En un territorio pequeño y densamente poblado como Bélgica, la agricultura parece, a primera vista, un actor secundario. Sin embargo, bajo ese paisaje ordenado de praderas, setos y campos geométricos se despliega un sistema productivo altamente intensivo, tecnificado y estrechamente integrado con las cadenas agroalimentarias de Europa occidental. La paradoja belga es clara: un país con una superficie agrícola limitada que, no obstante, sostiene una de las densidades ganaderas más altas del continente y una notable producción de cultivos de alto valor añadido, apoyada en suelos fértiles, logística eficiente y un tejido de investigación agronómica sofisticado.
Esa estructura se entiende mejor si se observa cómo la geografía y el clima han condicionado la elección de los principales cultivos. Bélgica se sitúa en la franja templada húmeda del Atlántico norte, con inviernos suaves, veranos moderados y precipitaciones bien distribuidas. Este patrón climático, unido a suelos limosos y francos en Flandes y más pedregosos y ácidos en Valonia, favorece una rotación clásica de cereales, raíces industriales y forrajes, pero también abre espacio a cultivos hortícolas intensivos. El resultado no es una agricultura de grandes monocultivos extensivos, como la de las llanuras de Europa oriental, sino un mosaico productivo de alta densidad y elevado nivel de insumos.
Entre los cultivos que articulan ese mosaico, el trigo blando (Triticum aestivum) ocupa un lugar central. No sólo por su superficie, sino por su papel en la industria panadera y molinera belga y, sobre todo, por su función en los mercados regionales de grano. El trigo se beneficia de la fertilidad intrínseca de los suelos limosos de Flandes, pero también de un uso intensivo de fertilizantes nitrogenados y de variedades mejoradas con alta respuesta productiva. El desafío, cada vez más evidente, reside en compatibilizar estos rendimientos elevados con la reducción de lixiviación de nitratos hacia las aguas subterráneas, un problema recurrente en cuencas agrícolas de alta carga ganadera como la belga.
Junto al trigo, el maíz (Zea mays) se ha convertido en el verdadero motor energético del sistema agroganadero. Gran parte de la superficie de maíz no se destina al grano, sino al maíz forrajero ensilado, base alimentaria de la cabaña bovina lechera y de engorde. Su cultivo está íntimamente ligado a la intensificación ganadera: más vacas exigen más forraje, y el maíz ofrece una densidad calórica y una estabilidad de conservación que pocos cultivos pueden igualar. Esta simbiosis ha impulsado sistemas de rotación trigo-maíz-pradera que maximizan la extracción de biomasa, pero también han incrementado la presión sobre los suelos, que requieren una gestión cuidadosa de la materia orgánica y de la compactación.
Si los cereales y forrajes sostienen la base calórica y proteica del sistema, los cultivos industriales aportan el vínculo con la bioeconomía y la transformación agroalimentaria. La remolacha azucarera (Beta vulgaris subsp. vulgaris) es emblemática en Bélgica y en el conjunto del Benelux. La alta productividad por hectárea y la eficiencia de la industria azucarera han mantenido su relevancia incluso tras la reforma del régimen de cuotas de la Unión Europea. El cultivo de remolacha exige suelos profundos, bien estructurados y con buena capacidad de retención de agua, lo que ha favorecido su concentración en zonas limosas de alto potencial. Sin embargo, la mecanización intensa en la cosecha, con maquinaria pesada, plantea retos de erosión y degradación estructural que obligan a rediseñar prácticas de laboreo y cubiertas vegetales.
Algo similar ocurre con la patata (Solanum tuberosum), otro pilar de la agricultura belga. Bélgica no sólo es un gran productor de patata de consumo fresco, sino una potencia mundial en patata para procesado industrial, especialmente congelados y productos fritos. La industria de las “frites” belgas, con su red de plantas de transformación y cámaras frigoríficas, ha moldeado las decisiones agronómicas: variedades adaptadas a fritura, calibres homogéneos, piel resistente al daño mecánico y contenido de materia seca optimizado. Esta especialización ha impulsado el uso intensivo de riego suplementario, fungicidas contra el tizón tardío (Phytophthora infestans) y sistemas de almacenamiento refrigerado, al tiempo que abre debates sobre la huella ambiental asociada a la exportación masiva de productos ultraprocesados a base de patata.
Más allá de los grandes cultivos extensivos, Bélgica destaca por su producción de hortalizas en campo abierto y bajo invernadero, especialmente en Flandes. Tomate, lechuga, pimiento, zanahoria y coles forman un conjunto diversificado orientado tanto al mercado interno como a la exportación hacia países vecinos. La clave aquí no es sólo la superficie cultivada, relativamente modesta, sino la altísima productividad por unidad de área, gracias a sistemas de invernaderos climatizados, riego por goteo, sustratos inertes y control integrado de plagas. La horticultura belga es, en gran medida, un laboratorio vivo de intensificación tecnológica, donde sensores, modelos de crecimiento y algoritmos de gestión climática se combinan para ajustar la fotosíntesis y el uso del agua a niveles casi quirúrgicos.
