Etiopía es un mosaico agrícola construido sobre altiplanos, valles y depresiones que condensan casi todos los climas del África tropical. Esta diversidad ecológica no es un mero telón de fondo: determina qué se siembra, cómo se maneja el suelo y qué productos sostienen a más de cien millones de personas. Lejos de ser un país de monocultivo, Etiopía organiza su seguridad alimentaria y su economía rural alrededor de un conjunto de cultivos principales que combinan especies autóctonas y foráneas, adaptadas durante siglos a gradientes de altitud que van desde menos de 500 hasta más de 3 000 metros sobre el nivel del mar. Comprender esa constelación de cultivos es entender también las tensiones entre tradición e innovación que atraviesan hoy a la agricultura etíope.
El ejemplo más emblemático de esa coevolución entre paisaje y alimento es el teff (Eragrostis tef). Este cereal minúsculo, casi invisible grano a grano, domina las mesetas de las tierras altas y es la base de la injera, el pan agrio que estructura la dieta cotidiana. Su aparente fragilidad engaña: el teff tolera suelos pobres, heladas ligeras y periodos cortos de sequía, y además se adapta a un rango amplio de altitudes. Esa plasticidad ecológica explica por qué, pese a rendimientos por hectárea inferiores a los de otros cereales, sigue ocupando una parte sustancial de la superficie cultivada. El reto actual es aumentar su productividad mediante variedades mejoradas y fertilización racional sin erosionar la diversidad genética local que le confiere resiliencia frente a plagas y variaciones climáticas.
A su lado, el maíz (Zea mays), introducido desde América, se ha convertido en uno de los pilares energéticos del país, sobre todo en las zonas de media altitud y en las regiones más húmedas del oeste. Su rápida expansión responde a una lógica agronómica clara: ofrece rendimientos elevados en condiciones favorables, responde bien a fertilizantes y se integra con facilidad en rotaciones con leguminosas. Sin embargo, esta aparente eficiencia es frágil. El maíz es muy sensible al estrés hídrico y a la variabilidad de las lluvias monzónicas, y su dependencia de insumos externos incrementa la vulnerabilidad económica de los pequeños productores. Allí donde el maíz desplaza a cultivos más tolerantes a la sequía, como el sorgo, se incrementa el riesgo de pérdidas catastróficas en años secos.
El trigo y la cebada, en cambio, ocupan un nicho agroecológico distinto, anclado en las altitudes más elevadas y en las estaciones más frescas. Etiopía es un centro de diversidad de trigo duro (Triticum durum), y los agricultores han seleccionado durante generaciones variedades adaptadas a suelos volcánicos y a ciclos de lluvia relativamente cortos. La cebada (Hordeum vulgare), por su parte, prospera donde pocos cultivos logran completar su ciclo, cerca del límite superior del cultivo permanente. Estos cereales no solo aportan pan y porridge; también sostienen cadenas de valor emergentes, como la producción de malta para la industria cervecera nacional. No obstante, sufre la presión de enfermedades como la roya del tallo, agravada por el cambio climático, y la creciente demanda urbana de harina de trigo está impulsando la expansión de variedades mejoradas que pueden desplazar materiales locales más diversos pero menos productivos.
Más abajo, cuando las altitudes descienden y las temperaturas aumentan, el sorgo (Sorghum bicolor) y el mijo se convierten en los guardianes de la seguridad alimentaria en entornos áridos. El sorgo, con su arquitectura robusta y su sistema radicular profundo, resiste mejor la sequía que el maíz y puede reanudar el crecimiento tras periodos de estrés hídrico severo. Además, su tallo sirve como forraje y combustible, integrándose en sistemas mixtos de cultivo y ganadería. El mijo perla (Pennisetum glaucum) y otros mijo menores, aunque menos visibles en las estadísticas nacionales, son cruciales en las zonas más marginales, donde las lluvias son erráticas y los suelos ligeros. Sin estos cereales de “seguro”, muchas comunidades rurales quedarían expuestas a una inseguridad alimentaria recurrente, especialmente cuando las campañas de promoción de cultivos más “modernos” reducen el espacio destinado a estas especies tradicionalmente subvaloradas.
La agricultura etíope no se define solo por sus cereales. Entre los cultivos de raíces y tubérculos, la yuca (Manihot esculenta), el boniato (Ipomoea batatas) y el ñame han ganado espacio, sobre todo en el suroeste húmedo. Más singular aún es el caso del ensete (Ensete ventricosum), conocido como “falso banano”, que constituye un pilar alimentario en las tierras altas del sur. A diferencia del banano comestible, el ensete se aprovecha por su pseudotallo y su cormo, que se fermentan para producir alimentos ricos en carbohidratos como el kocho. Este cultivo perenne actúa como un reservorio de biomasa y de alimento en tiempos de escasez, estabilizando la producción a lo largo de varios años y amortiguando los impactos de sequías y fallas de cosecha de cultivos anuales. Su manejo exige un conocimiento agronómico sofisticado, transmitido de forma intergeneracional, que ilustra hasta qué punto las estrategias campesinas de manejo del riesgo se apoyan en la biodiversidad cultivada.
