En el corazón de un territorio atravesado por el Nilo y sus afluentes, Sudán condensa una paradoja agrícola: posee uno de los mayores potenciales productivos del noreste de África y, al mismo tiempo, una de las vulnerabilidades más agudas frente a la inseguridad alimentaria. Comprender sus principales cultivos no es solo un ejercicio de clasificación agronómica; es una ventana a la interacción entre clima, suelo, tecnología, política y tradiciones milenarias de manejo del agua. Cada cultivo dominante encarna una forma distinta de relacionarse con un ambiente que oscila entre la fertilidad aluvial y la aridez extrema.
La columna vertebral de la agricultura sudanesa está formada por los cereales de secano, en particular el sorgo (Sorghum bicolor) y el mijo perla (Pennisetum glaucum). Ambos se han adaptado a temperaturas elevadas, suelos pobres y regímenes de lluvia erráticos, lo que los convierte en pilares de la seguridad alimentaria rural. El sorgo domina en las zonas de sabana y en las llanuras arcillosas del centro, donde se cultiva bajo sistemas tradicionales de labranza mínima y rotaciones poco estructuradas. El mijo, en cambio, se refugia en las franjas más áridas del oeste y del norte, donde su ciclo corto y su extraordinaria tolerancia a la sequía permiten cosechas allí donde otros cereales fracasan. La variabilidad interanual de las lluvias convierte a estos cultivos en una apuesta agronómica prudente, aunque de rendimientos frecuentemente modestos.
Esta base cerealera se complementa con el trigo (Triticum aestivum), cultivado principalmente bajo riego en las riberas del Nilo y en proyectos de gran escala como Gezira. El trigo no es originario de las tradiciones agrícolas sudanesas, pero su demanda urbana creciente y las políticas de sustitución de importaciones lo han impulsado como cultivo estratégico de invierno. Sin embargo, su presencia revela una tensión estructural: producir trigo en un entorno semiárido exige un consumo intensivo de agua y fertilizantes, en un país donde la infraestructura de riego es desigual y vulnerable a conflictos y a variaciones hidrológicas aguas arriba. Así, el trigo encarna la aspiración de autosuficiencia alimentaria, pero también los límites biofísicos y económicos de forzar el paisaje agroecológico.
Si los cereales sostienen el consumo interno, el algodón (Gossypium hirsutum) representa la memoria de una Sudán profundamente integrado en los mercados globales. Durante gran parte del siglo XX, el algodón irrigado fue el emblema del proyecto agrícola nacional, especialmente en el esquema de Gezira, uno de los sistemas de riego por gravedad más extensos del mundo. Este cultivo exigente en agua y en manejo fitosanitario generó divisas, empleo y una compleja red de instituciones de control y comercialización. Sin embargo, la caída de los precios internacionales, la competencia de fibras sintéticas y las dificultades de mantenimiento de la infraestructura han reducido su peso relativo. Aun así, el algodón sigue siendo un cultivo clave en determinadas zonas, donde coexisten variedades de fibra larga para exportación y tipos de fibra media orientados a industrias textiles regionales.
Muy cerca del algodón, tanto en el paisaje como en la economía, se encuentra el sésamo (Sesamum indicum), uno de los cultivos oleaginosos más emblemáticos del país. Sudán figura de manera recurrente entre los principales exportadores mundiales de sésamo, gracias a su adaptación a condiciones de secano y a la creciente demanda internacional de aceites y semillas para la industria alimentaria. El sésamo se integra bien en sistemas de cultivo de baja inversión, aprovechando su tolerancia al estrés hídrico y su capacidad de crecer en suelos marginales. Sin embargo, esta aparente rusticidad oculta desafíos: la producción está muy fragmentada, los rendimientos son variables y la falta de estandarización en poscosecha limita el acceso a nichos de mercado de mayor valor. El sésamo ilustra cómo un cultivo tradicional puede convertirse en un vector de inserción comercial global si se acompaña de mejoras tecnológicas y de gobernanza.
Otro componente central del mosaico oleaginoso es el maní o cacahuete (Arachis hypogaea), cultivado extensamente en Kordofán, Darfur y otras regiones de secano. El maní cumple una doble función: fuente de aceite vegetal y proteína para consumo interno, y materia prima para exportación cuando las condiciones de mercado lo permiten. Su cultivo mejora la fertilidad del suelo gracias a la fijación biológica de nitrógeno, lo que lo convierte en un aliado potencial de rotaciones más sostenibles con cereales. Sin embargo, la realidad suele alejarse de este ideal técnico: la presión económica induce a monocultivos prolongados, con riesgos de plagas, enfermedades y degradación del suelo. Además, la contaminación por aflatoxinas, asociada a un secado y almacenamiento deficientes, representa un obstáculo sanitario y comercial que exige soluciones basadas en manejo poscosecha y control de humedad.
