En la península coreana, donde las montañas ocupan casi el 70 % del territorio y los inviernos pueden ser rigurosos, la agricultura parece, a primera vista, una tarea condenada a la modestia. Sin embargo, Corea del Sur ha convertido esa aparente limitación en un laboratorio vivo de intensificación agrícola, donde cada hectárea cultivable se exprime con una precisión casi quirúrgica. Los principales cultivos del país no son solo una lista de especies vegetales; son la expresión concentrada de una historia de escasez, reconstrucción y apuesta tecnológica que ha transformado un paisaje agrario tradicional en un sistema productivo altamente especializado.
El caso del arroz (Oryza sativa) ilustra la fuerza de esa transformación. Durante siglos, los arrozales dominaron la llanura occidental, organizando la vida rural alrededor del agua, los diques y el calendario monzónico. Hoy, aunque la dieta se ha diversificado y el consumo per cápita de arroz ha disminuido, el cultivo sigue ocupando la mayor parte de la superficie agrícola. No se trata ya del arroz de subsistencia, sino de un arroz intensivo, de alto rendimiento, con variedades mejoradas para resistir el frío primaveral, las inundaciones estivales y las enfermedades fúngicas. La mecanización casi total del trasplante, la cosecha y el secado, junto con una red de cooperativas agrícolas muy organizada, ha permitido mantener una producción estable en un contexto de creciente abandono rural.
Esa estabilidad, sin embargo, se apoya en un delicado equilibrio entre tradición y modernización. Los arrozales inundados siguen cumpliendo funciones ecológicas esenciales: actúan como sumideros temporales de carbono, regulan el microclima local y sirven de hábitat a especies acuáticas y aves migratorias. Pero a la vez, el uso intensivo de fertilizantes nitrogenados y plaguicidas ha generado presiones sobre la calidad del agua y la biodiversidad. El debate actual en Corea del Sur no gira tanto en torno a si mantener el arroz, sino a cómo reconvertirlo hacia sistemas de producción más eficientes en el uso de insumos y menos dependientes de subsidios, sin desestructurar el tejido social que se ha construido alrededor de este cultivo.
A medida que el país se urbanizaba y las preferencias alimentarias cambiaban, otros cultivos ganaron protagonismo. El trigo y la cebada ocuparon durante décadas un lugar estratégico como cereales de invierno, aprovechando las tierras que quedaban libres tras la cosecha de arroz. En las décadas posteriores a la guerra de Corea, estos granos sirvieron para amortiguar la inseguridad alimentaria y diversificar la base calórica de la población. Sin embargo, la apertura comercial y la competencia de grandes exportadores redujeron drásticamente su rentabilidad. Hoy, la producción local de trigo es limitada y se concentra en nichos de cereales especiales y cadenas cortas de suministro, mientras la cebada se reorienta hacia usos forrajeros y productos funcionales, como las infusiones y alimentos procesados con valor añadido.
Ese desplazamiento de los cereales secundarios abrió espacio para una expansión planificada de los cultivos hortícolas, que encontraron en los invernaderos y en la agricultura protegida un aliado decisivo. Tomate, pimiento, pepino, lechuga y col china se producen en sistemas intensivos que aprovechan al máximo el escaso suelo agrícola periurbano. El uso de plásticos agrícolas, calefacción y control automatizado del ambiente ha permitido desestacionalizar la oferta, ajustándola a un consumo urbano exigente y a cadenas de distribución altamente integradas. Esta horticultura tecnificada, sin embargo, implica un consumo significativo de energía y materiales, lo que está impulsando la adopción de soluciones como la hidroponía y los sistemas de recirculación de agua y nutrientes para reducir la huella ambiental sin sacrificar productividad.
En paralelo, la col napa (Brassica rapa subsp. pekinensis) y el rábano coreano (Raphanus sativus var. longipinnatus) forman el núcleo vegetal de una de las expresiones culturales más profundas del país: el kimchi. Más que simples hortalizas, estos cultivos sostienen una industria alimentaria de enorme peso económico y simbólico. Su producción se concentra en ventanas temporales muy precisas, alineadas con la elaboración masiva de kimchi para el invierno, lo que exige una planificación agronómica fina para sincronizar siembras, cosechas, capacidad de almacenamiento y procesamiento. Los avances en mejoramiento genético han generado variedades adaptadas a distintas estaciones, con texturas y contenidos de compuestos bioactivos específicos, respondiendo tanto a criterios gastronómicos como a demandas de salud pública.
