Principales cultivos producidos en Arabia Saudita

Artículo - Principales cultivos producidos en Arabia Saudita

El mapa agrícola de Arabia Saudita parece, a primera vista, una paradoja geográfica. Un país dominado por el desierto, con precipitaciones mínimas y altas temperaturas, se ha convertido en productor relevante de trigo, dátiles, forrajes y hortalizas bajo condiciones extremas. Esta aparente contradicción es, en realidad, el resultado de una combinación de decisiones políticas, tecnologías de riego presurizado, uso intensivo de acuíferos fósiles y una reorientación reciente hacia la seguridad alimentaria sostenible. Los principales cultivos producidos en el reino no solo reflejan su clima y suelos, sino también su historia de modernización agrícola acelerada desde la década de 1970.

Durante años, el símbolo de esa modernización fue el trigo. En un país donde tradicionalmente predominaban oasis y cultivos de subsistencia, el gobierno impulsó un ambicioso programa de autosuficiencia cerealera. Con subsidios generosos, precios garantizados y la expansión de sistemas de riego por pivote central, el trigo se convirtió en el emblema de la conquista tecnológica del desierto. Las imágenes de grandes círculos verdes en medio de la arena ilustraban una narrativa de dominio humano sobre un entorno hostil. Sin embargo, cada hectárea de trigo requería enormes volúmenes de agua extraída de acuíferos profundos no renovables, una herencia geológica acumulada durante miles de años y consumida en pocas décadas.

La magnitud de esa extracción obligó a replantear prioridades. A partir de la década de 2000, el reino comenzó a reducir drásticamente la producción doméstica de cereales y a importar la mayor parte del trigo desde regiones con agua más abundante y suelos más aptos. Este giro no significó un abandono de la agricultura, sino una reconfiguración de su cartera de cultivos hacia aquellos con mayor valor añadido por unidad de agua consumida. La lógica económica y la hidrología convergieron: tenía más sentido destinar el recurso hídrico a cultivos especializados, hortícolas y frutales, que a granos extensivos de bajo margen. De esta transición surgió una agricultura más intensiva, tecnificada y orientada al mercado.

En ese nuevo escenario, los dátiles consolidaron su papel como cultivo identitario y estratégico. La palmera datilera (Phoenix dactylifera), adaptada desde hace milenios a climas áridos, combina una notable eficiencia hídrica con una alta densidad energética y nutricional de sus frutos. Arabia Saudita se sitúa entre los principales productores mundiales de dátiles, con millones de palmeras distribuidas en oasis históricos como Al-Ahsa, Qassim y Medina, así como en plantaciones modernas diseñadas con criterios de manejo intensivo. El dátil no solo es un producto agrícola: articula tradiciones culturales, prácticas alimentarias y cadenas de valor que van desde el consumo fresco hasta la elaboración de jarabes, pastas y productos funcionales.

La modernización de la datilicultura saudí se ha apoyado en la selección de variedades de alto rendimiento y calidad comercial, como Ajwa, Sukkary o Khalas, y en el uso de técnicas de microirrigación que reducen pérdidas por evaporación. La fertirrigación localizada permite ajustar con precisión las dosis de nutrientes a las distintas fases fenológicas de la palmera, optimizando tanto la producción como la calidad del fruto. Al mismo tiempo, se han desarrollado sistemas de manejo integrado de plagas para controlar insectos como el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), que amenaza seriamente las plantaciones. La combinación de saber agronómico moderno y conocimiento tradicional ha convertido al dátil en un pilar económico menos vulnerable que los cultivos cerealícolas a la presión hídrica.

Junto a la palmera datilera, una constelación de hortalizas y cultivos de invernadero ha ganado protagonismo. Tomate, pepino, pimiento, lechuga y otras verduras de ciclo corto se producen masivamente bajo estructuras protegidas, a menudo climatizadas, que moderan los extremos térmicos y reducen el estrés hídrico y salino. Los invernaderos permiten manipular el microclima, controlar la radiación y el déficit de presión de vapor, y aplicar sistemas de riego por goteo y hidroponía que maximizan la eficiencia en el uso del agua, un indicador crítico en la planificación agrícola saudí. En este entorno controlado, las plantas pueden expresar su potencial productivo con menos penalización por la dureza del clima exterior.

La expansión de la horticultura protegida ha respondido también a la creciente demanda urbana de alimentos frescos y de calidad constante. Ciudades como Riad, Yeda o Dammam requieren un suministro continuo de hortalizas, algo que solo puede garantizarse con ciclos de cultivo desestacionalizados y sistemas de producción intensiva. La proximidad a los centros de consumo reduce pérdidas postcosecha, un aspecto crucial para productos altamente perecederos. Además, el cultivo bajo plástico y vidrio facilita la adopción de control biológico de plagas, reduciendo la dependencia de pesticidas químicos y mejorando la inocuidad de los alimentos, un punto cada vez más valorado por los consumidores y las regulaciones sanitarias.

