidad a plagas y enfermedades.

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