Costa de Marfil se extiende en una franja ecológica donde convergen la humedad ecuatorial del golfo de Guinea y la transición hacia la sabana sudanesa. Esa gradiente climático-ecológica explica por qué el país se ha convertido en un mosaico agrícola de enorme relevancia global. Más que una simple lista de productos, los principales cultivos marfileños son la expresión material de una combinación particular de suelos ferralíticos, regímenes de lluvia bimodales en el sur y una historia económica orientada hacia la exportación. Desde el cacao que alimenta la industria chocolatera mundial hasta el anacardo que reconfigura las economías rurales del norte, cada cultivo dominante responde a una lógica biofísica y socioeconómica precisa, y a la vez redefine el paisaje y las relaciones de poder sobre la tierra.
El caso del cacao (Theobroma cacao L.) ilustra con claridad esa interdependencia. Costa de Marfil es el primer productor mundial de este cultivo, que se adapta de forma óptima a las zonas de bosque húmedo del sur y centro-oeste, donde la precipitación anual supera los 1 200 mm y las temperaturas se mantienen casi constantes. El cacao exige sombra parcial, suelos profundos y un manejo cuidadoso de la fitosanidad para controlar enfermedades como la moniliasis y la pudrición parda. Sin embargo, la expansión cacaotera se ha basado históricamente en la deforestación progresiva, sustituyendo bosques primarios por sistemas agroforestales simplificados y, en muchos casos, por monocultivos. Este modelo ha generado divisas y empleo, pero también una fuerte presión sobre los ecosistemas, una caída de la fertilidad natural de los suelos y una dependencia extrema de los agricultores respecto a los precios internacionales.
Muy cerca, tanto geográfica como funcionalmente, se encuentra el café (Coffea canephora y, en menor medida, C. arabica), que fue durante décadas el otro gran pilar de la economía agrícola. El café robusta comparte con el cacao la preferencia por ambientes húmedos y suelos bien drenados, pero tolera mejor la luz directa y se integra con relativa facilidad en sistemas mixtos con plátano, árboles frutales y especies maderables. Aun así, la volatilidad de los precios, el envejecimiento de las plantaciones y la competencia de países con costos de producción más bajos han reducido su protagonismo. Muchos agricultores han optado por reconvertir cafetales en cacaotales o introducir cultivos alimentarios intercalados, lo que revela cómo los sistemas agrícolas marfileños se ajustan de forma dinámica a los incentivos económicos, aunque no siempre a las exigencias ecológicas de largo plazo.
Si el cacao simboliza la vocación exportadora del sur húmedo, el algodón y el anacardo representan la apuesta del norte y noreste por una agricultura de sabana. El algodón (Gossypium hirsutum L.) se ha expandido en las zonas de pluviometría intermedia, donde la estación lluviosa bien marcada permite un ciclo anual definido y facilita la planificación del calendario agrícola. Este cultivo, promovido por esquemas de agricultura por contrato, ha introducido paquetes tecnológicos intensivos en insumos: semillas mejoradas, fertilizantes minerales y plaguicidas de amplio espectro. Aunque ha incrementado los ingresos monetarios de muchos pequeños productores, también ha generado dependencia de créditos y ha contribuido a la degradación de suelos, especialmente allí donde la rotación con cultivos de cobertura o leguminosas es insuficiente para reponer la materia orgánica.
El anacardo (Anacardium occidentale L.), en cambio, ha irrumpido como un cultivo de árbol más resiliente frente a la variabilidad climática. Adaptado a suelos relativamente pobres y a estaciones secas prolongadas, este frutal ha colonizado paisajes donde la agricultura anual es más riesgosa. La demanda internacional de nuez de marañón, junto con políticas de promoción y mejora genética, ha impulsado una rápida expansión de superficies plantadas. Sin embargo, la tendencia a establecer monocultivos extensivos, sustituyendo mosaicos de pastizales, cultivos anuales y bosques secundarios, plantea interrogantes sobre la estabilidad ecológica y la conservación de la biodiversidad funcional, aquella que sostiene servicios como la polinización y el control biológico de plagas.
Mientras tanto, la base alimentaria interna se sustenta en cultivos que rara vez acaparan titulares internacionales, pero que son esenciales para la seguridad alimentaria. La yuca (Manihot esculenta Crantz), el igname (Dioscorea spp.) y el plátano (Musa spp.) dominan los sistemas de subsistencia en amplias zonas del país. La yuca, con su notable tolerancia a la sequía y su capacidad de permanecer en el suelo hasta el momento de la cosecha, actúa como un “almacén vivo” de carbohidratos. Los ignames, más exigentes en fertilidad, se benefician de rotaciones con leguminosas y de prácticas tradicionales de agricultura itinerante, que alternan periodos de cultivo con barbechos más o menos largos. El plátano, por su parte, combina funciones alimentarias y comerciales, integrándose en huertos familiares y en sistemas agroforestales donde aporta sombra y biomasa al suelo, contribuyendo al reciclaje de nutrientes.
