Plagas y enfermedades del cultivo de maíz

El maíz, Zea mays L., no es solo un cultivo: es una arquitectura biológica diseñada durante milenios por la selección humana. Esa arquitectura, sin embargo, está permanentemente asediada por organismos que explotan sus debilidades fisiológicas y ecológicas. Hablar de plagas y enfermedades del maíz no es enumerar enemigos, sino describir una red de interacciones donde genética, clima, manejo del suelo y microbioma convergen para decidir si un lote produce alimento o pérdidas silenciosas. Cada planta de maíz es un pequeño ecosistema y, como todo ecosistema simplificado por la agricultura intensiva, tiende a volverse vulnerable cuando se fuerza a la homogeneidad.

Esa vulnerabilidad se hace evidente desde la germinación. El primer frente de ataque ocurre bajo el suelo, donde no se ve. Hongos del complejo “damping-off” como Pythium spp., Rhizoctonia solani y Fusarium spp. colonizan la radícula y el hipocótilo cuando la siembra se realiza en suelos fríos, mal drenados o con alta densidad de inóculo. La planta, aún sin hojas expandidas, debe invertir recursos en defensa antes de haber consolidado la fotosíntesis. El resultado son fallas de emergencia, desuniformidad y un stand de plantas debilitado que condiciona todo el ciclo. El control con fungicidas de tratamiento de semilla funciona, pero no corrige la causa de fondo: un sistema de siembra que ignora la biología del suelo y su equilibrio entre microorganismos benéficos y patógenos.

A medida que el maíz emerge y expande su área foliar, el escenario cambia y se abre el espacio para los insectos herbívoros. Entre ellos, la “cogollera” (Spodoptera frugiperda) se ha convertido en un símbolo de la fragilidad de los sistemas agrícolas basados en monocultivos extensivos. Esta oruga, con una extraordinaria capacidad de dispersión y adaptación, encuentra en los paisajes dominados por maíz una oferta continua de alimento. Su hábito de alimentarse en el cogollo la protege de insecticidas de contacto y dificulta el control biológico. La introducción de maíces Bt redujo temporalmente sus poblaciones, pero la presión de selección generó rápidamente biotipos resistentes, recordando que ningún gen de resistencia es invulnerable cuando se despliega a gran escala sin estrategias de refugio bien diseñadas.

La resistencia de insectos a proteínas Bt no es un accidente aislado, sino la consecuencia predecible de exponer poblaciones enormes a una presión de selección uniforme. Lo mismo ocurre con los hongos patógenos frente a fungicidas de un solo sitio de acción. Un ejemplo elocuente es Exserohilum turcicum, agente de la tizón foliar norteña, que en regiones húmedas y templadas coloniza hojas, reduce el área fotosintética y abre la puerta a infecciones secundarias. Los programas de control basados en aplicaciones repetidas de fungicidas sistémicos han favorecido la aparición de cepas con menor sensibilidad. La verdadera barrera sostenible está en la resistencia genética cuantitativa, poligénica, que no elimina al patógeno pero reduce su capacidad de epidemia, combinada con rotaciones y manejo de rastrojos que interrumpen su ciclo.

La anatomía de la planta de maíz define también qué enfermedades serán más devastadoras. El tallo, por ejemplo, es un órgano de almacenamiento de carbohidratos y agua, y su integridad mecánica es crucial para sostener la mazorca hasta la cosecha. Hongos como Fusarium verticillioides y Stenocarpella maydis causan podredumbres de tallo que debilitan los tejidos vasculares, provocan acame y dificultan la cosecha mecanizada. Pero el problema trasciende lo agronómico: estas especies producen micotoxinas como fumonisinas y diplodiatoxina, que se acumulan en el grano y comprometen la inocuidad alimentaria. Así, una enfermedad que comenzó como una lesión en el tallo termina estando presente en la cadena de consumo humano y animal, invisible a simple vista.

Este puente entre campo y mesa se hace aún más evidente con las aflatoxinas, metabolitos de Aspergillus flavus y A. parasiticus que contaminan granos bajo condiciones de estrés térmico e hídrico. El maíz sometido a sequía y altas temperaturas, especialmente en etapas de llenado de grano, sufre microfisuras en pericarpio y tejidos debilitados que facilitan la invasión fúngica. La micotoxina resultante es hepatocarcinógena y extremadamente estable al calor. El problema ya no se limita a regiones tropicales: el cambio climático está expandiendo las zonas de riesgo, desplazando hacia latitudes templadas condiciones que antes eran excepcionales. La sanidad del cultivo, por tanto, se convierte en un indicador temprano de vulnerabilidad climática.