Entre los frutales, pocos símbolos son tan reconocibles como la pera coreana (Pyrus pyrifolia) y el caqui (Diospyros kaki). Estos árboles ocupan laderas y valles donde el arroz no es viable, diversificando el paisaje agrícola y la economía de las explotaciones. Las peras de gran calibre y piel fina, destinadas en gran medida al mercado interno y a la exportación regional, son el resultado de décadas de selección enfocada en la apariencia, la firmeza y la capacidad de conservación. El caqui, por su parte, combina usos frescos y procesados, incluyendo variedades astringentes que requieren desecación o tratamiento para ser comestibles. La intensificación de estos frutales ha ido de la mano de una sofisticada gestión de poscosecha, cámaras de frío y logística refrigerada, que permiten prolongar la disponibilidad y reducir pérdidas.
Más discretos, pero estratégicamente importantes, son los cultivos de soya (Glycine max) y otras leguminosas, fundamentales para el equilibrio proteico de la dieta y la producción de alimentos fermentados como el doenjang y el ganjang. Aunque Corea del Sur importa gran parte de la soya que consume, la producción local se orienta a calidades específicas, con alto contenido proteico y perfiles organolépticos adecuados para la fermentación tradicional. La rotación arroz-soya en ciertas zonas no solo aporta nitrógeno al suelo mediante fijación biológica, sino que también contribuye a romper ciclos de plagas y enfermedades. La tensión entre la competitividad del grano importado y el valor cultural de las variedades autóctonas impulsa programas de conservación de recursos genéticos y esquemas de apoyo a agricultores que mantienen estas líneas locales.
La ganadería intensiva, especialmente de porcino y aves, ha estimulado a su vez el desarrollo de cultivos forrajeros como el maíz (Zea mays), la alfalfa y diversas gramíneas templadas. Aunque la superficie dedicada a estos forrajes no compite con la del arroz en términos absolutos, su relevancia radica en la articulación de cadenas de suministro para piensos que sostienen una producción cárnica altamente concentrada. La presión por reducir la dependencia de piensos importados ha impulsado la investigación en mezclas forrajeras adaptadas al clima coreano, con énfasis en la eficiencia de conversión y la resiliencia a episodios de sequía o lluvias extremas, cada vez más frecuentes bajo un clima cambiante.
En los últimos años, la agricultura coreana ha comenzado a explorar con mayor decisión el terreno de los cultivos funcionales y de alto valor agregado, respondiendo a una población envejecida y preocupada por la salud. El ginseng (Panax ginseng), tradicionalmente cultivado en sistemas de sombra y con largos ciclos productivos, se ha consolidado como cultivo emblemático de esta categoría, aunque su superficie es reducida. Más relevantes en términos de volumen son cultivos como la batata, la cebolla y el ajo, integrados en una estrategia de diversificación que busca reducir la vulnerabilidad frente a las oscilaciones del mercado internacional de granos y a la vez reforzar la autosuficiencia en ingredientes clave de la cocina local.
Todo este mosaico de cultivos se desarrolla sobre una base estructural marcada por la fragmentación de la propiedad, el envejecimiento de la población rural y la presión urbana sobre el suelo agrícola. La respuesta institucional ha sido impulsar cooperativas, agricultura de precisión, drones para monitoreo de parcelas y sistemas de información geoespacial que permitan ajustar dosis de fertilización, riego y control de plagas a escala casi individual de campo. En los arrozales, sensores de nivel de agua y modelos climáticos locales orientan decisiones de manejo; en los invernaderos, algoritmos regulan la ventilación y la iluminación suplementaria. Los principales cultivos del país se convierten así en plataformas de experimentación tecnológica, donde se ensayan soluciones que buscan mantener la competitividad sin renunciar a cierto grado de soberanía alimentaria.
Sin embargo, la cuestión de qué se cultiva en Corea del Sur no puede separarse de la pregunta de para quién y bajo qué condiciones se produce. La creciente desconexión entre consumidores urbanos y territorios rurales plantea desafíos para la legitimidad social de las políticas agrarias, especialmente en lo que respecta a los subsidios al arroz y la protección de determinados sectores. Al mismo tiempo, la preocupación por la seguridad alimentaria en un contexto geopolítico volátil revaloriza la capacidad interna de producir cereales básicos, hortalizas y frutas esenciales. Entre las terrazas de arroz que reflejan el cielo monzónico, los invernaderos que brillan en la noche y los huertos de perales y caquis que marcan las estaciones, los principales cultivos de Corea del Sur trazan la silueta de un país que negocia, campaña tras campaña, el delicado contrato entre tecnología, cultura y paisaje.
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