Etapas fenológicas del cultivo de cebolla

El ciclo de la cebolla, Allium cepa L., es una demostración precisa de cómo una planta monocotiledónea transforma energía solar, minerales y agua en biomasa de almacenamiento. Su desarrollo fenológico revela una secuencia fisiológica gobernada por la interacción entre genética, fotoperiodo y temperatura. Cada etapa, desde la germinación hasta la madurez del bulbo, responde a señales internas que coordinan la morfogénesis y la acumulación de reservas. Comprender estas etapas fenológicas permite descifrar el lenguaje fisiológico con que la cebolla sincroniza su crecimiento con el ambiente, un equilibrio que define la calidad, el rendimiento y la longevidad poscosecha del cultivo.

La germinación inicia cuando la semilla, una estructura deshidratada pero metabólicamente activa, entra en contacto con un ambiente favorable. La absorción de agua a través de la cubierta seminal activa enzimas como amilasas y proteasas, responsables de movilizar las reservas del endospermo hacia el embrión. Este proceso, altamente dependiente de la temperatura —óptima entre 18 y 25 °C—, conduce a la elongación de la radícula y la emergencia del coleóptilo. A diferencia de otras hortalizas, la cebolla presenta una germinación lenta, donde la uniformidad de emergencia depende de la oxigenación del suelo y de su textura. Un exceso de humedad reduce la difusión de oxígeno, favoreciendo infecciones por Pythium o Fusarium, mientras que la sequía impide la activación enzimática. La germinación exitosa se traduce en plántulas vigorosas con hojas primarias erectas, capaces de sostener una fotosíntesis incipiente.

Durante la fase vegetativa, la planta desarrolla su arquitectura foliar y establece el equilibrio entre asimilación y transpiración. Cada hoja que emerge representa una unidad funcional compuesta por una vaina fotosintética y una lámina capaz de captar radiación. El número total de hojas formadas condiciona el tamaño potencial del bulbo, pues cada una corresponde a una capa del mismo. La fisiología de esta etapa depende de la disponibilidad de nitrógeno, fósforo y potasio, elementos que impulsan la síntesis de proteínas estructurales, ácidos nucleicos y carbohidratos. La cebolla, de metabolismo C₃, muestra su máxima eficiencia fotosintética en condiciones de alta luminosidad y moderada humedad del suelo. La transpiración controlada es esencial, ya que regula la absorción de nutrientes y mantiene la turgencia celular. Un estrés hídrico en este punto limita la expansión foliar y reduce la superficie fotosintética, mientras que el exceso de agua diluye los asimilados y retrasa el crecimiento.

A medida que la planta madura, se aproxima la fase de bulbo, un cambio fisiológico que redefine su morfología y su metabolismo. La transición del crecimiento foliar al almacenamiento depende del fotoperiodo y la temperatura, factores que actúan como señales ambientales. Las variedades de día corto inician la bulbificación con 11 a 12 horas de luz, mientras que las de día largo requieren más de 14. Esta sensibilidad fotoperiódica se explica por la regulación del gen FLOWERING LOCUS T (FT) y sus homólogos específicos en Allium, que controlan la redistribución de carbohidratos hacia la base de las hojas. El aumento de los azúcares reductores estimula la expansión de los tejidos parenquimatosos en la base foliar, dando origen al bulbo. Este cambio implica una reorientación metabólica: disminuye la síntesis de proteínas y clorofila, mientras se incrementa la producción de fructanos, polímeros solubles que actúan como reserva energética y moduladores osmóticos.

El crecimiento del bulbo sigue una curva sigmoidea, con tres fases principales: iniciación, expansión y maduración. En la primera, el número de hojas activas determina cuántas capas o catáfilas se formarán. En la segunda, la fotosíntesis y el transporte de asimilados alcanzan su punto máximo, alimentando la expansión celular en la base foliar. La eficiencia fuente-sumidero se vuelve crucial: las hojas jóvenes funcionan como fuentes de fotoasimilados, mientras el bulbo actúa como sumidero metabólico. Cualquier perturbación en este equilibrio, ya sea por defoliación, plagas o deficiencias nutricionales, reduce el tamaño final del órgano de reserva. La tercera fase, la maduración, implica una progresiva pérdida de agua en las capas externas del bulbo y la formación de las túnicas secas, ricas en lignina y cutina, que protegerán los tejidos internos.

