El mapa agrícola de Camerún es una síntesis de África en miniatura: desde las tierras altas húmedas del Oeste hasta las sabanas del Norte extremo, cada franja ecológica selecciona sus cultivos con una precisión que no responde al azar, sino a la fisiología vegetal, a la historia colonial y a la economía global. Ese mosaico de climas y suelos ha permitido que el país se convierta en un productor diverso, donde conviven cultivos de subsistencia profundamente enraizados en la cultura local con plantaciones industriales orientadas a los mercados internacionales. Comprender sus principales cultivos implica recorrer, casi como un transecto ecológico, la interacción entre agua, temperatura, nutrientes y decisiones políticas.
En las zonas forestales del Sur y del Litoral, la yuca (Manihot esculenta) se erige como uno de los pilares de la seguridad alimentaria. Su tolerancia a suelos ácidos, a períodos de sequía moderada y a sistemas de cultivo de baja inversión la han convertido en el cultivo de base por excelencia. La fisiología de su raíz de reserva, capaz de acumular grandes cantidades de almidón, permite a las familias cosechar de forma escalonada, adaptando el calendario de extracción a las necesidades del hogar y no al revés. Esa flexibilidad amortigua las crisis de precios y los fallos de otros cultivos, pero también perpetúa una agricultura de bajos insumos, donde la mejora genética y la intensificación sostenible avanzan con lentitud.
A partir de la yuca se articulan cadenas de valor que van desde el garri hasta las harinas fermentadas, con una transformación predominantemente artesanal. Sin embargo, la alta proporción de carbohidratos y el bajo contenido proteico de este cultivo plantean un desafío nutricional. Aquí entra en escena el maíz (Zea mays), omnipresente desde las zonas húmedas del Oeste hasta las sabanas guineanas del Centro y Norte. A diferencia de la yuca, el maíz depende críticamente de la distribución de las lluvias; su fisiología C4 le otorga una alta eficiencia en el uso de la radiación, pero lo hace vulnerable al estrés hídrico durante la floración. En Camerún, el maíz actúa como puente entre la agricultura de subsistencia y la producción comercial, pues alimenta tanto a las familias rurales como a la incipiente industria de piensos para aves y porcinos.
Esta dualidad del maíz se expresa también en el paisaje: pequeñas parcelas intercaladas con cultivos asociados, donde convive con frijoles y calabazas, contrastan con superficies más extensas en las mesetas del Oeste, donde la mecanización parcial y el uso de fertilizantes minerales van ganando terreno. Sin embargo, el rendimiento medio sigue por debajo del potencial agroecológico, limitado por la escasa disponibilidad de fertilizantes nitrogenados, la acidez del suelo y la falta de semillas híbridas adaptadas a estreses bióticos locales, como la Striga hermonthica. La brecha de rendimiento no es solo un dato agronómico: refleja desigualdades en el acceso al crédito, a la extensión agrícola y a mercados estables.
Si la yuca y el maíz sostienen la dieta, el cacao (Theobroma cacao) alimenta la balanza comercial. Introducido y expandido durante la época colonial, el cacao encontró en las tierras húmedas del Centro, Sur y Suroeste un nicho ideal: altas precipitaciones, sombra parcial proporcionada por árboles nativos y suelos profundos con buena capacidad de retención de agua. Su fisiología de sotobosque y su preferencia por ambientes sombreados lo convierten en un candidato privilegiado para sistemas agroforestales complejos, donde se combinan especies maderables, frutales y leguminosas fijadoras de nitrógeno. No obstante, la realidad de muchos productores es menos idílica: plantaciones envejecidas, baja densidad de árboles mejorados y una presión creciente de enfermedades como la moniliasis y la escoba de bruja.
La paradoja del cacao camerunés es que, a pesar de su importancia como cultivo de exportación, la mayor parte se produce en pequeñas fincas de menos de cinco hectáreas, con un manejo que depende casi exclusivamente de la mano de obra familiar. Las fluctuaciones del mercado internacional, sumadas a la variabilidad climática, erosionan la rentabilidad y empujan a los agricultores a expandir la frontera agrícola hacia bosques secundarios, en lugar de renovar y rejuvenecer las plantaciones existentes. Así, un cultivo con potencial para ser emblema de la agricultura sostenible se ve atrapado entre la necesidad inmediata de ingresos y la falta de inversiones a largo plazo.
