Principales cultivos producidos en Costa Rica

Costa Rica, pese a su tamaño modesto, se ha convertido en un laboratorio a cielo abierto donde se cruzan la biodiversidad tropical, la historia agraria y las presiones de la economía global. En apenas unos kilómetros se pasa del calor húmedo del Caribe a la frescura de los valles intermontanos, y esa variación altitudinal sostiene una gama de sistemas de cultivo que va desde los monocultivos intensivos de exportación hasta pequeñas fincas diversificadas. La pregunta por los principales cultivos no es solo un inventario de productos; es una ventana a las tensiones entre productividad, conservación y justicia social en un territorio que ha decidido, de forma explícita, apostar por la sostenibilidad como identidad nacional.

Durante gran parte del siglo XX, la imagen agrícola de Costa Rica estuvo dominada por tres pilares: café, banano y ganadería. Cada uno dejó huellas distintas en el paisaje y en la estructura social. El café, cultivado en laderas frescas entre 800 y 1.600 metros de altitud, articuló un campesinado relativamente propietario y una economía de pequeños y medianos productores. El banano, en cambio, se expandió bajo el signo de las grandes compañías transnacionales en las llanuras húmedas del Caribe, con plantaciones extensas y una historia de conflictos laborales. Esa dualidad aún se percibe hoy, aunque el mapa de cultivos se ha complejizado con la irrupción de la piña, los cultivos hortícolas intensivos y las plantas ornamentales.

El café sigue siendo, pese a los vaivenes del mercado, un cultivo identitario. Coffea arabica, adaptada a los suelos volcánicos bien drenados del Valle Central y de regiones como Tarrazú y los Santos, se beneficia de un régimen de lluvias bien distribuido y de noches frescas que ralentizan la maduración del grano. Esa maduración lenta concentra azúcares y compuestos aromáticos, lo que permite a Costa Rica posicionarse en nichos de café de especialidad con alto valor agregado. Sin embargo, el aumento de temperaturas y la variabilidad de las lluvias han alterado los calendarios de floración y cosecha, mientras la roya del café presiona los márgenes de los productores más vulnerables. Para sostener el cultivo, se han impulsado variedades resistentes, sistemas de sombra diversificada y prácticas de manejo de suelos que aumentan la materia orgánica y la retención de agua.

En las tierras bajas y lluviosas del Caribe y del Pacífico Norte, otro protagonista domina el horizonte: el banano. Musa spp., cultivado principalmente en grandes extensiones, ilustra el modelo de agricultura industrial globalizada. La dependencia de un clon dominante, el tipo Cavendish, lo hace extremadamente vulnerable a enfermedades como la marchitez por Fusarium TR4, que avanza en otras regiones del mundo y mantiene en alerta a la región centroamericana. Para sostener rendimientos altos, el cultivo ha recurrido históricamente a paquetes tecnológicos intensivos en fertilizantes sintéticos, fungicidas y herbicidas, con impactos comprobados en suelos y cuerpos de agua. Ante la presión de los mercados europeos y de la normativa ambiental interna, se han ido adoptando prácticas de manejo integrado de plagas, barreras vivas, reciclaje de residuos de cosecha y certificaciones que exigen reducir la huella ecológica por caja exportada.

En las últimas décadas, la piña ha transformado silenciosamente el paisaje agrícola costarricense. Ananas comosus se ha expandido sobre todo en las llanuras del Caribe Norte y el Pacífico Norte, desplazando en algunos casos pasturas y cultivos tradicionales. El atractivo económico es claro: altos rendimientos por hectárea, demanda creciente en mercados internacionales y capacidad de producir casi todo el año en condiciones tropicales húmedas. Pero esa rentabilidad se ha acompañado de debates intensos sobre contaminación de aguas subterráneas, erosión de suelos y conflictos por uso de la tierra. El modelo dominante se basa en grandes extensiones, mecanización de las labores de preparación y cosecha, y un uso intensivo de agroquímicos para controlar malezas y nematodos. Frente a ello, comienzan a ganar espacio iniciativas de piña orgánica, rotaciones con cultivos de cobertura y corredores biológicos que intentan reconciliar productividad y conservación.

