El triticale (× Triticosecale Wittmack), concebido como híbrido entre trigo (Triticum spp.) y centeno (Secale cereale), ha pasado en pocas décadas de curiosidad genética a recurso industrial emergente, su razón de ser no está solo en combinar el rendimiento del trigo con la rusticidad del centeno, sino en ofrecer una materia prima versátil para cadenas de valor que abarcan desde la alimentación animal intensiva hasta la bioindustria de carbohidratos fermentables, en un contexto de presión sobre suelos, agua y costos energéticos, esta versatilidad adquiere un peso económico y estratégico creciente.
El punto de partida de la industrialización del triticale es su arquitectura agronómica: alta capacidad de ahijamiento, buen índice de cosecha y notable estabilidad de rendimiento en ambientes marginales, factores decisivos para el suministro continuo a plantas de piensos compuestos, molinería seca y biorrefinerías, a diferencia del trigo, el triticale tolera mejor suelos ácidos, baja fertilidad y episodios de estrés hídrico moderado, lo que permite desplazar la frontera productiva hacia zonas donde los cultivos clásicos muestran rendimientos erráticos, esta resiliencia, sin embargo, no implica ausencia de manejo de precisión, al contrario, la industrialización exige homogeneidad en calidad tecnológica, contenido de proteína, perfil de micotoxinas y parámetros físicos del grano.
En este sentido, los programas de mejoramiento genético han evolucionado desde la mera obtención de híbridos fértiles hacia esquemas de selección asistida por marcadores, orientados a caracteres industriales específicos, se priorizan líneas con alta digestibilidad del almidón, baja proporción de β-glucanos solubles para minimizar problemas de viscosidad en dietas de monogástricos, y resistencia a Fusarium spp. para reducir deoxinivalenol (DON) en cadenas de alimentación y bioetanol, la incorporación de genómica funcional y selección genómica permite acelerar ciclos de mejora, ajustando la oferta varietal a requerimientos de plantas de bioetanol de grano, bioetanol de grano y paja y biogás.
Cadenas de valor: del pienso compuesto a la biorrefinería
La primera gran puerta de entrada del triticale a la industria fue la alimentación animal, en formulaciones para porcino intensivo y aves de engorde, el triticale compite con el trigo como fuente de energía, su contenido de almidón y su digestibilidad lo sitúan en niveles comparables, mientras que su proteína bruta suele ser ligeramente superior, aunque con un perfil de lisina algo más limitado, esta realidad ha impulsado la integración del triticale en fábricas de piensos compuestos, donde se somete a molienda de martillos o rodillos, seguido de peletización o extrusión, procesos que modifican la estructura del almidón, mejoran la gelatinización y optimizan la conversión alimenticia, especialmente cuando se combinan con enzimas exógenas (xilanasas, β-glucanasas) dirigidas a polisacáridos no amiláceos.
En rumiantes, el triticale se explota tanto en forma de grano seco como de forraje ensilado, el ensilado de triticale forrajero en mezcla con leguminosas (por ejemplo, Vicia sativa) genera un voluminoso con buena relación FDN/almidón y adecuada fermentación láctica, siendo un insumo valioso en sistemas de lechería intensiva que buscan reducir la dependencia de maíz, industrialmente, este flujo forrajero se articula con empresas de ensilado a terceros, que aportan cosechadoras autopropulsadas con cabezales específicos, sistemas de picado de precisión y aplicación de inoculantes microbianos para estabilizar la fermentación y reducir pérdidas de materia seca, con ello se configura una cadena de servicios que profesionaliza el uso del triticale en grandes explotaciones.
La segunda gran vía de industrialización se sitúa en las bioenergías y bioproductos, el grano de triticale, con altos rendimientos de almidón por hectárea en ambientes fríos o marginales, se ha posicionado como sustrato competitivo para bioetanol de primera generación, en plantas de fermentación por lotes o semicontinua, el grano se somete a molienda seca, licuefacción enzimática (α-amilasas termoestables), sacarificación (amiloglucosidasas) y fermentación con levaduras seleccionadas de Saccharomyces cerevisiae, la eficiencia de conversión depende de la pureza del almidón, la ausencia de inhibidores derivados de micotoxinas y la gestión de subproductos como la grasa residual y la fibra insoluble.
