La geografía de la República Dominicana, comprimida entre cordilleras y valles costeros, actúa como un laboratorio natural donde la agricultura revela su compleja dependencia del clima, del suelo y de las decisiones humanas. En un territorio relativamente pequeño coexisten sistemas productivos que van desde plantaciones de exportación altamente tecnificadas hasta parcelas minifundistas de subsistencia. Esa dualidad se expresa con especial claridad en los principales cultivos del país, que no solo sostienen la seguridad alimentaria interna, sino que también moldean la balanza comercial, el uso del agua y la estructura social rural. Entender qué se produce, cómo y dónde, permite leer la economía dominicana a través de la lente de sus campos.
El primer protagonista, por volumen y por carga simbólica, es el arroz. En ningún otro cultivo se condensa de forma tan nítida la tensión entre productividad y vulnerabilidad. Concentrado en el Cibao, el Nordeste y el Bajo Yuna, el arroz depende de sistemas de riego intensivos que consumen una fracción considerable del recurso hídrico agrícola del país. La combinación de variedades mejoradas, fertilización nitrogenada y manejo mecanizado ha elevado los rendimientos hasta niveles competitivos en el Caribe, pero al costo de una alta intensidad de insumos y una marcada sensibilidad a la variabilidad climática. Un retraso en las lluvias o una crecida inesperada de los ríos puede comprometer en semanas lo que tomó meses planificar.
Esta centralidad del arroz se entrelaza con la expansión de la caña de azúcar, cultivo histórico que redefinió paisajes y relaciones laborales desde el siglo XIX. Aunque la superficie cañera ha disminuido frente a su apogeo, sigue siendo un eje de la agroindustria dominicana. Grandes ingenios controlan extensas áreas en el Este y el Sur, integrando producción primaria, molienda y refinación. La caña, tolerante a suelos marginales y períodos de sequía moderada, se ha sostenido en un contexto de precios internacionales volátiles gracias a acuerdos preferenciales y a la diversificación hacia etanol y subproductos energéticos. Sin embargo, su modelo de plantación extensiva plantea interrogantes sobre la competencia por tierra con otros cultivos alimentarios y sobre el acceso de pequeños productores a las mejores tierras.
Frente a estos sistemas de gran escala, el plátano y el banano ocupan un espacio híbrido: son al mismo tiempo alimentos básicos y productos de exportación. En la dieta dominicana, el plátano es una fuente esencial de carbohidratos y energía, con una presencia cotidiana que trasciende estratos sociales. Su cultivo se distribuye en buena parte del territorio, desde el Noroeste hasta la región Sur, aprovechando su relativa tolerancia a condiciones diversas. El banano, por su parte, se ha especializado en nichos de alta calidad, incluyendo producciones orgánicas y de comercio justo orientadas a mercados europeos. Esta diferenciación ha impulsado mejoras en el manejo fitosanitario, el control de la Sigatoka negra y la gestión poscosecha, aunque también ha aumentado la dependencia de certificaciones externas que condicionan el acceso al mercado.
En paralelo, el café narra una historia distinta, asociada a las zonas montañosas de la Cordillera Central y la Sierra de Bahoruco. Cultivado a menudo bajo sombra, en sistemas agroforestales que combinan árboles nativos, frutales y maderables, el café aporta servicios ecosistémicos de alto valor: conservación de suelos, regulación hídrica y hábitat para la biodiversidad. Sin embargo, la productividad media sigue siendo baja, afectada por el envejecimiento de las plantaciones, el limitado acceso a material genético mejorado y el impacto de enfermedades como la roya. La migración rural y el envejecimiento de los caficultores añaden una dimensión social al problema: sin relevo generacional, el café corre el riesgo de perder peso justo cuando los mercados valoran más la calidad, el origen y la sostenibilidad.
Algo similar, aunque con matices propios, ocurre con el cacao, otro cultivo de ladera que ha ganado prestigio internacional. La República Dominicana se ha posicionado como uno de los principales exportadores de cacao orgánico y de alto contenido aromático, aprovechando sistemas agroforestales que, como en el café, integran producción y conservación. La demanda de chocolates finos y de origen único ha permitido capturar mejores precios, pero también ha expuesto a los productores a estándares cada vez más estrictos de trazabilidad y control de residuos. Aquí, la fermentación y el secado se vuelven etapas críticas: pequeñas variaciones en tiempo, temperatura o humedad pueden transformar un cacao promedio en uno excepcional, o a la inversa, devaluar una cosecha completa.
