La agricultura argelina se extiende como un mosaico discontinuo entre desiertos, montañas y llanuras costeras, obligada a dialogar con un clima duro y una disponibilidad hídrica incierta. En ese contexto, los principales cultivos no son solo el resultado de una elección económica, sino la expresión de una estrategia de supervivencia colectiva frente a la aridez. Entender por qué dominan ciertos productos y cómo se organizan en el territorio permite descifrar la lógica profunda de un sistema agrario que combina herencias milenarias con presiones contemporáneas de mercado y cambio climático.
En la franja norte, donde el clima mediterráneo ofrece inviernos suaves y precipitaciones relativamente aceptables, se concentra el corazón agrícola del país. Allí se despliega el trigo duro (Triticum durum), columna vertebral de la dieta argelina y del sistema cerealista magrebí. Este cereal no solo abastece la producción de sémola y cuscús, sino que estructura el calendario agrícola y el uso del suelo: las rotaciones, la mecanización y el manejo de insumos giran alrededor de su ciclo. La preferencia por trigo duro frente al trigo blando responde tanto a condiciones agroclimáticas —mayor tolerancia a la sequía y a suelos calcáreos— como a una cultura culinaria que valora su textura y contenido proteico.
Sin embargo, la aparente hegemonía del trigo oculta una fragilidad estructural. Los rendimientos medios son bajos y muy variables, sometidos a la oscilación de lluvias irregulares y a la degradación de los suelos por erosión y sobreexplotación. Esta inestabilidad ha forzado a complementar el trigo con cebada (Hordeum vulgare), más rústica y adaptable a ambientes marginales. La cebada cumple una doble función: amortigua el riesgo climático como cultivo de secano resistente y sostiene la ganadería, especialmente ovina, a través de grano y forraje. En muchas zonas semiáridas del altiplano, la elección entre sembrar trigo o cebada es, en realidad, una apuesta sobre la cantidad de lluvia que caerá en una campaña imprevisible.
A medida que se desciende hacia las zonas más áridas, el protagonismo pasa de los cereales a los cultivos leñosos de raíz profunda, capaces de explorar reservas hídricas inaccesibles para otras especies. El más emblemático es, sin duda, el olivo (Olea europaea), cuya presencia en Argelia se remonta a la Antigüedad. El olivar argelino se ha expandido de forma significativa en las últimas décadas, impulsado tanto por políticas públicas como por el auge de la demanda de aceite de oliva en los mercados regionales. Su rusticidad, tolerancia a la sequía y longevidad lo convierten en una opción estratégica en laderas y suelos pedregosos donde otros cultivos fracasarían. No obstante, la productividad sigue siendo muy heterogénea: conviven plantaciones modernas de alta densidad con olivares tradicionales de baja tecnificación y escaso manejo fitosanitario.
La presencia del olivo enlaza con otra especie clave del paisaje mediterráneo argelino: los cítricos. Naranjos, mandarinos y limoneros ocupan preferentemente los valles costeros y las llanuras irrigadas, donde el acceso al agua permite sostener un cultivo mucho más exigente en recursos hídricos. La citricultura argelina, concentrada en regiones como Mitidja, se orienta tanto al mercado interno como a la exportación, y exige un nivel de tecnificación superior al de los cultivos de secano. El riego controlado, la fertilización precisa y el manejo integrado de plagas se vuelven imprescindibles para asegurar calidad y calibre de los frutos. Esta dependencia del agua introduce una vulnerabilidad adicional: cualquier tensión sobre los recursos hídricos —sequías prolongadas, competencia urbana, deterioro de infraestructuras— repercute de inmediato en la estabilidad del sector.
El agua, precisamente, es el hilo conductor que conecta los cultivos del norte con los sistemas oasis del sur. En el vasto Sahara argelino, donde las lluvias son casi inexistentes, la agricultura se refugia alrededor de acuíferos profundos y manantiales. Allí domina el palmeral datilero, construido en torno a Phoenix dactylifera, una especie extraordinariamente adaptada a la aridez extrema. La palmera datilera no solo proporciona un fruto de alto valor energético y comercial —los célebres dátiles Deglet Nour—, sino que crea un microclima vertical que permite la coexistencia de tres estratos productivos: palmeras en el dosel, frutales intermedios y hortalizas o forrajes a ras de suelo. Este sistema estratificado maximiza el uso de luz y agua, reduciendo la evaporación y amortiguando temperaturas extremas.