Si estos cultivos de exportación concentran la atención mediática, la seguridad alimentaria del país depende en gran medida de otros sistemas menos visibles. El arroz, por ejemplo, ocupa superficies importantes en las llanuras de Guanacaste y el Caribe, bajo condiciones tanto de riego como de secano. Adaptado a suelos pesados y periodos de inundación controlada, el arroz enfrenta el desafío de competir con importaciones más baratas, lo que ha impulsado procesos de intensificación tecnológica: variedades de ciclo corto, fertilización de precisión y manejo integrado de malezas para reducir la dependencia de herbicidas. Algo similar ocurre con el maíz y el frijol, cultivos básicos de la dieta mesoamericana, que se mantienen sobre todo en sistemas de pequeña escala, a menudo asociados en policultivos donde el maíz sirve de tutor y el frijol aporta fijación biológica de nitrógeno.

En las zonas altas, donde la temperatura desciende y la radiación solar sigue siendo intensa, prosperan los cultivos hortícolas de ciclo corto. La región de Cartago se ha consolidado como epicentro de horticultura intensiva, con papa, zanahoria, cebolla, repollo y otras hortalizas que abastecen el mercado interno. Estos sistemas, con alta densidad de plantas por hectárea y rotaciones rápidas, son especialmente sensibles a enfermedades foliares y de suelo, lo que ha favorecido el uso frecuente de fungicidas y nematicidas. No obstante, se observa una transición gradual hacia prácticas de agricultura protegida, uso de biocontroladores y técnicas de manejo de suelos que combinan abonos verdes, compost y barreras físicas para reducir la erosión en pendientes pronunciadas.

Junto a la horticultura se ha desarrollado un sector dinámico de frutales tropicales para consumo local y exportación. El mango y la papaya se adaptan bien a las zonas más cálidas y secas, mientras que el aguacate encuentra nichos en altitudes intermedias. La presión de enfermedades como la antracnosis en mango o la deformación del fruto en papaya obliga a un manejo cuidadoso del microclima del huerto, la poda y la selección de materiales genéticos tolerantes. En paralelo, cultivos emergentes como la pitahaya, el maracuyá y el mangostán se insertan en mercados especializados que valoran la diferenciación, lo que abre oportunidades para pequeños y medianos productores con capacidad de innovar en poscosecha y empaque.

Otro capítulo relevante, aunque menos visible para el consumidor final, es el de las plantas ornamentales y follajes de corte. Helechos, drácenas, palmas ornamentales y una diversidad de especies tropicales se cultivan bajo sombra o en invernaderos, principalmente en la vertiente Caribe. Este sector combina alta intensidad de mano de obra con exigencias estrictas de calidad visual y fitosanitaria. La exportación de ornamentales ha impulsado la adopción de sistemas de riego tecnificado, propagación por microestacas y controles rigurosos de plagas cuarentenarias. Al mismo tiempo, la proximidad a áreas de alta biodiversidad obliga a diseñar estrategias de manejo que minimicen el riesgo de escape de especies invasoras y el impacto de plaguicidas en ecosistemas adyacentes.

No se puede entender el conjunto de estos cultivos sin considerar el papel de la agroforestería y los sistemas mixtos. En muchas fincas, especialmente de pequeña escala, el café se combina con árboles de sombra maderables o frutales, las pasturas se intercalan con cercas vivas, y los huertos familiares integran especies anuales, perennes y medicinales. Estos mosaicos productivos aumentan la resiliencia ecológica, amortiguan las fluctuaciones de precios y reducen la dependencia de insumos externos. Además, contribuyen a la conectividad de hábitats en un país donde una proporción significativa del territorio está bajo alguna figura de protección, pero donde los corredores biológicos dependen en gran medida de lo que ocurre en las tierras agrícolas.

La agricultura costarricense se sitúa así en un punto de cruce entre la presión de los mercados globales, que demandan volúmenes constantes y estándares homogéneos, y una sociedad que ha internalizado la importancia de la conservación ambiental. Los principales cultivos –café, banano, piña, arroz, frijol, maíz, hortalizas, frutales y ornamentales– no son entidades aisladas, sino nodos de una red compleja donde confluyen decisiones de política pública, innovaciones tecnológicas y saberes locales. La dirección que tome esa red en las próximas décadas dependerá de la capacidad de integrar criterios de agroecología, diversificación y adaptación al cambio climático, de manera que el país pueda seguir produciendo alimentos y divisas sin agotar los suelos, el agua ni la extraordinaria riqueza biológica que lo caracteriza.

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  • Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza. (2020). Innovaciones para la sostenibilidad de los sistemas agrícolas en Mesoamérica. Turrialba, Costa Rica.