Los virus añaden otra capa de complejidad. El virus del mosaico enanizante del maíz (MDMV) y otros potyvirus, transmitidos por áfidos, no destruyen tejidos de forma tan visible como un hongo de tallo, pero alteran profundamente la fisiología de la planta. Reducen la fotosíntesis, modifican la partición de asimilados y disminuyen la eficiencia en el uso del nitrógeno. Su epidemiología depende tanto de la presencia de hospederos alternantes como de la dinámica de los insectos vectores, que a su vez responde a la estructura del paisaje y al uso de insecticidas. La supresión indiscriminada de enemigos naturales de áfidos puede, paradójicamente, aumentar la incidencia viral, mostrando que el control químico sin criterio ecológico genera más problemas de los que resuelve.

En este entramado de amenazas, los nematodos fitoparásitos suelen pasar desapercibidos, aunque sus efectos en el sistema radicular son profundos. Especies como Pratylenchus spp. y Meloidogyne spp. reducen la capacidad de absorción de agua y nutrientes y predisponen a la planta a enfermedades de raíz y tallo. Su manejo exige pensar en escalas temporales más largas: rotaciones con cultivos no hospedantes, incorporación de abonos verdes y manejo de materia orgánica para favorecer antagonistas naturales. La lógica de “aplicar para eliminar” se vuelve inútil frente a organismos que se integran en la matriz del suelo y cuya población responde a la estructura del sistema de cultivo, no a una campaña puntual.

La creciente uniformidad genética del maíz comercial amplifica todos estos riesgos. La mayoría de los híbridos modernos comparten bloques de germoplasma muy similares, seleccionados por rendimiento y estabilidad bajo condiciones de alto insumo. Esa homogeneidad reduce el “portafolio” de respuestas posibles frente a nuevos patógenos o razas emergentes. La historia de la epidemia de tizón sureño en maíz con citoplasma T en los años 70, causada por Bipolaris maydis raza T, es un recordatorio de lo que ocurre cuando la diversidad genética se sacrifica por eficiencia a corto plazo. Hoy, la erosión de razas criollas y variedades locales, adaptadas a microambientes específicos, limita el reservorio de genes de resistencia que podrían incorporarse a programas de mejoramiento.

Frente a este panorama, el concepto de manejo integrado de plagas y enfermedades no es un eslogan, sino una necesidad sistémica. Integrar control biológico, resistencia genética, prácticas culturales y uso racional de insumos químicos implica reconocer que la sanidad del maíz es una propiedad emergente del agroecosistema, no el resultado de una molécula milagrosa. El diseño de fechas de siembra que eviten picos de población de insectos clave, la reducción de la continuidad espacial y temporal del maíz en el paisaje, el manejo de bordes con vegetación que albergue enemigos naturales, y la selección de híbridos con resistencia parcial y arquitectura foliar menos favorable a la humedad prolongada en el dosel son decisiones que, combinadas, modifican la probabilidad de epidemia.

La biotecnología añade herramientas poderosas, pero no sustituye esa visión de conjunto. La edición génica de loci asociados a resistencia cuantitativa, la introducción de genes que mejoran la respuesta de la planta al estrés hídrico reduciendo así la predisposición a micotoxinas, o el diseño de consorcios microbianos inoculantes que compitan con patógenos de raíz son líneas prometedoras. Sin embargo, su eficacia real dependerá de que se inserten en sistemas de cultivo que no destruyan la biodiversidad funcional del suelo ni simplifiquen en exceso el paisaje. El maíz puede convivir con muchos de sus potenciales enemigos si se le permite interactuar con aliados biológicos que la agricultura industrial ha marginado.

Cada mazorca sana que llega a un silo es el resultado de una negociación permanente entre la planta, sus patógenos, sus plagas y el entorno que los contiene. Alterar esa negociación en favor del cultivo requiere comprender que las plagas y enfermedades del maíz no son fallos del sistema, sino respuestas adaptativas de otros organismos a las oportunidades que la propia agricultura genera. La cuestión no es cómo erradicarlos, sino cómo rediseñar los sistemas de producción para que el maíz deje de ser un recurso tan predecible, tan expuesto, tan solitario en campos interminables. Allí donde el paisaje recupera complejidad, donde el suelo vuelve a ser un tejido vivo y diverso, la presión de plagas y enfermedades deja de ser una batalla perdida y se convierte en una dinámica manejable, compatible con la seguridad alimentaria y la integridad ecológica.

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