El coproducto más relevante en este contexto es el DDGS (granos secos de destilería con solubles), una fracción rica en proteína, grasas y fibra, que retorna a la cadena de alimentación animal, cerrando parcialmente el ciclo de nutrientes, la composición de los DDGS de triticale, con mayor fracción de fibra que los de maíz, exige reformular raciones, pero ofrece una oportunidad en rumiantes de alta producción y en sistemas de engorde de bovinos, donde la fibra digestible es un recurso valioso, la industrialización del triticale como cultivo energético se refuerza cuando se integran esquemas de cogeneración con biogás, aprovechando la paja y residuos de limpieza de grano como sustratos en digestores anaerobios, generando metano y un digestato utilizable como fertilizante orgánico.
Más allá de la energía, el triticale se perfila como materia prima para biorrefinerías de carbohidratos, su almidón puede transformarse en jarabes de glucosa, maltodextrinas y etanol grado industrial, usados en la fabricación de bioplásticos, disolventes verdes y tensioactivos, al mismo tiempo, la fracción de hemicelulosas y celulosa de la paja constituye un recurso para procesos de segunda generación, mediante pretratamientos físico-químicos (explosión de vapor, hidrólisis ácida diluida) y posterior hidrólisis enzimática con cócteles de celulasas y xilanasas, generando azúcares fermentables destinados a ácido láctico, ácido succínico o butanol de origen biológico.
En el ámbito de los productos alimentarios humanos, la industrialización del triticale ha sido más lenta, aunque técnicamente viable, su gluten presenta menor fuerza panadera que el del trigo, lo que limita su uso en panificación directa, sin embargo, se ha consolidado un nicho en mezclas de harinas para galletas, snacks extruidos y productos de desayuno, donde la textura depende menos de la red de gluten, las plantas de molinería adaptan sus líneas de limpieza, deschinadoras, pulidoras y sistemas de clasificación por densidad para gestionar un grano algo más heterogéneo, ajustando los diagramas de molienda para maximizar la extracción de harina fina y sémolas con cenizas controladas, en paralelo, subproductos como el salvado de triticale se incorporan a formulaciones de alimentos funcionales ricos en fibra insoluble.
Intensificación sostenible y retos tecnológicos
La expansión industrial del triticale plantea una cuestión central: cómo intensificar su producción sin reproducir los problemas ambientales asociados a otros cereales, su ventaja comparativa reside en la eficiencia en el uso de nitrógeno y en su capacidad para producir biomasa en condiciones subóptimas, no obstante, los sistemas orientados a bioenergía tienden a maximizar la extracción de grano y paja, lo que puede comprometer el balance de carbono del suelo y la estructura física a medio plazo, por ello, la industrialización responsable exige integrar herramientas de agricultura de precisión que permitan ajustar dosis de fertilizantes minerales, definir zonas de manejo específico y monitorizar la materia orgánica del suelo con sensores de proximidad y teledetección.
El uso de siembra directa y rotaciones diversificadas donde el triticale alterna con leguminosas de grano y oleaginosas contribuye a mitigar la degradación del suelo, a la vez que reduce la presión de enfermedades foliares y malezas resistentes, desde la perspectiva industrial, estas rotaciones mejoran la seguridad del suministro, ya que estabilizan la productividad interanual, la incorporación de sistemas de trazabilidad digital (etiquetado por lote, registros de campo, plataformas de datos agronómicos) permite a las plantas de transformación discriminar orígenes según parámetros de calidad y huella ambiental, creando incentivos económicos para prácticas agronómicas más sostenibles.
En paralelo, la mecanización específica del triticale se ha ido ajustando, las cosechadoras combinadas requieren configuraciones de cilindros y cóncavos que minimicen el daño mecánico al grano y las pérdidas por desgrane, especialmente cuando el destino es la semilla certificada o la molinería, el desarrollo de sensores en tiempo real en tolvas y cintas transportadoras, capaces de estimar humedad, proteína y peso hectolítrico, permite clasificar la cosecha en origen, derivando lotes con alto contenido de proteína hacia piensos y otros con mejor calidad física hacia bioetanol o usos alimentarios, esta segregación dinámica es una pieza clave para optimizar márgenes en toda la cadena.
El último eslabón tecnológico se sitúa en la integración del triticale en biorrefinerías de plataforma múltiple, donde grano, paja y subproductos se fraccionan en corrientes de almidón, azúcares C5 y C6, proteínas concentradas, lignina y fibras técnicas, cada una con destinos industriales diferenciados, desde adhesivos y resinas hasta materiales compuestos y rellenos de papel, el desafío consiste en diseñar esquemas de cascada de valor, donde la energía se recupere en último término (biogás, combustión de lignina), después de haber extraído el máximo valor posible en forma de moléculas y materiales, en este horizonte, el triticale deja de ser un simple cereal alternativo para convertirse en un cultivo plataforma capaz de articular sistemas agroindustriales más resilientes y diversificados.
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