La geografía de Irán es una paradoja agrícola. Más de la mitad del territorio está dominado por desiertos y montañas áridas, pero en este mosaico de sequedad emergen oasis agrícolas que sostienen una de las agriculturas más antiguas y complejas del planeta. La clave está en la combinación de diversidad climática, desde las llanuras húmedas del Caspio hasta los valles irrigados del altiplano central, y en una tradición milenaria de gestión del agua que ha permitido domesticar paisajes aparentemente hostiles. Sobre este escenario se organizan los principales cultivos del país, no como piezas aisladas, sino como un sistema interdependiente donde cada especie vegetal responde a un gradiente específico de agua, temperatura, suelo y cultura.
El trigo, Triticum aestivum, ocupa el centro de ese sistema. No solo por superficie sembrada, sino por su papel como columna vertebral de la seguridad alimentaria iraní. La mayor parte de las zonas agrícolas de secano se destinan a trigo, especialmente en las provincias del oeste y noroeste, donde las precipitaciones invernales permiten completar el ciclo sin riego intensivo. La agricultura iraní sigue un patrón mediterráneo frío: siembras otoñales, crecimiento invernal lento y llenado de grano en primavera, antes de que el verano convierta los campos en superficies tostadas. Esta sincronía fenológica con el régimen de lluvias es la razón por la que el trigo resiste incluso en años de menor disponibilidad hídrica, aunque a costa de fuertes fluctuaciones en el rendimiento.
Junto al trigo, la cebada (Hordeum vulgare) actúa como cultivo de amortiguación frente a la variabilidad climática. Más tolerante a la salinidad y al estrés hídrico, ocupa zonas marginales donde el trigo se vuelve demasiado arriesgado. Se destina tanto a forraje como a grano, y cumple una función ecológica silenciosa: estabiliza suelos frágiles y reduce la erosión en laderas y piedemontes. Esta dualidad, alimento animal y protector del territorio, ilustra cómo los cultivos en Irán no solo se evalúan por su rendimiento económico inmediato, sino por su capacidad de sostener sistemas agroecológicos en equilibrio precario.
Si la franja cerealera representa la base calórica, los cultivos industriales articulan la economía agrícola con la industria alimentaria y textil. El algodón, Gossypium hirsutum, se concentra en regiones más cálidas y con acceso a riego, como partes del Juzestán y las llanuras del noreste. Requiere campañas largas, temperaturas elevadas y un manejo del agua preciso, lo que lo convierte en un cultivo sensible a la crisis hídrica actual. Aun así, su importancia persiste por el peso de la industria textil nacional. Una tensión constante atraviesa estos algodonales: la necesidad de mantener la producción frente a la presión creciente por reducir el consumo de agua, lo que impulsa la adopción de riego presurizado, variedades de ciclo más corto y prácticas de manejo integrado de plagas.
Más al norte, en la franja húmeda del mar Caspio, el arroz, Oryza sativa, configura un paisaje radicalmente distinto. Aquí la abundancia relativa de agua, los suelos pesados y un clima más templado permiten el desarrollo de arrozales que contrastan con el resto del país. Irán no es un gigante arrocero en términos globales, pero el arroz es un componente identitario de su dieta, lo que obliga a sostener su cultivo aun cuando los costos de producción y el consumo de agua por hectárea son elevados. La intensificación de estos sistemas se enfrenta a un dilema técnico: aumentar la productividad sin deteriorar la calidad del agua ni incrementar la emisión de metano asociada a los sistemas inundados tradicionales.
En el centro y sur del país, donde la lluvia es un recurso escaso y discontinuo, el protagonismo pasa a los frutales y cultivos perennes adaptados a la aridez controlada. El pistacho, Pistacia vera, es quizá el emblema más conocido. Originario de estas regiones, ha evolucionado para tolerar veranos extremos y suelos pobres, siempre que disponga de aportes de agua, aunque sean mínimos, en las fases críticas de floración y llenado de fruto. Los pistachares de Kermán y Yazd representan una forma de agricultura que convierte el estrés hídrico en ventaja competitiva: las condiciones duras favorecen la concentración de compuestos aromáticos y de aceites insaturados, lo que se traduce en alta calidad organoléptica y valor en mercados internacionales. Sin embargo, el descenso de los niveles freáticos y la salinización progresiva de los acuíferos ponen en cuestión la sostenibilidad de estas plantaciones a largo plazo.
