Plagas y enfermedades del cultivo de cebolla

La cebolla, Allium cepa L., acompaña a la humanidad desde antes de la escritura, pero solo en las últimas décadas hemos empezado a comprender con precisión la compleja red de interacciones que la rodea. Bajo la aparente sencillez de un bulbo blanco o morado late un ecosistema microscópico de hongos, bacterias, insectos y nematodos que disputan cada gramo de tejido vegetal. Entender las plagas y enfermedades de este cultivo no es solo un ejercicio de patología agrícola: es, sobre todo, una exploración de cómo los sistemas biológicos se adaptan, resisten y se transforman bajo la presión de la agricultura intensiva y del cambio climático.

El primer nivel de esta batalla se libra en el follaje. El hongo Peronospora destructor, causante del mildiu velloso, se ha convertido en uno de los patógenos más temidos en regiones templadas y húmedas. Sus esporas germinan en condiciones de alta humedad relativa y temperaturas suaves, colonizando las hojas con una precisión casi quirúrgica. Las lesiones cloróticas iniciales, que muchos agricultores confunden con un simple estrés nutricional, evolucionan rápidamente hacia un micelio gris violáceo que reduce la fotosíntesis y compromete la formación del bulbo. La paradoja es que las mismas condiciones de riego por aspersión, adoptadas para mejorar la uniformidad del cultivo, facilitan los ciclos de infección y dispersión de este oomiceto.

En un escenario climático distinto, dominado por temperaturas más altas y periodos secos alternados con lluvias intensas, emerge con fuerza la mancha púrpura, causada por Alternaria porri. Este hongo oportunista aprovecha heridas, quemaduras por sol y tejidos debilitados para instalarse. Las típicas lesiones concéntricas de color púrpura oscuro sobre fondo amarillento son la firma visible de un proceso interno más profundo: la liberación de toxinas y enzimas que degradan la estructura celular. El uso continuado de fungicidas de un mismo modo de acción ha favorecido la selección de cepas resistentes, obligando a replantear los esquemas de manejo integrado y a rotar principios activos con rigor casi matemático.

Si las hojas son el primer frente, el bulbo representa el botín final. Allí se concentran las reservas de carbohidratos y compuestos azufrados que atraen a una constelación de patógenos de poscosecha. Los moho negro y podredumbres blandas, causados por Aspergillus niger, Fusarium spp. y bacterias como Pectobacterium carotovorum, encuentran en los almacenes mal ventilados un ambiente ideal. La temperatura ligeramente elevada, la condensación de agua en sacos mal secados y la presencia de heridas mecánicas durante la cosecha crean una sinergia perfecta para la colonización microbiana. La cebolla, que parecía sana al salir del campo, se deshace semanas después en masas acuosas y malolientes, revelando que la frontera entre sanidad y enfermedad se juega en detalles logísticos tanto como biológicos.

No obstante, algunas de las amenazas más insidiosas no se ven a simple vista. Los nematodos del género Ditylenchus, en particular D. dipsaci, penetran en las escamas del bulbo y en los tejidos jóvenes, provocando deformaciones, hinchamientos y podredumbres internas. Estos organismos filiformes, casi invisibles, pueden sobrevivir años en el suelo o en restos vegetales desecados, reactivándose cuando las condiciones vuelven a ser favorables. Su manejo exige una combinación de rotaciones largas con cultivos no hospedantes, uso de material de siembra certificado y, en algunos casos, tratamientos térmicos de las semillas. El viejo modelo basado en nematicidas de amplio espectro se ha ido desmoronando ante las restricciones ambientales y la creciente preocupación por la salud del suelo.

Sobre el dosel del cultivo, el paisaje se complica aún más con la irrupción de insectos vectores. Los trips, especialmente Thrips tabaci, son diminutos pero devastadores. Al alimentarse del mesófilo foliar, generan plateados, deformaciones y necrosis, reduciendo la capacidad fotosintética e incrementando la vulnerabilidad a patógenos secundarios. Sin embargo, su papel más crítico reside en la transmisión de virus, como el Iris yellow spot virus (IYSV), que causa manchas cloróticas en forma de anillos y necrosis en las hojas, mermando severamente el rendimiento. El aumento de temperaturas medias y la reducción de inviernos fríos han favorecido la supervivencia invernal de las poblaciones de trips, alterando los calendarios tradicionales de monitoreo y control.