La agricultura sudanesa no se define solo por los cultivos anuales. El sorgo de Alepo y las gramíneas naturales conviven con árboles de enorme importancia económica y cultural, como la acacia senegal (Senegalia senegal), fuente de la goma arábiga. Aunque no se trata de un cultivo agrícola en el sentido clásico, la explotación semi-controlada de estos árboles en la llamada “cintura de la goma” configura un sistema agroforestal singular. Los agricultores combinan siembras de sorgo y mijo con el manejo de acacias, que aportan exudados comerciales, sombra, mejora de la estructura del suelo y cierto grado de protección frente a la erosión. La goma arábiga, demandada por las industrias alimentaria y farmacéutica, ha colocado a Sudán como uno de los principales proveedores mundiales, pero la presión demográfica, la tala para leña y la inestabilidad política amenazan la continuidad de estos sistemas.
En las proximidades de los cursos de agua y en los grandes proyectos de riego, emergen otros cultivos que responden a lógicas distintas, más intensivas y orientadas al mercado. La caña de azúcar (Saccharum officinarum) se ha expandido en zonas con acceso estable al agua, apoyada por inversiones estatales y privadas para la producción de azúcar refinado y, en menor medida, de etanol. Este cultivo, de alto consumo hídrico y fuerte demanda de mano de obra, se integra en cadenas industriales relativamente organizadas, con plantas de procesamiento cercanas a las áreas de cultivo. La caña simboliza una agricultura empresarial que contrasta con el minifundio de subsistencia, y que plantea dilemas sobre la asignación de agua entre usos industriales y alimentarios, especialmente en un contexto de cambio climático y tensiones en la cuenca del Nilo.
En paralelo, los hortalizas y frutales bajo riego han ido ganando importancia en torno a los núcleos urbanos y a lo largo del Nilo Azul y el Nilo Blanco. Tomate, cebolla, okra, melón y cítricos abastecen a mercados locales cada vez más dinámicos, impulsados por el crecimiento demográfico y la urbanización. Aunque su superficie total es menor que la de los grandes cultivos de secano, su valor económico por hectárea es notablemente superior. La intensificación hortícola, sin embargo, suele ir acompañada de un uso poco regulado de plaguicidas y fertilizantes, con riesgos para la salud humana y para la calidad del agua. La transición hacia prácticas de manejo integrado de plagas y una fertilización más racional representa uno de los retos técnicos más apremiantes para mantener la productividad sin comprometer los ecosistemas.
Todos estos cultivos están atravesados por un factor ineludible: la variabilidad climática y la creciente frecuencia de sequías e inundaciones. El cambio climático altera la distribución espacial y temporal de las lluvias, desplazando isoyetas y redefiniendo fronteras agrícolas. En este contexto, los cultivos tradicionales de secano como el sorgo y el mijo adquieren una relevancia renovada, no solo como herencia cultural, sino como reservorios de diversidad genética útil para la adaptación. La mejora varietal orientada a tolerancia al calor, eficiencia en el uso del agua y estabilidad de rendimiento se vuelve prioritaria, pero requiere instituciones de investigación robustas y sistemas de extensión capaces de llegar a pequeños productores dispersos en vastas regiones.
La estructura productiva, dominada por pequeños agricultores de bajos insumos y por algunos enclaves de agricultura de gran escala, condiciona la adopción de innovaciones. Mecanización limitada, escaso acceso a crédito rural, infraestructura de almacenamiento deficiente y mercados volátiles restringen la capacidad de transformar potencial agroecológico en rendimientos sostenidos. En muchos casos, los cultivos se eligen no solo por su adaptación biofísica, sino por su liquidez: el sésamo o el maní se convierten en “caja de ahorros” vegetal, vendida para cubrir gastos imprevistos, mientras que el sorgo y el mijo garantizan la base alimentaria familiar. Esta lógica de gestión del riesgo explica por qué sistemas que parecen ineficientes desde una perspectiva puramente productivista persisten a lo largo del tiempo.
La configuración actual de los principales cultivos de Sudán es, en suma, el resultado de una negociación continua entre clima, suelos, agua, mercados y estructuras sociales. No se trata de una lista estática, sino de un sistema dinámico donde un cambio en los precios internacionales del sésamo, una reforma en la gestión del riego o una sequía prolongada pueden reordenar prioridades y superficies en pocas campañas. Entender esta dinámica, más que memorizar qué se cultiva y dónde, permite vislumbrar las trayectorias posibles de una agricultura que, pese a sus fragilidades, conserva en su diversidad de cultivos y prácticas una notable capacidad de resiliencia frente a un futuro incierto.
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