Principales cultivos producidos en Marruecos

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En el paisaje agrícola de Marruecos convergen el Atlántico, el Mediterráneo y el Sahara, y de esa conjunción nace una diversidad de cultivos que desmiente la imagen de un país dominado por el desierto. La agricultura no es solo un sector económico; es una arquitectura biofísica que organiza el territorio, fija población rural y modula los flujos de agua y nutrientes. Entender los principales cultivos marroquíes implica mirar simultáneamente el clima, la historia de domesticación de las plantas y las estrategias políticas que han intentado reconciliar productividad con fragilidad ecológica.

El eje de esa arquitectura sigue siendo el trigo, sobre todo el trigo blando (Triticum aestivum) y el trigo duro (Triticum durum). En las llanuras atlánticas y en las mesetas interiores, el trigo se adapta a un régimen de lluvias invernales irregulares, con veranos secos que favorecen la maduración del grano y reducen la presión de enfermedades fúngicas. Sin embargo, esta aparente compatibilidad climática oculta una vulnerabilidad: el trigo es intensivo en agua durante el encañado y el llenado de grano, y depende de una pluviometría cada vez más errática. La elección de variedades mejoradas de ciclo corto y mayor eficiencia en el uso del agua se ha convertido en una forma de seguro climático, pero también en un filtro que desplaza variedades locales más resilientes a largo plazo.

El otro pilar de los cereales marroquíes es la cebada (Hordeum vulgare), cuya importancia trasciende su menor valor comercial. La cebada coloniza las zonas semiáridas y montañosas donde el trigo fracasa con frecuencia; su tolerancia al estrés hídrico y al frío la convierte en un cultivo de frontera ecológica. Allí donde las precipitaciones apenas permiten un ciclo vegetativo completo, la cebada sostiene la alimentación animal y, en menor medida, la humana. Esta dualidad, grano para el ganado y grano para la subsistencia, revela cómo la seguridad alimentaria se construye tanto en los mercados urbanos como en los márgenes rurales que casi nunca aparecen en las estadísticas de exportación.

Entre los cultivos anuales, los leguminosas de grano ocupan un lugar estratégico que va más allá de su peso económico. Garbanzos, lentejas y habas fijan nitrógeno atmosférico mediante simbiosis con rizobios, reduciendo la dependencia de fertilizantes sintéticos y mejorando la fertilidad de suelos pobres en materia orgánica. En los sistemas tradicionales de rotación cereal-leguminosa, estas especies actúan como una bisagra ecológica: rompen ciclos de patógenos, diversifican la dieta y estabilizan ingresos frente a la volatilidad de los precios del trigo. Sin embargo, la expansión de monocultivos orientados a la exportación y el uso masivo de fertilizantes nitrogenados han erosionado su presencia en algunas regiones, debilitando un mecanismo de autorregulación que la agronomía moderna empieza a revalorizar.

Donde la agricultura marroquí se proyecta con más fuerza hacia los mercados internacionales es en los cítricos, especialmente naranjas y mandarinas. A lo largo de los valles del Muluya, del Souss y de otras zonas irrigadas, los naranjales forman una matriz verde que depende de complejas infraestructuras de riego y de una gestión precisa del balance hídrico. El clima mediterráneo, con inviernos suaves y veranos calurosos, favorece una alta concentración de azúcares y una calidad organoléptica apreciada en Europa y Oriente Medio. Pero esta misma ventaja competitiva se apoya en acuíferos sobreexplotados y en sistemas de riego a presión que compiten con otros usos del agua. La expansión de la microaspersión y el goteo ha mejorado la eficiencia, aunque no siempre ha reducido el consumo total: al incrementar la rentabilidad por hectárea, incentiva la plantación de nuevas superficies, un ejemplo clásico de efecto rebote en la gestión de recursos.

La misma lógica se observa en el cultivo de tomate, emblema de la horticultura marroquí. En las zonas costeras y en los invernaderos del valle del Souss, el tomate se ha convertido en una fábrica biológica que transforma agua, fertilizantes y energía en un flujo continuo de frutos destinados a la exportación invernal. La combinación de variedades híbridas, fertirrigación y control integrado de plagas ha elevado rendimientos y calidad, pero también ha incrementado la dependencia de insumos externos y de mano de obra intensiva. Este modelo hortícola, altamente tecnificado, contrasta con las huertas familiares de regadío tradicional, donde el tomate comparte espacio con pimientos, calabacines y otras hortalizas, configurando mosaicos agroecológicos mucho más diversos.