La respuesta convencional a este avance de plagas ha sido el uso intensivo de insecticidas y fungicidas, pero ese camino ha mostrado sus límites. La aparición de resistencias en poblaciones de trips y en hongos como Botrytis squamosa, causante de la tizón de la hoja, obliga a una reflexión profunda. No se trata solo de cambiar de molécula, sino de rediseñar el sistema de producción. Estrategias como la reducción de densidades de siembra para mejorar la aireación, el ajuste del riego para evitar periodos prolongados de humedad foliar y la incorporación de barreras vegetales que dificulten el movimiento de insectos se convierten en herramientas tan importantes como cualquier producto de síntesis.

En este rediseño, los agentes de control biológico emergen como aliados discretos pero eficaces. Hongos antagonistas como Trichoderma spp. compiten con Fusarium y otros patógenos del suelo, colonizando la rizosfera y estimulando respuestas de defensa sistémica en la planta. Bacterias como Bacillus subtilis y Pseudomonas fluorescens producen antibióticos naturales y sideróforos que limitan el desarrollo de patógenos y mejoran la absorción de nutrientes. Aunque su eficacia puede ser más variable que la de un fungicida químico en condiciones controladas, su integración en programas de manejo reduce la presión de selección de resistencias y contribuye a preservar la microbiota del suelo, un componente frecuentemente ignorado pero esencial de la sanidad vegetal.

Paralelamente, la mejora genética de la cebolla ha empezado a incorporar con mayor decisión la resistencia a plagas y enfermedades como criterio central. Tradicionalmente, el mejoramiento se enfocó en el tamaño del bulbo, el contenido de sólidos solubles y la aptitud para almacenamiento. Hoy, la tolerancia al mildiu, la menor susceptibilidad a Alternaria o la resistencia parcial a nematodos adquieren un peso equivalente. La cebolla, con su genoma relativamente complejo y su ciclo bianual, plantea desafíos técnicos, pero las herramientas de marcadores moleculares y selección asistida permiten acelerar la identificación de genotipos prometedores. La búsqueda no es de una invulnerabilidad absoluta, sino de combinaciones de rasgos que reduzcan la dependencia de insumos externos.

Esta transición hacia sistemas más resilientes se ve condicionada por un factor muchas veces subestimado: la calidad del diagnóstico. Diferenciar una mancha causada por deficiencia de nitrógeno de una lesión inicial de mildiu, o distinguir una podredumbre bacteriana de una fúngica, requiere entrenamiento y herramientas adecuadas. La expansión de laboratorios regionales de fitopatología, el uso de técnicas de PCR para la detección temprana de virus y bacterias, y la digitalización de imágenes de síntomas para su análisis mediante algoritmos de reconocimiento están transformando la forma en que se toman decisiones en campo. Cada diagnóstico preciso evita tratamientos innecesarios, reduce costos y limita el impacto ambiental.

Sin embargo, ninguna innovación tecnológica puede sustituir la comprensión sistémica del agroecosistema. La cebolla no crece en un vacío, sino en paisajes agrícolas donde convergen rotaciones, monocultivos, bordes de caminos, cultivos vecinos y flora espontánea. Muchas malezas actúan como reservorios de virus y hospedantes alternativos de trips y nematodos. El manejo de malezas deja de ser solo una cuestión de competencia por agua y nutrientes para convertirse en un componente estratégico de la sanidad del cultivo. La coordinación entre productores de una misma región, sincronizando fechas de siembra y estrategias de control, reduce las “islas” de inóculo y los refugios de plagas que alimentan reinfestaciones constantes.

El futuro del cultivo de cebolla dependerá de la capacidad de integrar estos niveles de análisis: desde el genoma de un hongo hasta la escala del paisaje agrícola. Frente a un clima cambiante, con eventos extremos más frecuentes y patrones de precipitación menos previsibles, las ventanas de infección de muchos patógenos se ampliarán o desplazarán. Algunas plagas tradicionalmente confinadas a zonas cálidas colonizarán nuevas latitudes, mientras que otras disminuirán. Anticipar estos movimientos exige modelos epidemiológicos robustos, redes de monitoreo y, sobre todo, una mentalidad flexible que abandone recetas fijas y adopte estrategias adaptativas. La cebolla seguirá siendo un alimento cotidiano, pero su cultivo requerirá una inteligencia colectiva capaz de dialogar con la biología de sus enemigos invisibles y de convertir ese conocimiento en decisiones agronómicas precisas.

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