La vasta estepa de Kazajistán, que se extiende desde las estribaciones del Tien Shan hasta la frontera con Siberia, es algo más que un espacio vacío en el mapa euroasiático. Es un laboratorio a cielo abierto donde se ponen a prueba los límites de la agricultura continental: inviernos que descienden por debajo de los –30 °C, veranos secos, suelos negros y castaños de notable fertilidad y un régimen hídrico marcado por la irregularidad. En ese mosaico climático y edáfico, el país ha construido una de las agriculturas de secano más extensas del planeta, organizada en torno a unos pocos cultivos dominantes que, sin embargo, concentran debates cruciales sobre seguridad alimentaria, sostenibilidad y geopolítica.
El primero de ellos, por volumen y por historia, es el trigo de primavera. Durante la época soviética, la llamada “Campaña de las Tierras Vírgenes” convirtió millones de hectáreas de estepa kazaja en campos de cereal. Esa transformación masiva, impulsada por la mecanización y el uso intensivo de insumos, situó al país como uno de los principales productores de trigo del mundo. Hoy, Kazajistán sigue siendo un exportador estructural de trigo duro y semiduro, muy apreciado en los mercados regionales por su elevado contenido proteico y su buena fuerza panadera. La elección de variedades adaptadas a un ciclo corto y a heladas tardías, junto con prácticas de siembra directa crecientes, intenta reconciliar productividad con conservación del suelo.
Sin embargo, el trigo no es solo una cuestión de rendimiento. En las estepas del norte, donde domina el chernozem y la precipitación anual apenas supera los 300–350 mm, cada decisión agronómica es una negociación con el agua. El uso de barbechos prolongados, históricamente empleado para acumular humedad en el perfil, ha sido progresivamente sustituido por rotaciones con cultivos menos exigentes y por técnicas de agricultura de conservación. La implantación de coberturas vegetales, la reducción del laboreo y el manejo preciso de la fertilización nitrogenada buscan frenar la erosión eólica, que en décadas pasadas degradó vastas áreas. Así, el trigo se ha convertido en el eje de un sistema que se reconfigura frente a la variabilidad climática y la presión sobre los recursos.
En paralelo al trigo, el cultivo de cebada ocupa un lugar estratégico en la estructura productiva kazaja. Menos exigente en nutrientes y más tolerante a la sequía y al frío, la cebada de primavera permite estabilizar la producción de grano en años adversos. Una parte relevante se destina a pienso para el creciente sector ganadero, mientras que las fracciones de mayor calidad se orientan a la industria cervecera regional. Esta doble función, alimentaria y forrajera, otorga a la cebada un papel de amortiguador: cuando el trigo sufre por estrés térmico o hídrico, la cebada suele responder con mayor resiliencia, contribuyendo a la seguridad alimentaria nacional y a la estabilidad de las exportaciones.
La lógica de diversificación se extiende también a otros cereales de secano, como la avena y el centeno, aunque en superficies mucho menores. Su relevancia no reside tanto en el volumen como en su contribución a las rotaciones y al manejo fitosanitario. En sistemas extensivos, donde las distancias y los costos logísticos limitan la aplicación intensiva de agroquímicos, la diversidad de especies se convierte en una herramienta biológica para reducir la presión de malezas y enfermedades. Kazajistán, con su herencia de agricultura planificada, ha tenido que reaprender la importancia de la heterogeneidad agronómica en un contexto de mercados abiertos y precios volátiles.
El cuadro cambia radicalmente al descender hacia el sur y el sureste del país, donde la presencia de ríos como el Syr Daria y sistemas de canales permite el desarrollo de agricultura de regadío. Allí, el protagonista histórico ha sido el algodón (Gossypium hirsutum), concentrado en las regiones de Turkestán y Kyzylorda. Durante décadas, el algodón fue un cultivo estratégico para la industria textil soviética, y su huella hídrica se dejó sentir en la cuenca del mar de Aral. Hoy, aunque su superficie ha disminuido y la eficiencia de riego ha mejorado, el algodón sigue siendo un cultivo de alto valor económico y un símbolo de los dilemas que plantea el uso intensivo de agua en climas áridos. La transición hacia riego por goteo y la selección de variedades de ciclo más corto buscan reducir consumos, pero la competencia por el recurso hídrico con otros usos agrícolas y urbanos se intensifica.