Esta horticultura intensiva enlaza con otra especialización belga menos visible, pero económicamente relevante: los cultivos ornamentales. Plantas en maceta, flores cortadas y material de vivero ocupan una fracción pequeña de la superficie agrícola, pero generan un alto valor por hectárea y se insertan en cadenas logísticas muy precisas, coordinadas con las subastas florales de los Países Bajos. La proximidad geográfica y la integración en ese mercado han impulsado la adopción de tecnologías avanzadas de propagación, como el microinjerto y la producción a partir de cultivos in vitro, así como sistemas de trazabilidad genética que aseguran la uniformidad de los lotes.
La distribución espacial de estos cultivos revela una clara dualidad regional. Flandes, con suelos más fértiles y mejor infraestructura, concentra la horticultura intensiva, la patata industrial y buena parte de los cultivos forrajeros asociados a la ganadería intensiva. Valonia, más montañosa y menos densamente poblada, mantiene una mayor proporción de praderas permanentes, cereal extensivo y remolacha, junto con nichos de agricultura ecológica en áreas donde la presión sobre la tierra es menor. Estas diferencias no son sólo físicas; reflejan también estructuras de propiedad, tamaño medio de las explotaciones y estrategias de diversificación distintas entre el norte neerlandófono y el sur francófono del país.
Sobre este entramado productivo se proyectan las exigencias de la Política Agrícola Común (PAC) y las estrategias de sostenibilidad climática de la Unión Europea. Bélgica se ve obligada a reconfigurar sus principales cultivos bajo el prisma de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, la mejora de la calidad del agua y la restauración de la biodiversidad. Esto se traduce en incentivos para introducir cultivos de cobertura, leguminosas fijadoras de nitrógeno en las rotaciones, y prácticas de siembra directa que reduzcan el laboreo intensivo asociado a cultivos como la remolacha y la patata. La transición no es sencilla en un contexto de alta especialización y fuertes inversiones en cadenas de valor muy concretas.
La presión climática añade una capa adicional de complejidad. Aunque Bélgica no sufre extremos como los del Mediterráneo, el aumento de la frecuencia de olas de calor, periodos de sequía estival y episodios de lluvia intensa empieza a modificar los calendarios de siembra y las decisiones varietales. En patata y maíz se observa un interés creciente por variedades más tolerantes al estrés hídrico y al calor, mientras que en trigo se ensayan cultivares con mayor estabilidad de rendimiento bajo escenarios de clima cambiante. La gestión del agua, tradicionalmente menos crítica en este país húmedo, se vuelve un factor estratégico, impulsando inversiones en almacenamiento, riego localizado y sistemas de drenaje más resilientes.
En paralelo, el avance de la agricultura de precisión reconfigura la forma en que se manejan los principales cultivos. Sensores de rendimiento en cosechadoras, imágenes satelitales y drones permiten mapear la variabilidad intraparcelaria, ajustando dosis de fertilizantes, riego y fitosanitarios a escalas antes impensables. En un país donde cada hectárea cuenta, reducir insumos sin sacrificar rendimiento es tanto una necesidad económica como ambiental. La patata, la remolacha y el maíz forrajero son candidatos ideales para estas tecnologías, dado su alto valor y su fuerte dependencia de insumos externos.
En última instancia, los principales cultivos producidos en Bélgica no pueden entenderse sólo como una lista de especies dominantes, sino como la expresión de un equilibrio dinámico entre bioclimatología, historia agraria, mercados regionales y políticas públicas. Trigo, maíz, remolacha, patata y hortalizas forman un sistema interdependiente, donde cada decisión en una cadena repercute en las demás: una nueva normativa sobre nitratos afecta al maíz forrajero, lo que repercute en la ganadería, que a su vez condiciona la disponibilidad de estiércol para los cereales y la patata. En ese entramado, la pequeña geografía belga se convierte en un microcosmos de los dilemas globales de la agricultura moderna: producir más y mejor, con menos impacto, en un espacio finito y bajo un clima que ya no es estable.
- European Commission. (2023). Agriculture in the European Union: Statistical and economic information. Publications Office of the European Union.
- FAO. (2022). FAOSTAT: Crops and livestock products. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- Huyghebaert, B., & Van Meensel, J. (2020). Belgian agriculture and horticulture: Structural developments and economic performance. Journal of Agricultural Economics, 71(3), 645–662.
- Institut Wallon de l’Évaluation, de la Prospective et de la Statistique. (2021). L’agriculture en Wallonie: Bilan annuel.
- OECD. (2021). OECD Review of Agricultural Policies: Belgium. Organisation for Economic Co-operation and Development.
- Vanden Avenne, A., & Marchand, F. (2019). Environmental performance of intensive arable systems in Flanders. Agricultural Systems, 176, 102657.
- Vlaamse Landmaatschappij. (2022). Landbouwrapport Vlaanderen (LARA). Vlaamse Overheid.

