Industrialización del cultivo de zarzamora

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La zarzamora (Rubus spp.) ha pasado en pocas décadas de ser un fruto silvestre marginal a convertirse en un cultivo altamente tecnificado y orientado a cadenas globales de valor, esta transición no ha sido lineal ni puramente agronómica, sino el resultado de una convergencia entre mejoramiento genético, intensificación productiva, estandarización poscosecha y sofisticación de la industria de transformación. Entender esa convergencia es clave para anticipar los límites biológicos y económicos del sistema y para decidir hacia dónde orientar las próximas inversiones tecnológicas.

La primera pieza de este entramado es el material vegetal, la industrialización exige uniformidad, previsibilidad fenológica y compatibilidad con procesos mecanizables, por eso el desarrollo de variedades sin espinas, de hábito semierecto o erecto y con firmeza de fruto incrementada ha sido decisivo, las selecciones modernas como ‘Tupi’, ‘Triple Crown’ o ‘Chester Thornless’ responden menos al ideal del sabor tradicional y más a la necesidad de soportar cadenas de frío prolongadas, manipulación intensiva y cosecha escalonada. Esta orientación ha impulsado programas de mejoramiento asistido por marcadores, que permiten fijar rasgos como resistencia a Didymella applanata o tolerancia a estrés hídrico moderado, reduciendo la vulnerabilidad del modelo industrial frente a variaciones ambientales.

A partir de ese genotipo diseñado para la cadena de suministro, la arquitectura del sistema productivo se reorganiza, la industrialización no se sostiene sobre huertos dispersos con manejos heterogéneos, sino sobre bloques extensivos, con alta densidad de plantación, estructura de conducción optimizada y fuerte dependencia de insumos externos. Los sistemas en espaldera tipo V o T permiten exponer de manera más homogénea la pared foliar, mejorar la intercepción de radiación fotosintéticamente activa y facilitar la implementación de cosecha asistida, mientras que la tendencia a usar plantaciones en macrotúneles o invernaderos ligeros responde a la necesidad de desestacionalizar la oferta, reducir la incidencia de lluvias en cosecha y controlar con mayor precisión la humedad relativa, factor crítico para la aparición de Botrytis cinerea.

Este aumento del control físico y climático se acompaña de una intensificación en el manejo nutricional y sanitario, la zarzamora industrial se alimenta de soluciones nutritivas formuladas con precisión, aplicadas por fertirrigación en sistemas de goteo con emisores autocompensantes, donde la conductividad eléctrica y el pH se corrigen en tiempo real mediante unidades de inyección automatizadas, integradas a plataformas de agricultura de precisión. Sensores de humedad de suelo, estaciones meteorológicas en parcela y modelos de balance hídrico permiten afinar láminas de riego, reduciendo el estrés hídrico que deteriora la firmeza de fruto y compromete la vida de anaquel, pero también evitando el exceso de humedad que dispara la presión de enfermedades radiculares y eleva los costos de protección fitosanitaria.

La sanidad del cultivo, en un contexto industrial, deja de ser un asunto de corrección puntual y se convierte en un componente estructural del modelo, la presión selectiva que generan los monocultivos extensivos, con baja diversidad genética y ciclos productivos prolongados, favorece la emergencia de patógenos especializados y la expansión de plagas polífagas como Drosophila suzukii, por ello se tiende a sistemas de manejo integrado de plagas (MIP) que combinan monitoreo sistemático, umbrales de intervención, liberación de enemigos naturales y uso racional de bioinsecticidas y fungicidas de baja residualidad. La industrialización, sin embargo, condiciona estas decisiones, ya que la exigencia de mercados de exportación en materia de límite máximo de residuos obliga a sincronizar calendarios de aplicación, ciclos de cosecha y ventanas de exportación, lo que vuelve más compleja la toma de decisiones técnicas en campo.

La cosecha es el punto de mayor fricción entre la biología del fruto y la lógica industrial, la zarzamora presenta una maduración no climatérica, con ventana de cosecha estrecha y alta susceptibilidad mecánica, lo que ha mantenido la recolección manual como estándar dominante, aun en sistemas altamente tecnificados. Sin embargo, la presión de costos laborales y la necesidad de incrementar la productividad por jornada han impulsado la adopción de sistemas de cosecha asistida, plataformas móviles con bandas transportadoras, recipientes ergonómicos y rutas optimizadas que reducen el daño mecánico y el tiempo entre corte y preenfriado, al tiempo que permiten una segregación más precisa por calibres y calidades, lo que alimenta de manera más eficiente las líneas de clasificación industrial.

