En el mapa agrícola del planeta, Turquía ocupa un lugar estratégico que rara vez recibe la atención que merece. Situada en la encrucijada entre Europa y Asia, atravesada por climas mediterráneos, continentales y esteparios, el país funciona como un laboratorio a cielo abierto donde conviven cultivos templados, subtropicales y de montaña. Esa diversidad bioclimática, combinada con una larga tradición campesina y sistemas de riego en rápida expansión, explica por qué Turquía se ha convertido en un nodo crucial para la seguridad alimentaria regional, tanto por el volumen como por la diversidad de cultivos que produce.
El núcleo de su sistema agrícola sigue descansando sobre los cereales, especialmente el trigo (Triticum aestivum) y la cebada (Hordeum vulgare). La meseta de Anatolia central, con inviernos fríos y veranos secos, ofrece condiciones casi ideales para estos cultivos de secano. El trigo duro alimenta la industria de la sémola y la pasta, mientras que el trigo panificable sostiene una cultura del pan profundamente arraigada. La cebada, por su parte, cumple un doble papel: forraje para el ganado y materia prima para la industria cervecera y maltera. La dependencia histórica de las lluvias invernales hace que estos cereales sean sensibles a la variabilidad climática, lo que ha impulsado la adopción de variedades más tolerantes a la sequía y de técnicas de siembra directa para conservar humedad y suelo.
Al desplazarse hacia las llanuras irrigadas del sur y el oeste, el protagonismo cambia de manos y emergen los cultivos industriales. El algodón (Gossypium hirsutum), concentrado en las cuencas del Egeo y Çukurova, ha sido motor de modernización agrícola y de expansión de sistemas de riego presurizado. La fibra alimenta una poderosa industria textil, mientras que la semilla genera aceite y harinas proteicas para piensos. Sin embargo, el algodón es también uno de los cultivos más demandantes de agua, lo que tensiona los recursos hídricos en un contexto de caudales menguantes en los ríos y mayor competencia con usos urbanos. Este conflicto ha impulsado la introducción de riego por goteo, sensores de humedad y programas de mejora genética orientados a reducir el ciclo y aumentar la eficiencia hídrica.
En paralelo, la remolacha azucarera (Beta vulgaris) se ha consolidado como otro pilar industrial, sobre todo en Anatolia central y oriental. A diferencia del algodón, la remolacha se integra en rotaciones con trigo y leguminosas, lo que contribuye a la estructura del suelo y a la gestión de malezas. Su alto requerimiento de nutrientes ha impulsado el uso intensivo de fertilizantes minerales, pero también la experimentación con fertilización de precisión y análisis de suelo sistemáticos. La producción de azúcar de remolacha reduce la dependencia de importaciones de caña y sostiene una red de fábricas que estructuran la economía de numerosas ciudades medianas.
Si se sigue el gradiente climático hacia las costas, la agricultura se hace más perenne y arbórea. Turquía es uno de los mayores productores mundiales de avellana (Corylus avellana), concentrada en las laderas húmedas del mar Negro. Estos sistemas, a menudo en pendientes pronunciadas, combinan árboles longevos con prácticas tradicionales de manejo manual. La avellana turca domina el mercado global de confitería, lo que otorga al país una cuota de poder poco visible, pero estratégica. El reto, sin embargo, es doble: por un lado, la fragmentación extrema de las parcelas limita la mecanización; por otro, el cambio climático altera los patrones de frío invernal necesarios para una floración adecuada, obligando a replantear material vegetal y densidades de plantación.
Muy cerca, en las mismas franjas costeras pero con orientación productiva distinta, prosperan los cítricos: naranjas, mandarinas, limones y pomelos. La región mediterránea, con inviernos suaves y veranos calurosos, sostiene una citricultura intensiva, orientada tanto al mercado interno como a la exportación. La presión de plagas y enfermedades —desde la mosca de la fruta hasta patógenos fúngicos— ha fomentado el desarrollo de estrategias de manejo integrado de plagas (MIP), combinando control biológico, monitoreo con trampas y aplicaciones fitosanitarias más racionalizadas. La citricultura turca se encuentra así en un punto intermedio: suficientemente tecnificada para competir en calidad, pero aún con margen para mejorar en certificaciones de sostenibilidad y trazabilidad.