Muy cerca, tanto geográfica como históricamente, se desarrollan las plantaciones de café, otro cultivo emblemático. Camerún produce principalmente Coffea canephora (robusta) en las zonas bajas y Coffea arabica en las tierras altas del Oeste y Noroeste. La robusta, más tolerante al calor y a enfermedades como la roya, se ha adaptado bien a las regiones húmedas de menor altitud, mientras que el arábica exige temperaturas más frescas y una marcada estacionalidad de lluvias para expresar su potencial de calidad. El declive de los precios internacionales y la competencia de otros países han reducido el entusiasmo por el café, pero el cultivo persiste como fuente de ingresos diversificada, a menudo combinado con banano, árboles de sombra y pequeños animales.
La lógica de los cultivos de exportación se intensifica con el aceite de palma (Elaeis guineensis). Las plantaciones industriales, concentradas en el Litoral y el Suroeste, coexisten con pequeños productores que abastecen molinos artesanales. La extraordinaria productividad de aceite por hectárea de la palma la convierte en una especie tentadora desde el punto de vista económico, pero también en un vector de transformación del paisaje. La conversión de bosques y mosaicos agroforestales en monocultivos de palma plantea interrogantes sobre biodiversidad, emisiones de carbono y seguridad alimentaria local. Aquí se hace evidente la tensión entre la necesidad de divisas y la protección de los recursos naturales, una tensión que la agronomía por sí sola no puede resolver.
Paralelamente, la bananera de exportación, dominada por grandes empresas en las zonas del Suroeste y Litoral, ilustra otro modelo productivo. Basada en clones de Musa de alto rendimiento, riego complementario y paquetes tecnológicos intensivos en agroquímicos, esta agricultura se distancia de la realidad de los pequeños productores que cultivan banano y plátano para el mercado interno. Sin embargo, ambos sistemas comparten una vulnerabilidad: la dependencia de pocos genotipos frente a enfermedades devastadoras, como la marchitez por Fusarium y la Sigatoka negra. La homogeneidad genética, funcional para los mercados estandarizados, es un talón de Aquiles biológico en un contexto de cambio climático acelerado.
Más al norte, en las sabanas del Adamawa, Norte y Extremo Norte, el paisaje agrícola cambia de textura y color. Allí, la algodoncultura se ha expandido como cultivo comercial clave, impulsada por esquemas contractuales y por la presencia de una empresa estatal que provee insumos y compra la producción. El algodón, con su elevada demanda de agua durante la floración y su sensibilidad a plagas como el gusano de la cápsula, se beneficia de la marcada estacionalidad de las lluvias y de la posibilidad de integrar rotaciones con cereales como el mijo perla (Pennisetum glaucum) y el sorgo (Sorghum bicolor). Estas rotaciones no solo mejoran la estructura del suelo y reducen la presión de enfermedades, sino que también equilibran la balanza entre cultivos alimentarios y de renta.
En estas mismas sabanas, el arroz de tierras bajas y de regadío ha ganado importancia, especialmente en proyectos hidroagrícolas del Extremo Norte. A diferencia del arroz de secano, el sistema inundado permite un mayor control hídrico y, por tanto, rendimientos más elevados, pero requiere inversiones en infraestructura y gestión colectiva del agua. El arroz se ha convertido en un componente estratégico para reducir la dependencia de importaciones, aunque su competitividad frente al arroz asiático sigue siendo frágil. El desafío reside en mejorar la eficiencia del agua y la fertilidad del suelo sin incrementar de forma insostenible los costos de producción.
No se puede entender la agricultura camerunesa sin mencionar el papel de las leguminosas de grano, en particular el frijol común (Phaseolus vulgaris) y el caupí (Vigna unguiculata). Más allá de su función como fuente de proteínas en dietas dominadas por carbohidratos, estas especies fijan nitrógeno atmosférico gracias a su simbiosis con rizobios, contribuyendo a la fertilidad de suelos empobrecidos. En sistemas de policultivo con maíz y yuca, las leguminosas actúan como engranajes biogeoquímicos que reciclan nutrientes y mejoran la estructura del suelo, reduciendo la necesidad de insumos externos. Su baja visibilidad en las estadísticas comerciales contrasta con su importancia silenciosa en la resiliencia de los sistemas campesinos.
Este entramado de cultivos —raíces y tubérculos, cereales, perennes industriales, frutales y leguminosas— no es una colección arbitraria, sino el resultado de décadas de adaptación a gradientes ecológicos y a fuerzas económicas globales. La cuestión clave para el futuro de Camerún no es solo qué cultivos produce, sino cómo los articula en paisajes agrícolas capaces de sostener simultáneamente la seguridad alimentaria, el ingreso rural y la integridad ecológica. Entre las lluvias del Golfo de Guinea y las sequías del Sahel, cada planta cultivada se convierte en un indicador sensible de las decisiones humanas sobre el territorio.
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