Plagas y enfermedades del cultivo de mango

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El mango, Mangifera indica, es un árbol que condensa en su biología una paradoja central de la agricultura moderna: cuanto más se intensifica y uniformiza su cultivo, más vulnerable se vuelve a una constelación de plagas y enfermedades que explotan cada resquicio ecológico. En las últimas décadas, el aumento de la superficie plantada, la concentración de pocas variedades comerciales y la expansión del comercio internacional han construido un paisaje ideal para organismos capaces de colonizar tejidos, frutos y raíces con una eficacia que desborda los enfoques de control tradicionales. Entender esta dinámica no es solo una cuestión de protección vegetal; es leer, en tiempo real, la coevolución entre un sistema agrícola y su biota acompañante.

La primera línea de conflicto se libra, casi siempre, en el fruto. Las moscas de la fruta del género Anastrepha y Bactrocera han convertido al mango en uno de sus hospederos predilectos. La hembra perfora la piel aparentemente intacta y deposita sus huevos en la pulpa, donde las larvas se alimentan hasta transformar un recurso comercial de alto valor en un residuo inconsumible. Este daño directo se amplifica con el impacto cuarentenario: basta la detección de unos pocos individuos en trampas de monitoreo para que se cierren mercados de exportación, lo que convierte a estas plagas en agentes económicos tanto como biológicos. El uso de trampas cebadas, la liberación de insectos estériles y la eliminación sistemática de frutos caídos son intentos de restablecer un equilibrio que el monocultivo ha roto.

En ese mismo escenario frutal actúa otro enemigo silencioso: la antracnosis, causada por Colletotrichum gloeosporioides. Este hongo infecta flores, hojas y frutos inmaduros, pero permanece latente hasta que las condiciones de humedad y temperatura, a menudo durante el transporte o almacenamiento, activan su desarrollo. Entonces aparecen manchas negras deprimidas, rodeadas de halos anaranjados, que avanzan sobre la superficie del fruto como una colonización organizada. Lo inquietante de la antracnosis no es solo su capacidad destructiva, sino su estrategia temporal: infecta en campo, se manifiesta en poscosecha. Esta disociación espacial y cronológica desafía la lógica de control basada únicamente en aplicaciones de fungicidas durante la fase productiva.

Algo similar ocurre con el oídio del mango, provocado por Oidium mangiferae, que cubre brotes jóvenes, inflorescencias y frutos tiernos con un micelio blanco y polvoriento. A diferencia de la antracnosis, que exige altas humedades, el oídio prospera en condiciones más secas y con oscilaciones térmicas moderadas. Esta divergencia ecológica entre patógenos obliga a pensar el manejo sanitario como un sistema de ecuaciones simultáneas, donde cada decisión que favorece el control de uno puede, inadvertidamente, facilitar la expansión de otro. El manejo integrado no es un listado de prácticas, sino una negociación constante entre variables climáticas, fenología del cultivo y dinámica poblacional de patógenos.

Si se desciende desde el fruto hacia el tronco y las raíces, aparece un conjunto distinto de amenazas, menos visibles pero potencialmente devastadoras. La muerte descendente, asociada a Lasiodiplodia theobromae y otros hongos de la familia Botryosphaeriaceae, se manifiesta como un secado progresivo de ramas, chancros en el tronco y, en casos extremos, la muerte total del árbol. Estos patógenos oportunistas suelen entrar por heridas de poda, daños mecánicos o grietas producidas por insolación. La práctica de podas intensivas, a menudo mal calendarizadas, abre puertas que la microbiota del entorno no tarda en aprovechar. La sanidad del mango, en este nivel, depende menos de moléculas de síntesis y más de decisiones agronómicas aparentemente rutinarias.

En el suelo, el equilibrio es aún más frágil. El hongo Fusarium oxysporum f. sp. mangiferae y especies de Phytophthora pueden causar marchitez vascular y podredumbre radicular, bloqueando el transporte de agua y nutrientes. Los síntomas externos —hojas cloróticas, decaimiento general, defoliación— suelen confundirse con estrés hídrico o deficiencias minerales, retrasando diagnósticos precisos. En sistemas de alta densidad de plantación, con riegos frecuentes y drenajes deficientes, se construye un microambiente que favorece la supervivencia de estructuras resistentes de estos patógenos. La solución no reside solo en productos químicos, sino en rediseñar la arquitectura del sistema: mejorar la estructura del suelo, ajustar láminas de riego, diversificar portainjertos con mayor tolerancia.