Una vez fuera del huerto, la lógica industrial se impone con mayor claridad, la zarzamora destinada a mercado en fresco entra a flujos de poscosecha altamente estandarizados, donde el preenfriado rápido mediante hidroenfriamiento o aire forzado a 0-2 °C reduce la respiración y alarga la vida útil, mientras que el envasado en atmósfera modificada, con mezclas controladas de O₂ y CO₂ y uso de películas con permeabilidad selectiva, busca retardar el desarrollo de mohos sin comprometer la integridad sensorial. La trazabilidad por lote, soportada en sistemas de identificación por radiofrecuencia (RFID) y códigos de barras, permite gestionar reclamos, optimizar rotación en cámaras y alimentar modelos de predicción de vida de anaquel basados en temperatura acumulada.

Paralelamente, la fracción de fruta que no cumple con los estándares estéticos del mercado en fresco se convierte en la materia prima de la industria de transformación, aquí la industrialización del cultivo revela su verdadera dimensión económica, pues permite alimentar de forma continua y predecible cadenas de procesamiento que van desde la congelación IQF (Individual Quick Freezing) hasta la obtención de concentrados, purés, jugos clarificados y colorantes naturales. La tecnología IQF, con túneles de aire frío a alta velocidad o lechos fluidizados, congela cada baya de forma individual, preservando estructura celular y reduciendo el exudado en descongelación, lo que habilita su uso en mezclas para panificación, lácteos fermentados y productos listos para consumir.

En el ámbito de la transformación líquida, la zarzamora se somete a procesos de molienda, despalillado, desaireación y pasteurización, tras los cuales se obtienen jugos simples o concentrados mediante evaporadores de múltiple efecto o sistemas de ósmosis inversa, estos concentrados, con sólidos solubles por encima de 60 °Brix, se convierten en ingredientes de alto valor para la industria de bebidas, repostería y productos nutracéuticos, ya que concentran antocianinas, polifenoles y otros compuestos bioactivos que se promocionan como antioxidantes naturales. Más allá del jugo, la fracción sólida residual, rica en semillas y piel, alimenta procesos de extracción de aceite de semilla de zarzamora mediante prensado en frío o extracción con CO₂ supercrítico, aceite valorado por su contenido de ácidos grasos insaturados y su uso en cosmética funcional.

La valorización de subproductos se extiende también a la obtención de extractos de colorantes naturales, en particular antocianinas, usados como sustitutos de colorantes sintéticos en alimentos y bebidas, aquí la selección varietal y el manejo de cosecha influyen directamente en el rendimiento industrial, ya que la concentración de pigmentos varía con el grado de madurez, la radiación incidente y el estado sanitario del fruto. Procesos de extracción asistida por ultrasonido, microondas o fluidos supercríticos permiten mejorar la eficiencia y reducir el uso de solventes orgánicos, alineando la cadena de valor con las exigencias de certificaciones de producción sostenible y etiquetado limpio.

Todo este entramado industrial no está exento de tensiones, la dependencia de insumos externos, energía fósil y cadenas logísticas refrigeradas incrementa la huella de carbono del sistema, mientras que la concentración de la producción en pocas regiones exportadoras genera vulnerabilidades geopolíticas y climáticas. Como respuesta, se exploran modelos de intensificación ecológica, que combinan la lógica de la industrialización con prácticas como el uso de coberturas vivas, biofertilizantes, control biológico conservativo y diseños de paisaje que reduzcan la presión de plagas, al tiempo que se experimenta con fuentes de energía renovable para alimentar plantas de frío industrial y líneas de procesamiento.

La digitalización emerge como otro eje de transformación, el uso de modelos predictivos basados en aprendizaje automático, alimentados con datos de clima, suelo, fenología y mercado, permite anticipar picos de producción, ajustar calendarios de cosecha y optimizar la asignación de fruta entre fresco e industria, reduciendo mermas y mejorando márgenes. Sistemas de visión artificial en banda de clasificación permiten evaluar en tiempo real color, firmeza y presencia de defectos, automatizando decisiones que antes dependían de la experiencia subjetiva de operarios, y generando a su vez bases de datos que retroalimentan el mejoramiento genético y el manejo agronómico.

En última instancia, la industrialización del cultivo de zarzamora no es solo un conjunto de tecnologías, sino una reconfiguración completa de la relación entre planta, territorio e industria, una relación mediada por estándares, algoritmos y contratos, donde cada decisión en campo resuena a lo largo de la cadena de valor, desde la formulación de un sustrato hasta la etiqueta de un producto nutracéutico en un supermercado distante, y donde el reto para los profesionales agrícolas consiste en mantener el equilibrio entre eficiencia productiva, estabilidad ecológica y viabilidad económica de largo plazo.

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