El contraste entre el cereal de secano del norte y el oasis sahariano ilustra dos estrategias opuestas frente a la escasez: extender cultivos sobre grandes superficies con bajos insumos hídricos, o concentrar la producción en espacios reducidos, intensamente irrigados y manejados. En ambos casos, la sostenibilidad depende de la gestión de recursos finitos. En el norte, la expansión de cultivos industriales como el tomate de industria y la remolacha azucarera ha incrementado la presión sobre las reservas de agua superficiales y subterráneas. En el sur, la perforación de pozos profundos para alimentar pivotes de riego a gran escala en torno a trigo y forrajes amenaza el equilibrio de acuíferos fósiles que tardan milenios en recargarse.
Entre estos polos extremos, una constelación de cultivos secundarios articula la dieta y la economía rural. Las leguminosas de grano —lenteja, garbanzo, habas— ocupan un lugar discreto pero crucial en las rotaciones. Su capacidad para fijar nitrógeno atmosférico mediante simbiosis con rizobios enriquece el suelo y reduce la dependencia de fertilizantes sintéticos. En un país donde la fertilización excesiva en ciertas zonas convive con la pobreza de nutrientes en otras, las leguminosas representan una oportunidad técnica subaprovechada para mejorar la fertilidad y diversificar ingresos. Sin embargo, la competencia por superficie con cereales y la volatilidad de precios han limitado su expansión.
Algo similar ocurre con los cultivos hortícolas, que han crecido de forma notable en áreas irrigadas, impulsados por la urbanización y el aumento del consumo de productos frescos. Tomate, patata, cebolla, pimiento y sandía se han consolidado como pilares del abastecimiento interno, especialmente en cinturones periurbanos. La intensificación hortícola, apoyada en invernaderos plásticos y riego localizado, ha permitido aumentar la productividad por unidad de superficie de manera espectacular. Pero también ha introducido nuevos desafíos: acumulación de sales en suelos mal drenados, dependencia de semillas híbridas importadas, y mayor vulnerabilidad a patógenos emergentes en ambientes de cultivo continuo.
En la dimensión socioeconómica, la jerarquía de cultivos refleja no solo aptitudes agroecológicas, sino también decisiones de política agraria. El énfasis histórico en la autosuficiencia cerealista ha consolidado al trigo y la cebada más allá de su rendimiento relativo, mientras que incentivos fiscales y programas de inversión han favorecido la expansión del olivar y de la daticultura como rubros estratégicos de exportación. Esta priorización ha dejado en segundo plano a otros cultivos potencialmente valiosos, como las oleaginosas (girasol, colza) o los forrajes perennes, que podrían reducir importaciones de aceite vegetal y materia prima para piensos.
La transición hacia una agricultura más resiliente en Argelia pasa, en gran medida, por reequilibrar este portafolio de cultivos. La diversificación no es un eslogan vacío, sino una herramienta concreta para repartir riesgos climáticos, estabilizar ingresos y mejorar la salud de los agroecosistemas. Integrar leguminosas en rotaciones cerealistas, potenciar variedades locales de olivo y datilera adaptadas a estrés hídrico, y promover sistemas agroforestales que combinen árboles y cultivos anuales son estrategias coherentes con las restricciones ecológicas del país. En un escenario de cambio climático que augura temperaturas más altas y precipitaciones más erráticas, insistir en modelos monoespecíficos y altamente dependientes del riego sería, a largo plazo, una apuesta perdedora.
Sin embargo, cualquier transformación profunda del sistema de cultivos debe considerar la dimensión cultural y alimentaria. El trigo duro y los dátiles no son solo mercancías: son símbolos de identidad, memoria y cohesión social. Cambiar patrones productivos implica también negociar con hábitos culinarios, preferencias de consumo y percepciones de calidad. La introducción de nuevos cultivos o la revalorización de especies subutilizadas tendrá más posibilidades de éxito si se articula con campañas de educación alimentaria, apoyo a cadenas cortas de comercialización y fortalecimiento de mercados locales que reconozcan el valor de la diversidad.
Al final, el mapa de los principales cultivos producidos en Argelia se parece a un palimpsesto: capas sucesivas de decisiones ecológicas, económicas y culturales que se superponen sin borrar del todo las anteriores. Trigo y cebada en las llanuras, olivos y cítricos en las colinas y valles irrigados, palmeras datileras en los oasis saharianos, hortalizas en los márgenes urbanos, leguminosas dispersas en rotaciones discretas. Cada uno de estos cultivos es una respuesta parcial a la misma pregunta de fondo: cómo producir alimento, ingresos y estabilidad en un territorio donde el agua es el recurso limitante y el clima se vuelve menos predecible. La forma en que Argelia reconfigure esa respuesta en las próximas décadas determinará no solo la lista de sus principales cultivos, sino la viabilidad misma de su paisaje agrario.
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