Sin embargo, la agricultura saudí no se limita a frutales y hortalizas. La ganadería intensiva, especialmente de vacuno lechero y aves, ha impulsado la demanda de forrajes de alto rendimiento como la alfalfa (Medicago sativa) y el maíz forrajero. Durante años, grandes superficies se dedicaron a estos cultivos, que requieren volúmenes de agua significativos. El debate sobre el “agua virtual” exportada en forma de forraje llevó a restricciones a la producción de alfalfa para exportación y a un mayor escrutinio sobre la asignación de agua al sector pecuario. De nuevo, la hidrología actuó como árbitro silencioso de las decisiones agrarias, obligando a priorizar cultivos con mejor relación entre agua usada y valor económico generado.

En paralelo, se han consolidado otros cultivos adaptados a condiciones áridas, como ciertos cítricos, uva de mesa y granado (Punica granatum), especialmente en regiones con microclimas relativamente más benignos o con tradición frutícola. Aunque su peso en el total nacional es menor que el de los dátiles o las hortalizas, estos frutales diversifican la dieta y la economía rural. La adopción de portainjertos tolerantes a la salinidad y la implementación de estrategias de manejo del suelo —como la incorporación de materia orgánica y el uso de coberturas— ayudan a mitigar los efectos de la acumulación de sales, un problema recurrente en sistemas de riego intensivo en climas áridos.

La estructura de los principales cultivos producidos en Arabia Saudita revela también una tensión entre la seguridad alimentaria entendida como autosuficiencia y aquella basada en la resiliencia de los sistemas. El país ha pasado de un modelo que pretendía producir internamente una amplia gama de alimentos básicos, sin considerar plenamente los límites hidrológicos, a otro que combina producción nacional de alto valor con importaciones estratégicas de granos y oleaginosas. El trigo, antaño estrella de los campos circulares, es hoy un cultivo marginal en términos de superficie, mientras que el dátil y las hortalizas concentran cada vez más atención y recursos tecnológicos. Esta reorganización del portafolio agronómico responde a una lectura más fina de los condicionantes biofísicos y económicos.

En ese contexto, la innovación tecnológica se ha convertido en un cultivo invisible pero determinante. La incorporación de sensores de humedad de suelo, sistemas de monitoreo remoto mediante satélites y drones, y plataformas digitales de gestión del riego permiten ajustar con precisión los aportes de agua y fertilizantes en tiempo real. La agricultura de precisión, aplicada a palmerales, invernaderos y campos forrajeros, redefine lo que significa “productividad” en un entorno donde cada metro cúbico de agua cuenta. La selección de variedades resistentes al calor y a la salinidad, la experimentación con cultivos tolerantes como la quinoa (Chenopodium quinoa) o la cebada en condiciones marginales, y la investigación en desalación acoplada a la agricultura abren nuevas posibilidades para el futuro.

La geografía agrícola saudí, articulada en torno a cultivos dominantes como el dátil, las hortalizas de invernadero y los forrajes estratégicos, es el resultado de un diálogo continuo entre limitaciones ecológicas, aspiraciones políticas y herramientas tecnológicas. Cada plantación de palmeras, cada invernadero iluminado en la noche del desierto, cada pivote central que aún gira, encarna decisiones sobre cómo usar un recurso finito para alimentar a una población creciente. Los principales cultivos producidos en Arabia Saudita son, en última instancia, una expresión visible de cómo una sociedad petrolera, enclavada en uno de los entornos más áridos del planeta, negocia su relación con el agua, la energía y la tierra cultivable en el siglo XXI.

  • FAO. (2023). FAOSTAT statistical database. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
  • Al-Shreed, F., & Abd El-Razek, E. (2019). Date palm status and perspective in Saudi Arabia. Acta Horticulturae, 1257, 1–10.
  • Ministry of Environment, Water and Agriculture of Saudi Arabia. (2022). Agricultural Statistical Yearbook. Riyadh: MEWA.
  • Ouda, O. K. M. (2014). Evaluation of water resources in Saudi Arabia. Journal of Water Resource and Protection, 6(8), 611–622.
  • Al-Ibrahim, A. A. (1991). Excessive use of groundwater resources in Saudi Arabia: Impacts and policy options. Ambio, 20(1), 34–37.
  • World Bank. (2021). Kingdom of Saudi Arabia: Agricultural sector review. Washington, DC: World Bank.
  • Al-Ghobari, H. M., & Dewidar, A. Z. (2018). Greenhouse vegetable production in Saudi Arabia under water scarcity. Journal of Agricultural Science and Technology, 20(4), 727–741.
  • Elhag, K. M. (2016). Agriculture and food security in Saudi Arabia: A critical review. International Journal of Development Research, 6(2), 6815–6823.

Escucha el podcast en YouTube, Spotify, Apple y Amazon