En paralelo, la vid, Vitis vinifera, se extiende en forma de uva de mesa, pasa y mosto, configurando otro pilar frutal. Las variedades locales, adaptadas a climas continentales y a grandes amplitudes térmicas, permiten obtener frutos con alto contenido en azúcares y una notable diversidad de perfiles sensoriales. La producción de uva se integra con sistemas de secado al sol para elaborar pasas, una estrategia ancestral de valor agregado que reduce pérdidas poscosecha y estabiliza ingresos. Esta integración poscosecha es un rasgo recurrente en la agricultura iraní: el cultivo no se concibe solo como producción primaria, sino como el primer eslabón de cadenas de transformación sofisticadas, que incluyen desde secado y salado hasta destilación y fermentación controlada para usos no alcohólicos.
Todavía más singular es el papel del azafrán, Crocus sativus, concentrado en el noreste, especialmente en Jorasán. Este cultivo, basado en un bulbo que florece cuando la mayoría de los campos ya han sido cosechados, aprovecha un nicho temporal y espacial extraordinariamente específico. Su eficiencia hídrica es notable: demanda mucha mano de obra, pero poca agua, y convierte pequeñas parcelas en fuentes de altísimo valor económico por unidad de superficie. El azafrán ilustra una estrategia de intensificación basada no en el volumen, sino en la calidad extrema y en la concentración de metabolitos secundarios de alto valor, como la crocina y el safranal, que dependen de un manejo cuidadoso de la cosecha y del secado.
Los cultivos oleaginosos completan el mosaico. La colza, Brassica napus, se ha expandido como respuesta a la necesidad de reducir la dependencia de importaciones de aceite vegetal. Se integra bien en rotaciones con trigo, aportando beneficios agronómicos como la ruptura de ciclos de patógenos y la mejora de la estructura del suelo gracias a su sistema radicular profundo. En regiones más cálidas, el girasol, Helianthus annuus, y en menor medida el sésamo, Sesamum indicum, se benefician de su tolerancia relativa al calor y de su capacidad para producir biomasa y aceite bajo condiciones de estrés moderado. Sin embargo, todos ellos comparten una vulnerabilidad: dependen de una polinización eficiente y de un calendario hídrico estable, cada vez más difícil de garantizar bajo escenarios de cambio climático.
La horticultura intensiva, aunque menos visible en las estadísticas de superficie, desempeña un papel esencial en la nutrición urbana. Tomate, pepino, berenjena y pimiento se cultivan tanto a campo abierto como en invernaderos tecnificados, sobre todo en las cercanías de grandes ciudades. Estos sistemas permiten un control más fino de la temperatura y la humedad, y optimizan el uso del agua mediante riego localizado. No obstante, concentran riesgos: mayor dependencia de insumos externos, vulnerabilidad a fluctuaciones de precios energéticos y necesidad de una gestión rigurosa de plagas para evitar el colapso de la producción en ambientes cerrados.
Subyacente a todo este entramado está la cuestión del agua. El sistema tradicional de qanats, galerías subterráneas que captan y conducen agua de las montañas a los valles, permitió durante siglos una agricultura equilibrada con la recarga natural de los acuíferos. La expansión de bombeos mecánicos y la intensificación de cultivos de alto consumo hídrico han desajustado ese equilibrio. Hoy, la elección de los cultivos principales ya no puede evaluarse solo en términos de rendimiento o valor económico, sino en relación con su huella hídrica, su resiliencia a la variabilidad climática y su capacidad para integrarse en rotaciones y paisajes más diversos.
En este contexto, los principales cultivos producidos en Irán funcionan como un laboratorio a escala nacional donde se ensayan combinaciones de tradición y modernización. Desde los campos de trigo de secano hasta los pistachares y azafranales de regadío mínimo, cada sistema refleja una forma distinta de negociar con la escasez, de transformar limitaciones biofísicas en oportunidades productivas. La cuestión decisiva para las próximas décadas será si esta diversidad, que ha sido la fortaleza histórica de la agricultura iraní, puede mantenerse y reorganizarse bajo un régimen hídrico más estricto y un clima más errático, sin sacrificar ni la seguridad alimentaria interna ni la compleja red de cultivos de alto valor que han dado al país un lugar singular en la agricultura mundial.
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