Principales cultivos producidos en Myanmar

Artículo - Principales cultivos producidos en Myanmar

La primera imagen agrícola de Myanmar suele ser la de arrozales inundados que reflejan un cielo monzónico. No es una casualidad estética: el arroz es el eje gravitacional del sistema agrario del país, tanto por superficie como por función social. Más de la mitad del área cultivada se dedica a este cereal, que estructura el paisaje, el calendario de trabajo y la seguridad alimentaria. La combinación de llanuras aluviales en el delta del Irrawaddy, abundancia de agua durante el monzón y mano de obra rural ha permitido que Myanmar figure de forma recurrente entre los grandes productores mundiales de arroz, aunque no siempre entre los grandes exportadores. Esa paradoja —producir mucho pero capturar poco valor— recorre también el resto de sus cultivos principales.

El arroz se cultiva bajo sistemas muy diversos, desde el arroz de tierras bajas irrigadas de alta productividad hasta el arroz de secano en laderas, mucho más vulnerable a la variabilidad climática. Las variedades tradicionales de Oryza sativa dominan aún amplias zonas, con ciclos relativamente largos y rendimientos moderados, pero con una notable adaptación a suelos salinos, inundaciones prolongadas o periodos de anegamiento intermitente. La modernización ha introducido variedades de ciclo corto y mayor respuesta a fertilizantes, aunque la adopción es desigual y se ve limitada por el acceso irregular a insumos, crédito y extensión agraria. Esta dualidad tecnológica crea un mosaico de sistemas productivos donde la intensificación convive con prácticas de baja externalidad, pero también con una creciente presión sobre los recursos hídricos.

Esa presión se hace evidente cuando se observa el segundo pilar del sistema: las leguminosas de grano. Myanmar es uno de los mayores productores y exportadores de pulses en Asia, especialmente de frijoles mungo (Vigna radiata), frijoles urd (Vigna mungo), guisantes de paloma (Cajanus cajan) y diversas variedades de garbanzo (Cicer arietinum). Estos cultivos ocupan un lugar estratégico, no solo por su valor de exportación hacia India, China o Europa, sino por su función agroecológica. Al fijar nitrógeno atmosférico mediante simbiosis con rizobios, reducen la dependencia de fertilizantes sintéticos y mejoran la fertilidad de los suelos, algo crucial en rotaciones con arroz o con cereales de secano en las zonas más áridas del centro del país. Sin embargo, la creciente orientación exportadora ha favorecido monocultivos de pulses en determinadas regiones, con riesgos de agotamiento de micronutrientes y mayor incidencia de plagas especializadas.

La lógica de mercado que impulsa esta expansión de leguminosas exportables se entrelaza con la de otros cultivos comerciales, y uno de los más emblemáticos es el sésamo (Sesamum indicum). Myanmar figura entre los principales productores mundiales de esta oleaginosa, gracias en parte a su adaptación a ambientes semiáridos y su relativa tolerancia a suelos pobres. El sésamo se concentra en la Dry Zone central, donde la lluvia es escasa y errática, y donde pocos cultivos ofrecen un rendimiento económico comparable bajo tales condiciones. Su aceite, rico en antioxidantes y con alta estabilidad oxidativa, encuentra salida en mercados regionales y en la industria alimentaria. No obstante, la producción sigue siendo en gran medida de baja tecnología: escasa mecanización, semillas heterogéneas y prácticas de manejo que dependen de la experiencia campesina más que de paquetes tecnológicos estandarizados. Esta situación limita la productividad media, pero también confiere cierta resiliencia frente a shocks de precios o insumos.

En un registro similar de cultivos oleaginosos aparece el maní o cacahuete (Arachis hypogaea), que ocupa una superficie considerable y se ha convertido en una pieza clave del sistema de secano. Sus raíces profundas y su capacidad de fijar nitrógeno le permiten prosperar en suelos relativamente degradados, mientras que su doble destino —consumo directo y extracción de aceite— le otorga flexibilidad comercial. El aceite de maní ha sido tradicionalmente importante en la dieta local, aunque enfrenta competencia creciente de aceites más baratos importados o producidos internamente, como el de palma. La intensificación de este cultivo, con mayores densidades de siembra y uso de fertilización fosfatada, ha mejorado los rendimientos, pero también ha incrementado la vulnerabilidad a enfermedades fúngicas y a la variabilidad de lluvias, sobre todo en ausencia de riego suplementario.

Si se desplaza la mirada hacia el norte y las zonas de mayor altitud, emergen otros protagonistas: el maíz (Zea mays) y el trigo (Triticum aestivum). El maíz ha experimentado una expansión rápida, impulsado por la demanda de la industria de piensos para una ganadería en crecimiento y por el interés de empresas transnacionales en integrarlo a cadenas de suministro regionales. En muchas áreas, el maíz reemplaza sistemas tradicionales de agricultura itinerante y roza y quema, lo que modifica de manera profunda los ciclos de carbono y la biodiversidad local. El trigo, en cambio, mantiene una presencia más discreta, condicionado por la competencia del arroz en las llanuras y por la limitada tolerancia al calor de muchas variedades. Aun así, representa una reserva estratégica de diversificación alimentaria, especialmente en zonas donde el cambio climático amenaza la estabilidad de los calendarios de riego para el arroz.