Otro cultivo emblemático, esta vez vinculado a la cultura mediterránea más profunda, es el olivo (Olea europaea). Las provincias costeras del Egeo y el Mediterráneo albergan millones de olivos que producen aceite y aceituna de mesa. Turquía oscila entre los primeros puestos mundiales de producción de aceite de oliva, aunque su consumo per cápita sigue por debajo del de otros países mediterráneos, lo que deja un amplio margen para la exportación. El manejo del olivar muestra un mosaico de realidades: desde plantaciones intensivas con riego localizado y poda mecanizada hasta olivares tradicionales de baja densidad, dependientes de lluvias irregulares. El incremento de olas de calor y la irregularidad pluviométrica están acelerando la transición hacia sistemas más eficientes en agua, pero también reabren el debate sobre la conservación de paisajes agrarios de alto valor ecológico.
El viñedo turco añade una dimensión histórica y genética a este panorama. Aunque el consumo de vino está condicionado por factores culturales y normativos, la producción de uvas de mesa y uvas pasas es significativa, especialmente en el Egeo y Anatolia occidental. Turquía alberga una notable diversidad de variedades locales, muchas de ellas adaptadas a condiciones de estrés hídrico y suelos pobres. Esta diversidad genética, aún parcialmente subutilizada, constituye un recurso clave frente a escenarios climáticos más extremos. Además, la expansión de viñedos bajo sistemas de conducción modernos y mallas antigranizo ilustra cómo la viticultura turca busca posicionarse en mercados de alto valor, sin renunciar a su acervo varietal.
En el corazón de las dietas regionales, las hortalizas ocupan un lugar central, tanto en campo abierto como bajo invernadero. Tomate, pimiento, berenjena, pepino y cebolla se cultivan a gran escala, con especial concentración en las llanuras costeras y los valles fluviales. La producción de tomate, en particular, abastece tanto el mercado fresco como una importante industria de conservas y pasta de tomate. El uso intensivo de invernaderos plásticos, sobre todo en la región de Antalya, permite cosechas casi continuas, pero también plantea desafíos en términos de salinidad del suelo, residuos de plásticos y consumo energético. Las innovaciones en riego por goteo, fertirrigación y uso de sustratos inertes buscan desacoplar la productividad hortícola de los límites físicos del suelo y del clima.
No menos estratégicas son las leguminosas de grano, como el garbanzo (Cicer arietinum) y la lenteja (Lens culinaris), ampliamente cultivadas en zonas semiáridas. Más allá de su valor nutricional, estas especies fijan nitrógeno atmosférico, reduciendo la necesidad de fertilización sintética en las rotaciones. En un contexto de encarecimiento de insumos y preocupación por la huella ambiental de la agricultura, las leguminosas turcas adquieren un papel renovado. Programas de mejora buscan variedades más resistentes a enfermedades como la rabia del garbanzo y más adaptadas a siembras tardías, que permiten esquivar periodos críticos de sequía.
Por encima de esta diversidad específica, subyace una tensión constante entre intensificación y resiliencia. La expansión de sistemas de riego, la mecanización y el uso de agroquímicos han elevado rendimientos en casi todos los cultivos principales, pero también han incrementado la vulnerabilidad frente a la escasez de agua, la degradación del suelo y las fluctuaciones de precios internacionales. La respuesta emergente combina tecnologías de agricultura de precisión —desde imágenes satelitales hasta sensores en campo— con un renovado interés por prácticas agroecológicas, como la rotación diversificada, la cobertura vegetal y el uso de variedades locales.
En última instancia, los principales cultivos de Turquía no son solo una lista de especies dominantes, sino la expresión de un equilibrio dinámico entre clima, cultura, tecnología y mercados. El trigo de la meseta, el algodón del sur, las avellanas del mar Negro, los cítricos mediterráneos, los olivos milenarios y las hortalizas de invernadero forman un entramado interdependiente que sostiene economías rurales, configura paisajes y alimenta a millones de personas dentro y fuera de sus fronteras. La forma en que este país ajuste su matriz de cultivos a los límites ecológicos y a las oportunidades comerciales definirá no solo su futuro agrícola, sino también su contribución a un sistema alimentario mundial que exige, cada vez con más urgencia, productividad compatible con la sostenibilidad.
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