Si se desciende desde las llanuras hacia los valles y oasis presaharianos, aparece con fuerza un cultivo que encarna la relación milenaria entre agua y vida: la palmera datilera (Phoenix dactylifera). Los oasis de Tafilalet, Drâa y Ziz son sistemas agroforestales estratificados donde las palmeras forman el estrato superior, protegiendo del sol a frutales y hortalizas que crecen en niveles inferiores. Este diseño vertical optimiza la captación de luz y reduce la evaporación, una estrategia refinada durante siglos en entornos de escasez extrema. Los dátiles de alta calidad, como los de la variedad Medjool, han ganado peso en los mercados internacionales, pero la salinización de suelos, el descenso de los caudales y la presión de plagas como el picudo rojo ponen a prueba la resiliencia de estos agroecosistemas.

Más al norte, en las zonas de clima mediterráneo húmedo, el olivo (Olea europaea) domina el paisaje. El olivar marroquí combina plantaciones intensivas, orientadas a la producción de aceite de oliva para exportación, con olivares tradicionales de baja densidad que cumplen funciones múltiples: producción de aceite y aceituna de mesa, protección del suelo frente a la erosión y almacenamiento de carbono. El olivo, con su extraordinaria resistencia a la sequía, se presenta a menudo como cultivo “adaptado al cambio climático”, pero esa etiqueta simplifica una realidad compleja. Las plantaciones superintensivas, aunque eficientes en litros de aceite por hectárea, requieren aportes significativos de agua y nutrientes; cuando se implantan en zonas marginales sin una evaluación rigurosa de la capacidad hídrica, pueden agravar la degradación de suelos y la competencia por el agua con otros usos agrícolas y urbanos.

En la encrucijada entre tradición y modernización se sitúa el argán (Argania spinosa), endémico del suroeste marroquí. Sus bosques, declarados Reserva de la Biosfera, producen un aceite de alto valor añadido que ha despertado interés global por sus usos cosméticos y alimentarios. El argán, sin embargo, es mucho más que una fuente de aceite: sus sistemas agro-silvo-pastorales integran pastoreo, recolección y cultivos de subsistencia bajo un régimen de uso comunal complejo. La creciente demanda internacional ha impulsado la intensificación y la plantación de argán en sistemas más controlados, con el riesgo de desarticular los equilibrios sociales y ecológicos que han permitido la persistencia de esta especie en paisajes semiáridos frágiles.

En paralelo, la caña de azúcar y la remolacha azucarera han desempeñado un papel relevante en determinadas llanuras irrigadas, articulando cadenas agroindustriales ligadas a la producción de azúcar. Estos cultivos, altamente demandantes de agua y nutrientes, ilustran la tensión entre la búsqueda de autosuficiencia en productos estratégicos y los límites biofísicos de los ecosistemas. A diferencia del olivo o del argán, no ofrecen beneficios colaterales significativos en términos de biodiversidad o protección del suelo; su justificación se sitúa casi exclusivamente en el plano económico y de balanza comercial, lo que los hace especialmente sensibles a cambios en precios internacionales y políticas de subsidios.

En los últimos años, la expansión de cultivos de frutos rojos —fresa, frambuesa, arándano— en las zonas atlánticas ha añadido una nueva capa a este mosaico. Estos sistemas intensivos, basados en sustratos, riego por goteo y alta tecnología de poscosecha, responden a una demanda europea de frutas fuera de temporada. Ofrecen ingresos elevados y empleo, pero también presionan acuíferos costeros ya sobreexplotados y generan flujos de residuos plásticos y orgánicos que requieren una gestión sofisticada. La especialización regional en frutos rojos ilustra cómo la agricultura marroquí se integra en cadenas globales que imponen calendarios, estándares y riesgos que trascienden las fronteras nacionales.

Este conjunto de cultivos —cereales, leguminosas, frutales mediterráneos, oasis datileros, argán, hortalizas y frutos rojos— no forma una lista estática, sino un sistema dinámico sometido a fuerzas contrapuestas. Por un lado, la lógica de la intensificación y la exportación, apoyada en tecnologías de riego, genética vegetal y agroquímicos; por otro, la persistencia de sistemas tradicionales que, con menos insumos, sostienen funciones ecológicas clave y una diversidad genética que podría ser decisiva en un clima más cálido y variable. El futuro de la agricultura marroquí dependerá de cómo se reequilibren estas fuerzas: si los principales cultivos se gestionan como meras mercancías o como componentes de un entramado ecológico y social cuya estabilidad, al final, condiciona la posibilidad misma de seguir cultivando.

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