En el sur y en áreas costeras, el paisaje agrícola cambia de textura y color con las plantaciones de palma de aceite (Elaeis guineensis), caucho (Hevea brasiliensis) y coco (Cocos nucifera). Aunque el caucho y la palma no se consumen directamente como alimentos, su expansión tiene implicaciones directas sobre la disponibilidad de tierras para cultivos básicos y sobre la configuración socioeconómica del mundo rural. La palma de aceite, en particular, se ha promovido como cultivo de alto rendimiento energético por hectárea, pero su establecimiento suele conllevar la conversión de bosques secundarios o sistemas agroforestales complejos. Esta sustitución reduce la diversidad de cultivos alimentarios y aumenta la dependencia de los ingresos monetarios para adquirir alimentos, lo que puede debilitar la seguridad alimentaria de comunidades que antes combinaban producción para el autoconsumo con pequeñas ventas locales.

Algo similar ocurre con el auge de los cultivos frutales orientados al mercado chino, como el mango, el plátano y la sandía. En regiones fronterizas, la reconversión de arrozales o cultivos mixtos hacia fruta de exportación ha generado ingresos significativos, pero también una intensificación del uso de pesticidas y fertilizantes. La fragilidad de estos sistemas, altamente especializados y dependientes de un solo mercado, se hace evidente cuando se cierran fronteras o cambian regulaciones fitosanitarias. La agricultura de Myanmar, históricamente diversa y policultural, se ve así arrastrada hacia una mayor especialización, con beneficios concentrados y riesgos distribuidos de manera desigual entre productores, intermediarios y consumidores.

Mientras tanto, en los márgenes ecológicos y sociales, persisten cultivos menos visibles en las estadísticas, pero cruciales para los medios de vida rurales: el mijo, el sorgo, la yuca y una amplia gama de hortalizas de ciclo corto. Estos cultivos de “baja jerarquía” en términos de valor de exportación son, sin embargo, fundamentales para amortiguar las oscilaciones del clima y del mercado. El mijo y el sorgo resisten mejor las sequías prolongadas; la yuca soporta suelos pobres y periodos de abandono; las hortalizas aportan micronutrientes esenciales en dietas dominadas por el arroz. Su mantenimiento en las rotaciones y en huertos familiares actúa como un seguro biológico frente a la homogeneización productiva.

El entramado de cultivos principales de Myanmar no puede entenderse sin considerar el papel de las infraestructuras de riego y de los regímenes de tenencia de la tierra. Allí donde existen canales y presas funcionales, el arroz irrigado domina, relegando a pulses y oleaginosas a papeles secundarios o a rotaciones cortas. En las zonas de secano, en cambio, la combinación de sésamo, maní, pulses y cereales menores responde a una lógica de gestión del riesgo hídrico más que a la maximización del rendimiento de un solo cultivo. Los derechos de uso, a menudo precarios o poco documentados, influyen en la disposición de los agricultores a invertir en perennes como el caucho o la palma, o en infraestructuras de conservación de suelos, lo que a su vez condiciona qué cultivos se consolidan como predominantes.

En este contexto, el cambio climático funciona como un acelerador de tensiones ya existentes. El desfase del monzón, las lluvias más erráticas y las olas de calor comprometen la estabilidad del arroz de tierras bajas y del maíz de secano, mientras que amplían parcialmente la ventana de oportunidad para ciertos pulses adaptados a estrés hídrico. La respuesta agronómica más prometedora no reside en sustituir un cultivo por otro, sino en rediseñar sistemas de cultivo diversificados, con rotaciones que integren arroz, leguminosas, oleaginosas y cultivos menores de forma complementaria. La investigación en variedades tolerantes a inundaciones repentinas, salinidad y altas temperaturas —tanto en arroz como en pulses y oleaginosas— será determinante para sostener la productividad sin agravar la degradación de suelos y aguas.

Lo que emerge de este panorama no es una lista estática de productos, sino una constelación dinámica de cultivos principales que se reorganizan bajo la influencia combinada de la ecología, la economía y la política. El arroz seguirá siendo el centro gravitacional del sistema, pero su estabilidad dependerá cada vez más del papel silencioso de las leguminosas, de las oleaginosas de secano y de los cultivos menores que amortiguan las crisis. Comprender los principales cultivos producidos en Myanmar implica, por tanto, verlos no como entidades aisladas, sino como nodos de una red agroecológica y socioeconómica que, al igual que un ecosistema complejo, solo se mantiene funcional mientras conserve diversidad, flexibilidad y capacidad de adaptación.

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