En esos mismos oasis agrícolas del sur, el arroz ocupa un lugar singular. En Kyzylorda, los arrozales se extienden como espejos de agua en una geografía dominada por la aridez. El arroz de inundación, dependiente de un suministro controlado del Syr Daria, ha sido una fuente importante de empleo rural y de abastecimiento regional. Sin embargo, su elevado consumo de agua y los problemas de salinización secundaria de suelos y drenajes lo colocan bajo el escrutinio de quienes abogan por una agricultura más eficiente en el uso del agua. Experimentos con sistemas de riego intermitente y con variedades más tolerantes a la salinidad intentan compatibilizar la permanencia del cultivo con la sostenibilidad hidrológica de la cuenca.
Más allá de los cereales y fibras, Kazajistán ha impulsado una notable expansión de cultivos oleaginosos, en particular girasol, colza (canola) y, en menor medida, soja. Esta transformación responde tanto a la demanda global de aceites vegetales como a la necesidad interna de diversificar ingresos frente a la dependencia del trigo. En el norte y noreste, el girasol se integra en rotaciones con trigo y cebada, contribuyendo a romper ciclos de enfermedades específicas de gramíneas y a mejorar la estructura del suelo gracias a su potente sistema radicular. La colza, por su parte, se ha beneficiado de programas de mejora que han elevado su tolerancia al frío, permitiendo su cultivo en regiones tradicionalmente cerealistas y abriendo la puerta al desarrollo de cadenas de biodiésel y piensos proteicos.
La introducción y expansión de la soja en el sudeste, especialmente en zonas con acceso a riego, representa un cambio cualitativo en la matriz proteica del país. Aunque la superficie aún es moderada, la soja ofrece una combinación de alto contenido en proteína, fijación biológica de nitrógeno y versatilidad industrial que la convierte en un cultivo estratégico. Su presencia en las rotaciones reduce la dependencia de fertilizantes nitrogenados sintéticos y mejora el balance de carbono del sistema, un aspecto cada vez más relevante en un país que también es gran exportador de combustibles fósiles. La articulación entre producción de oleaginosas y desarrollo de la industria de trituración (crushing) será decisiva para capturar mayor valor añadido dentro de las fronteras kazajas.
Los cultivos forrajeros ocupan otro capítulo fundamental, inseparable del renacimiento ganadero del país. La alfalfa y otras leguminosas forrajeras se cultivan tanto en secano como en regadío, proporcionando heno de alta calidad para bovinos y ovinos. Su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico y de generar una cobertura densa las convierte en aliadas de la fertilidad del suelo y de la lucha contra la erosión. En un territorio donde la ganadería extensiva sigue siendo un pilar cultural y económico, la interacción entre pastizales naturales y forrajes cultivados define la resiliencia de los sistemas mixtos agricultura-ganadería frente a sequías recurrentes.
En las regiones montañosas y valles del sureste, la agricultura adopta un rostro distinto, dominado por cultivos hortícolas y frutales. Manzanos, albaricoqueros y viñedos conviven con hortalizas como tomate, cebolla, zanahoria y pepino, muchas veces en explotaciones de menor escala y con un componente familiar más acusado. Estos cultivos, aunque menos visibles en las estadísticas de exportación que el trigo o el algodón, son esenciales para la seguridad nutricional y la diversificación dietética de la población. Además, ofrecen oportunidades para desarrollar cadenas de valor basadas en productos frescos y transformados, capaces de abastecer tanto al mercado interno como a los países vecinos, siempre que se resuelvan los desafíos logísticos y de almacenamiento en frío.
Todo este entramado de cultivos se despliega bajo la sombra alargada del cambio climático. Los modelos climáticos proyectan para Kazajistán un aumento de temperaturas medias, mayor frecuencia de olas de calor y una distribución de precipitaciones aún más irregular. En este contexto, la elección de cultivos y variedades ya no puede basarse solo en rendimientos potenciales, sino en su capacidad para soportar estrés térmico, hídrico y salino. La mejora genética orientada a la tolerancia a la sequía, la expansión de la agricultura de conservación y la optimización del uso del agua en regadío serán determinantes para que los principales cultivos del país sigan sosteniendo tanto su economía agraria como su papel en los mercados regionales de alimentos y materias primas.
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