El proceso de engrosamiento del bulbo está mediado por la regulación hormonal. Las giberelinas promueven la división celular, mientras que el ácido abscísico (ABA) induce el inicio de la maduración y la deshidratación controlada de los tejidos. Las citoquininas, en equilibrio con las auxinas, modulan la actividad meristemática en la base de las hojas, definiendo el tamaño final del bulbo. El metabolismo de los carbohidratos se reorganiza: la sacarosa transportada a través del floema se convierte en fructosa y glucosa por acción de la invertasa, y luego en fructanos mediante la enzima fructosiltransferasa. Este cambio bioquímico explica la textura jugosa del bulbo y su capacidad de almacenamiento, así como su dulzura característica, que depende del balance entre azúcares simples y compuestos sulfurados.

Cuando el bulbo alcanza su madurez fisiológica, la planta entra en la fase de senescencia foliar. La reducción de la actividad fotosintética y la translocación de nutrientes marcan el fin del ciclo de crecimiento activo. La pérdida de turgencia en las hojas provoca el acame natural del follaje, señal visible de que la madurez está completa. Durante esta etapa, los tejidos externos del bulbo se deshidratan y se lignifican, protegiendo las capas internas. El contenido de agua desciende a valores críticos —entre 85 y 88 %— y se acumulan compuestos antioxidantes y azufrados, como la alicina, que contribuyen a la resistencia poscosecha. El acame fisiológico no es un evento pasivo, sino el resultado de un control hormonal donde el ABA y el etileno coordinan la degradación de clorofilas y la separación celular en la base del tallo.

Posteriormente, la planta puede entrar en una fase reproductiva, aunque esta no se busca en la producción comercial. La inducción floral ocurre cuando el bulbo experimenta un periodo de vernalización —exposición prolongada a bajas temperaturas— que activa genes florígenos en el meristemo apical. Bajo estas condiciones, el tallo floral emerge del centro del bulbo y desarrolla una umbela con flores hermafroditas, polinizadas principalmente por insectos. Este fenómeno, fisiológicamente natural, representa un problema agronómico cuando ocurre prematuramente, ya que la floración temprana o espigamiento reduce el tamaño y la calidad de los bulbos. El control de la temperatura y la elección de variedades adaptadas son esenciales para evitar esta desviación fenológica.

El manejo de las etapas fenológicas de la cebolla permite optimizar los recursos agrícolas en función de la fisiología del cultivo. Durante la fase vegetativa, el nitrógeno favorece la expansión foliar, pero su exceso en la bulbificación retrasa la madurez y genera bulbos blandos. En cambio, el potasio mejora la translocación de azúcares y la resistencia al estrés hídrico, mientras que el azufre potencia la síntesis de compuestos organosulfurados responsables del aroma y la resistencia a patógenos. La gestión del riego debe sincronizarse con las necesidades del ciclo: abundante en el crecimiento inicial, moderado en el engrosamiento y suspendido en la maduración, donde la sequía controlada acelera la formación de túnicas secas y mejora la conservación.

El ciclo fenológico de Allium cepa es un sistema de sincronización entre el metabolismo vegetal y los pulsos ambientales. Desde la germinación hasta la madurez, cada proceso refleja la lógica de un organismo diseñado para almacenar vida en forma de energía química. Las hojas actúan como generadores solares, el bulbo como batería biológica y el fotoperiodo como reloj maestro que regula la transición entre fases. Observar su desarrollo es comprender cómo la biología vegetal traduce la luz y la materia en alimento, un proceso que no solo sostiene economías agrícolas, sino también el delicado equilibrio ecológico entre la energía del Sol y la vida que germina bajo la tierra.

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