Si se sigue descendiendo en altitud hacia las tierras cálidas de la Rift Valley y las laderas orientales, emerge otro protagonista, esta vez con impacto global: el café arábica (Coffea arabica). Etiopía es el centro de origen de esta especie y alberga una riqueza genética extraordinaria, tanto en sistemas forestales semi-silvestres como en plantaciones de sombra. Para millones de pequeños productores, el café es la principal fuente de ingreso monetario, y su cultivo se inserta en agroecosistemas complejos donde conviven árboles de sombra, cultivos alimentarios y ganado menor. Sin embargo, la dependencia de un mercado internacional volátil y la amenaza de enfermedades como la roya del café, agravadas por temperaturas crecientes, ponen a prueba la sostenibilidad de este sistema. La conservación in situ de variedades locales de café no es solo una cuestión de identidad cultural, sino un seguro biológico frente a futuros escenarios climáticos.
En otro extremo del espectro alimentario se encuentra el khat (Catha edulis), un cultivo estimulante masticado de forma habitual en el Cuerno de África y la península arábiga. En Etiopía, su expansión ha sido rápida en ciertas regiones debido a su alta rentabilidad por hectárea y a una demanda regional sostenida. Desde el punto de vista agronómico, el khat es resistente, perenne y relativamente poco exigente en términos de manejo, lo que lo convierte en una opción atractiva para agricultores con acceso limitado a insumos. Pero su éxito económico plantea interrogantes: desplaza cultivos alimentarios, consume agua en zonas donde el recurso es escaso y vincula la economía rural a un producto socialmente controvertido. La coexistencia entre khat y cultivos básicos se convierte así en un problema de planificación territorial y de política agraria más que de simple elección individual del agricultor.
Los leguminosas de grano completan el cuadro de los principales cultivos, aportando proteínas y fijación biológica de nitrógeno. El garbanzo (Cicer arietinum), la lenteja (Lens culinaris), el haba (Vicia faba) y el guisante (Pisum sativum) se integran en rotaciones con cereales, mejorando la fertilidad del suelo y diversificando la dieta. Su cultivo es especialmente importante para los hogares con poco acceso a proteína animal. Además, Etiopía se ha convertido en un exportador relevante de garbanzo y haba, lo que introduce una tensión clásica: las variedades orientadas al mercado internacional, seleccionadas por su uniformidad y calidad comercial, no siempre coinciden con las preferencias culinarias y agronómicas locales. Mantener un equilibrio entre rendimiento, diversidad genética y valor nutricional exige programas de mejoramiento participativo que incluyan a los agricultores como co-diseñadores de las nuevas variedades.
En las zonas de regadío, particularmente en la región de Afar y en algunos valles fluviales, se han desarrollado plantaciones de sésamo (Sesamum indicum), caña de azúcar (Saccharum officinarum) y hortalizas de alto valor. El sésamo ocupa un lugar especial entre los cultivos de exportación por su demanda en mercados asiáticos y de Oriente Medio, y su tolerancia relativa a la sequía lo hace adecuado para sistemas de producción extensivos. La caña de azúcar, en cambio, depende de grandes infraestructuras de riego y de esquemas de plantación a gran escala, con implicaciones sociales y ambientales profundas: concentración de tierras, cambios en el régimen hidrológico y desplazamiento de comunidades pastoriles. En estos espacios irrigados se manifiesta con claridad la tensión entre una agricultura de plantación orientada a divisas y la agricultura de subsistencia y mercado local que domina el resto del país.
Todos estos cultivos, desde el diminuto grano de teff hasta el robusto cormo del ensete, interactúan en un entramado de decisiones campesinas condicionadas por el clima, el mercado y las políticas públicas. La diversidad de especies y variedades no es un lujo etnográfico, sino la base de la resiliencia agroecológica en un país sometido a variaciones climáticas crecientes. A medida que la urbanización aumenta y las dietas cambian, se reconfiguran las jerarquías entre cultivos: algunos se intensifican y estandarizan, otros retroceden a nichos marginales o se revalorizan por su resistencia al estrés hídrico. La cuestión central no es solo qué cultivos se producen, sino cómo se distribuye el riesgo productivo entre ellos, qué conocimientos agronómicos se preservan y qué margen de maniobra conservan los agricultores para ajustar sus sistemas a un futuro climático y económico profundamente incierto.
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