La arrozicultura ocupa un lugar singular, porque conecta el paisaje agrícola marfileño con los grandes desafíos demográficos y urbanos. El arroz (Oryza sativa L.) se cultiva tanto en sistemas de baja inundación en valles interiores como en zonas de montaña y mesetas, mediante técnicas de secano mejorado. La expansión de arroz de riego controlado ha sido más lenta que en otros países asiáticos o incluso africanos, en parte por limitaciones de infraestructura hidráulica y por la fragmentación de los esquemas de tenencia de la tierra. Aun así, el arroz se ha vuelto insustituible en la dieta urbana, lo que refuerza la necesidad de incrementar rendimientos mediante variedades adaptadas, manejo integrado de nutrientes y un control racional de malezas, evitando la trampa de la intensificación puramente química.
La palma aceitera (Elaeis guineensis Jacq.) y el hevea (Hevea brasiliensis), productor de caucho natural, completan el cuadro de cultivos industriales perennes que han remodelado el sur del país. La palma aceitera, originaria de África occidental, encuentra en Costa de Marfil condiciones idóneas de temperatura y precipitación para alcanzar altos rendimientos de aceite por hectárea, siempre que se mantenga un adecuado nivel de fertilización y control de plagas como el Oryctes monoceros. No obstante, la expansión de plantaciones, tanto industriales como de pequeños productores, ha contribuido a la conversión de bosques secundarios y a la homogeneización del paisaje. El hevea, introducido desde Asia, se beneficia de estrategias de intensificación sostenible que combinan clones de alto rendimiento con prácticas de manejo del látex que prolongan la vida útil de los árboles, pero también compite por tierra con el cacao y otros cultivos de exportación.
Dentro de este entramado, los cultivos hortícolas y frutales desempeñan un papel menos visible en términos macroeconómicos, pero crucial para la diversificación de dietas y de ingresos. Tomate, cebolla, berenjena africana, cítricos y mango se producen en cinturones periurbanos y en zonas con acceso relativamente fácil a carreteras y mercados. Estos sistemas hortícolas, intensivos en mano de obra y agua, son especialmente sensibles a la calidad de los recursos hídricos y a la gestión de plaguicidas. A medida que la urbanización avanza y las cadenas de frío se consolidan, estos cultivos pueden convertirse en vectores de innovación en agricultura urbana y periurbana, incorporando tecnologías de riego localizado, compostaje de residuos orgánicos y manejo integrado de plagas que reduzcan la huella ambiental.
La estructura de cultivos en Costa de Marfil no puede entenderse sin considerar la organización social del trabajo y el acceso a la tierra. Muchos de los principales cultivos de exportación se desarrollan en sistemas de pequeños productores, donde la fuerza de trabajo familiar se complementa con jornaleros estacionales y, en algunos casos, con formas precarias de empleo infantil. Esta realidad condiciona la adopción de tecnologías de agroecología, que requieren conocimiento local, tiempo de aprendizaje y, a menudo, inversiones iniciales modestas pero no triviales. La tensión entre la necesidad de aumentar la productividad y la urgencia de preservar los recursos naturales se manifiesta en decisiones cotidianas: aplicar o no un herbicida, conservar o talar un árbol de sombra, aceptar o rechazar un paquete tecnológico ligado a un crédito.
En ese contexto, los principales cultivos marfileños están entrando en una fase de transición marcada por el cambio climático y por la reconfiguración de las cadenas globales de valor. La variabilidad en la distribución de lluvias afecta la floración del cacao y del café, altera el ciclo del algodón y modifica la fenología del arroz de secano. Las respuestas técnicas —nuevos materiales genéticos, sistemas de alerta temprana, riego suplementario— solo serán efectivas si se articulan con políticas que reconozcan la diversidad de sistemas agrícolas y la necesidad de reforzar la resiliencia social además de la productiva. El futuro de la agricultura marfileña dependerá de hasta qué punto sea posible reorientar estos cultivos dominantes hacia modelos más complejos, menos dependientes de insumos externos y más integrados en los ciclos ecológicos que, desde hace milenios, hacen de esta franja de África occidental un territorio fértil y extraordinariamente productivo.
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