El cuadro se complica cuando se incorporan las plagas chupadoras, como la cochinilla harinosa (Drosicha mangiferae, Planococcus spp.) y diversos pulgones. Estos insectos extraen savia, debilitan brotes y, sobre todo, excretan melaza que sirve de sustrato para el desarrollo de fumagina, un complejo de hongos saprófitos que ennegrece hojas y frutos, reduciendo la fotosíntesis y depreciando la calidad comercial. La relación entre insecto y hongo es un ejemplo de simbiosis indirecta que multiplica el impacto: controlar solo la fumagina sin reducir las poblaciones de cochinillas es tan estéril como pintar una pared húmeda sin reparar la filtración. De ahí la importancia de conservar enemigos naturales —coccinélidos, crisópidos, parasitoides— y evitar insecticidas de amplio espectro que colapsan estas redes de control biológico.

Las ácaros como Oligonychus mangiferus y Polyphagotarsonemus latus agregan otra capa de complejidad. De tamaño casi imperceptible, pueden desencadenar bronceado foliar, deformaciones en brotes y caída prematura de frutos. Su capacidad de multiplicación explosiva bajo condiciones de calor y baja humedad relativa los convierte en plagas típicas de climas áridos y de huertos sometidos a estrés hídrico. El manejo del riego, el sombreamiento parcial y la reducción de polvo en caminos internos —un factor que suele pasarse por alto— pueden disminuir significativamente las infestaciones, a veces con más eficacia que los acaricidas sintéticos, cuya aplicación indiscriminada favorece la selección de poblaciones resistentes.

En paralelo, las enfermedades de origen bacteriano, aunque menos frecuentes, no son irrelevantes. Xanthomonas campestris pv. mangiferaeindicae provoca la llamada mancha bacteriana, con lesiones angulares en hojas y necrosis en frutos. A diferencia de muchos hongos, las bacterias se diseminan con extrema eficiencia a través de salpicaduras de lluvia, herramientas contaminadas y material vegetal infectado. La respuesta más efectiva ha sido, históricamente, la prevención: viveros certificados, desinfección rigurosa de instrumentos y eliminación de focos iniciales. La presión por expandir rápidamente la superficie plantada suele relajar estos controles, lo que convierte a las bacterias en pasajeras involuntarias de cada nuevo lote de plantas.

Sobre todo este entramado biológico se superpone el factor climático. La intensificación del cambio climático está alterando patrones de temperatura, humedad y distribución de lluvias, desplazando isócronas de floración y modificando las ventanas de susceptibilidad del cultivo. Plagas que antes se restringían a zonas tropicales húmedas colonizan hoy regiones subtropicales; ciclos de vida que requerían varias semanas se acortan, permitiendo más generaciones por temporada. El mango se encuentra así en un escenario dinámico, en el que los modelos de riesgo construidos con datos históricos pierden capacidad predictiva. La vigilancia fitosanitaria debe dejar de ser un ejercicio de rutina para convertirse en un sistema de alerta temprana, apoyado en monitoreo sistemático y herramientas de diagnóstico rápido.

La respuesta a esta complejidad no puede limitarse a la escalada química. La evolución de resistencia en poblaciones de insectos y patógenos es un recordatorio de que cada molécula sintética es, en esencia, una presión selectiva. Por ello, se ha ido consolidando un enfoque de Manejo Integrado de Plagas y Enfermedades (MIPE), que combina prácticas culturales, control biológico, uso racional de fitosanitarios y, cada vez con más fuerza, mejoramiento genético. La identificación de genes de resistencia parcial a antracnosis, o de tolerancia a ciertas plagas, sugiere que la diversidad genética —tan erosionada por la preferencia por pocas variedades comerciales— es una de las defensas más robustas y duraderas del cultivo.

La biotecnología amplía este horizonte. Herramientas como marcadores moleculares y edición génica mediante CRISPR permiten rastrear y manipular características de resistencia con una precisión antes inimaginable. Sin embargo, incluso los avances más sofisticados deben insertarse en ecosistemas agrícolas que reconozcan los límites de la simplificación. La introducción de cubiertas vegetales, la diversificación de especies acompañantes y el rediseño del paisaje agrícola para favorecer corredores biológicos no son gestos estéticos, sino estrategias para reconstruir redes tróficas que amortigüen explosiones de plagas y reduzcan la incidencia de enfermedades. El mango, como cualquier cultivo perenne, vive décadas en el mismo sitio; su salud a largo plazo depende de la salud del agroecosistema que lo sostiene.

En última instancia, las plagas y enfermedades del mango no son anomalías que deban erradicarse, sino expresiones de sistemas vivos que responden a oportunidades creadas, en gran medida, por nuestras propias decisiones productivas. Cada fruto dañado, cada árbol que colapsa, es un indicador biológico de desequilibrios más profundos. Reorientar el manejo sanitario del mango hacia enfoques que integren ecología, genética, economía y cultura agrícola no es solo una estrategia de protección de cultivos; es un intento de reconciliar la ambición de producir con la necesidad de convivir con la diversidad de formas de vida que inevitablemente acompañan a cualquier sistema agrícola.

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