Si se desciende nuevamente a los valles, emergen los cultivos hortícolas, que articulan la relación entre zonas rurales y centros urbanos. Tomate, cebolla, ajíes, lechuga y otras hortalizas abastecen principalmente el mercado interno, aunque algunos rubros participan en cadenas de exportación a islas vecinas y a comunidades migrantes en Estados Unidos. La horticultura dominicana se caracteriza por una notable heterogeneidad tecnológica: conviven invernaderos de alta tecnificación, con riego por goteo y control de clima rudimentario, con parcelas a cielo abierto dependientes de las lluvias. Esta diversidad genera oportunidades, pero también brechas de productividad y de calidad que afectan la competitividad frente a importaciones en épocas de escasez local.
A esta matriz se suma el papel emergente de la fruticultura, que ha dejado de ser un complemento marginal para convertirse en un componente estratégico. Mango, piña, aguacate, papaya y cítricos han encontrado nichos en mercados internacionales donde el factor estacional y la proximidad geográfica juegan a favor. El aguacate, en particular, se ha consolidado como un cultivo con alto potencial de valor agregado, impulsado por la demanda global de grasas saludables. Sin embargo, la expansión frutícola enfrenta desafíos de ordenamiento territorial: plantaciones en zonas inadecuadas pueden intensificar la presión sobre fuentes de agua y ecosistemas frágiles, en especial cuando se recurre a monocultivos extensivos con bajo diversidad genética.
La ganadería y los forrajes completan el mosaico productivo, aunque a menudo queden fuera de los listados de cultivos principales. Pastos mejorados, caña forrajera y leguminosas se integran en sistemas mixtos donde la frontera entre agricultura y pecuaria es difusa. En la medida en que la demanda de carne y leche aumenta, estos sistemas presionan sobre tierras que podrían destinarse a cultivos alimentarios, pero también ofrecen la posibilidad de rotaciones que mejoren la fertilidad del suelo y la ciclagem de nutrientes. La clave reside en el diseño de esquemas de manejo que eviten la degradación de pastizales y la compactación de suelos, frecuentes cuando la carga animal supera la capacidad de recuperación de la vegetación.
En este entramado de cultivos, el cambio climático actúa como un factor de perturbación transversal. La República Dominicana se encuentra en una región altamente expuesta a huracanes, sequías recurrentes y variaciones en los patrones de lluvia. El arroz sufre cuando los embalses no se llenan; el banano y el plátano pierden plantaciones enteras por vientos extremos; el café y el cacao ven alterados sus ciclos fenológicos por incrementos de temperatura en zonas de altura. La adaptación ya no es una opción futura, sino una necesidad presente: implica ajustar calendarios de siembra, introducir variedades más tolerantes, rediseñar sistemas de riego y fortalecer los mecanismos de aseguramiento agrícola para amortiguar pérdidas.
La dimensión tecnológica, sin embargo, no basta si no se acompaña de transformaciones institucionales. Los principales cultivos dominicanos están atravesados por la estructura de tenencia de la tierra, el acceso al crédito rural, la calidad de los servicios de extensión y la capacidad de organización de los productores. Los grandes ingenios azucareros o los emporios arroceros no enfrentan las mismas restricciones que un pequeño caficultor de montaña o un horticultor periurbano. Esta asimetría condiciona qué innovaciones se adoptan, a qué ritmo y con qué resultados. El futuro de la agricultura dominicana dependerá, en buena medida, de la capacidad de reducir esas brechas sin sacrificar eficiencia productiva.
Así, los principales cultivos de la República Dominicana forman un sistema interdependiente, donde cada rubro responde a una combinación específica de clima, suelo, historia y poder económico. No se trata solo de una lista de productos, sino de una red de decisiones que asignan agua a un arrozal y no a una huerta, que destinan una ladera al cacao y no al bosque, que privilegian la caña para etanol o el maíz para alimento animal. En esa red se juega no solo el abastecimiento de alimentos y divisas, sino también la resiliencia ecológica y la cohesión social de un país que, como muchos otros, se ve obligado a replantear su modelo agrícola frente a los límites biofísicos del planeta.
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